26 de junio de 2016
26.06.2016
EDITORIAL

Que acabe este juego y alguien asuma responsabilidades

26.06.2016 | 03:06

Lo vivido durante estos seis meses a la búsqueda de un presidente ha sido decepcionante: la prueba manifiesta de la incapacidad de los partidos para poner sobre la mesa una sola idea constructiva a pesar de estar sometidos a un descrédito y una presión inéditos. Hablaron solo de nombres, de buenos y de malos en un pueril reduccionismo. No basta cambiar rostros para que el país mágicamente progrese. La lucha de egos convirtió el debate en un espectáculo, en uno de esos seriales televisivos en los que las disputas para conducir a la familia hasta el poder sostienen la trama. El bienestar de los súbditos es únicamente parte del decorado.

Apelando a los instintos y no a la cabeza los políticos toman a los ciudadanos por cautivos, manipulables e idiotas. La más antigua y maniquea de las divisiones, la del frentismo ideológico, la que los teóricos de las ciencias sociales daban por difuminada, resucita aquí con fuerza. Y no para, cada cual afianzado en su orilla, tender puentes sino levantar muros infranqueables. Por intereses particulares, los dirigentes bloquean la puerta de salida.

No habrá, dicen, terceras elecciones, pero sí hay repudiados a derecha e izquierda cuando lo previsible es que las urnas determinen hoy un panorama similar al de diciembre: la necesidad de acuerdo, por acción u omisión, entre tres fuerzas para formar gobierno. Si los vetos desaparecen como por ensalmo para resolver este jeroglífico, mintieron antes a los electores y dilapidaron medio año para mantenerse en el poder, afianzar liderazgos o diseñar zarpazos.

Con la corrupción no se acaba aparcando a los líderes más vistos, sino desmotando una cultura clientelar en la que hasta la sociedad considera normal el enchufismo y el amiguismo -para agilizar una consulta médica, para encontrar un trabajo...- antes que los méritos.

El estado del bienestar no se consolida aumentando permanentemente la deuda, para que sean las generaciones venideras las que carguen con el muerto de devolver los créditos. El empleo no se reactiva engordando los puestos públicos, cuando las administraciones proclaman austeridad y las plantillas de funcionarios vuelven a niveles anteriores a la crisis.

Las pensiones no se garantizan de palabra, prometiendo subirlas sin explicar cómo en un contexto en el que crecen los beneficiarios y menguan los cotizantes. A los jóvenes y a la clase media, factor esencial de estabilidad, no se los rescata con eslóganes y subsidios, ni exprimiendo fiscalmente patrimonios, ni crucificando a los empresarios, sino creando riqueza.

Sobre cómo solucionar los asuntos capitales, ni una propuesta seria y creíble salió de la boca de los cuatro candidatos principales. Pese a apuntarse a la regeneración, no han entendido de qué va todavía. La tragedia de esta época de desconcierto y revisión es definitivamente la sublimación de la banalidad. La elevación de lo superficial a dogma categórico.

Los problemas de Galicia, los que amenazan con cronificarse y hacerse estructurales, se trataron a vuela pluma en la campaña. Más allá de unas cuantas generalidades, las distintas formaciones carecen de recetas concretas para las cuestiones fundamentales. El equilibro de fuerzas que salga de esta jornada, así como las alianzas que solidifique, va a resultar determinante para Galicia en numerosas cuestiones. La discusión sobre el modelo de Estado y la reasignación de los fondos autonómicos, por ejemplo, dependerá en buena medida del peso que obtengan los grupos nacionalistas y el entreguismo al que esté dispuesto a llegar quien precise reclamar su apoyo. Por su envejecimiento y desertización demográfica, Galicia se juega mucho en el nuevo reparto. Lógicamente, los resultados, en general, y la correlación de fuerzas en la izquierda en particular incidirán de manera relevante en la próxima contienda electoral en Galicia y en las consiguientes opciones de gobernabilidad.

Los electores están hastiados. Los elegidos no pueden estirar la cuerda indefinidamente. Solo cabe pedir a estos últimos, por el bien común, que esta noche rindan cuentas y sean consecuentes con los resultados. Que asuman que España es un gran país necesitado de reformas, lo que no significa demoler lo conseguido ni imponer la totalidad de los planteamientos propios a los del contrario. Que entiendan que pactar es construir y renunciar. Consenso no equivale a traición a la mesnada y los ideales. Que comprendan, en una Europa resquebrajada y en una España en la que las termitas rupturistas no descansan, que este irresponsable juego de tronos en el que se enredan da pábulo a los déspotas totalitarios. A quienes piensan que la libertad engendra monstruos y los políticos constituyen una anomalía.

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