18 de junio de 2016
18.06.2016

Quesada y las sonrisas de la reconciliación

18.06.2016 | 02:45
Quesada y las sonrisas de la reconciliación

Lo contaba Fernando con frecuencia, con aquel tono socarrón, tan gallego, con el que parecía reírse de su propia sombra. Acababa de llegar como funcionario a Vigo, el sueldo no bastaba y necesitaba pluriemplearse para ayudar a sostener a su familia numerosa. Se le ocurrió que podía aprovechar sus condiciones artísticas.

Una tarde dibujó una caricatura del líder soviético Breznez, la puso en una carpeta bajo el brazo, y se dirigió a la sede de FARO en la calle Colón. Preguntó por el director, y le pasaron al despacho del redactor jefe, José Díaz Jácome.

Le explicó que como estaba de moda en los periódicos nacionales la caricatura, él podría aportar algunas colaboraciones. Incluso se creció y se atrevió a decirle que era muy bueno.

Díaz Jácome ejercía de director en funciones, porque el titular, Francisco Leal Insua, marido de otra gran pintora, Julia Minguillón, ya ponía el pie en el estribo para marcharse a Madrid.

Jácome se limitó a escuchar, y a hablar del tiempo. Se quedó con la lámina y nada le comentó de si iba o no a publicarla. Pero al día siguiente apareció en FARO.

Era el año 1961. Comenzaba así una larga amistad entre el periódico y el artista que duraría casi medio siglo.

Ese mismo año también se incorporó Cunqueiro, y lo mismo que su nombre y el de FARO son inseparables, el de Fernando Quesada y el periódico no se comprenderían el uno sin el otro.

Durante muchos años, los vigueses, y los lectores de toda Galicia, abrían el periódico por el "chiste de Quesada", que se convirtió en el editorial del día, porque era la visión, en clave de humor, de lo más saliente que acontecía en el entorno o en el país.

Quesada seguía la tradición de otro genio del humorismo gráfico que también trabajó en FARO entre los años veinte y los primeros de la República: Alfonso Rodríguez Castelao.

Con sus "cousas da vida" aleccionaba a los gallegos, les marcaba pautas y les ayudaba a interpretar lo que ocurría con aquel humor que creó escuela. Quesada haría lo mismo.

De la saga artística de los Quesada Porto - Xaime, Antonio-, Fernando fue el más campechano, quien parecía darle menos importancia a su ingenio. Su vida siempre fue un dechado de sencillez, que lo asemejaba al candor de sus personajes. No le importaban los premios a su genialidad ni los parabienes por sus chistes en publicaciones nacionales.

Lo que más le gustaba era preparar su chiste de FARO, del que sólo quedaba satisfecho si le divertía. Y jugar al fútbol, que no en vano fue "semiprofesional" en el equipo asturiano del Unión Popular de Langreo, y con el que ganaba algo para sus estudios.

Esta sencillez le engrandece aún más. Con sus paisanos de la boina, con el arte con el que universalizaba el mundo rural, haciéndolo comprensible a todos, ya fueran de la ciudad o el campo, con estudios universitarios o primarios, coadyudó a la convivencia en épocas difíciles.

Es uno de los aspectos poco resaltados de su trayectoria, que encierra una enorme significación ciudadana. Porque una de las grandes aportaciones de Quesada, durante el delicado periodo de la transición democrática, fue la de ayudar a la reconciliación, acallando rencores y poniendo una sonrisa a las situaciones conflictivas.

Ese es el mérito oculto de Fernando Quesada: enfriar los incendios, aquietar los ánimos de la gente, calmar las iras - él y Jácome, otro gran gallego, dirían, templando gaitas-, colaborar a que la convivencia resultara lo más soportable posible. Con una y mil sonrisas. Y con la dulzura de su mujer, Ana Legido, otra gran artista, con la que ha ido a reunirse.

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