el correo americano

Hipnotizados

05.06.2016 | 02:29
Hipnotizados

Scott Adams, creador de Dilbert, la popular tira cómica que retrata satíricamente el mundo laboral y se publica en unos 2.000 periódicos repartidos en 65 países, apareció hace poco en el programa de Bill Maher, emitido en la cadena HBO, y dijo unas cosas muy interesantes sobre el éxito de Donald Trump en las primarias, que el dibujante ya había presagiado cuando ni los propios partidarios del magnate especulaban sobre esa idea. Adams cuenta en uno de sus libros que, antes de convertirse en caricaturista, trabajó en un cubículo de una oficina durante 16 años -experiencia que le inspiraría para crear su celebrada obra gráfica- y asistió a un cursillo sobre cómo realizar una hipnosis. Como consecuencia de esa última "formación secundaria", aprendió que "la gente es estúpida, irracional y fácilmente manipulable". La mayoría de nuestras decisiones, según él, no están bien fundamentadas. Después de hipnotizar a una serie de personas pudo comprobar que "la zona del cerebro responsable del pensamiento racional ni siquiera se activa hasta después de actuar". Para dar consistencia a este discurso, Adams asegura que unos "científicos importantes" hicieron unos estudios que corroboran lo anteriormente mencionado. Aunque aclara: "Fueron científicos importantes, pero no tanto como para que yo recuerde sus nombres, ni tampoco tan importantes como para importarle a usted. Pero estoy seguro de que es cierto, porque lo leí en una revista".

El dibujante le decía a Maher que, tras escuchar al candidato a la nominación del Partido Republicano en uno de sus primeros mítines, llegó a la conclusión de que Trump, lejos de ser un "payaso loco" que no sabe lo que hace, está siguiendo con meticulosa precisión el manual del perfecto persuasivo: "Ignorar completamente los hechos es parte de una estrategia. De ahí que no proporcione ningún objetivo ni detalles sobre las políticas que pretende aplicar. Todo se basa en el enfoque y en la atención". Por eso Trump ha adquirido la costumbre de poner apodos a todos sus oponentes, como hizo en su día con el ya retirado Marco Rubio ("pequeño Marco") y está haciendo ahora con Hillary Clinton ("deshonesta Hillary") y Bernie Sanders ("loco Bernie"). Si estas personas cometen algún error o surge en los medios de comunicación algún suceso que les puede perjudicar, la audiencia asocia de manera inmediata todos esos nombres con sus correspondientes apelativos denigrantes. En suma, el insulto, o más bien la utilización apropiada del mismo, puede ser muy eficaz en una campaña electoral porque, al contrario de lo que algunos piensan, el idiota no es Trump, que utiliza esas herramientas mejor que nadie, sino nosotros, que nos resistimos a creer que podemos ser hipnotizados por él.

A pesar de que Scott Adams no es un experto en comunicación política y sus teorías, como hemos podido comprobar, no muestran demasiado rigor científico, lo cierto es que escucharlo provoca algo de inquietud. Al observar, por ejemplo, cómo se comporta el político español cuando sale a la caza del votante, que es capaz de pervertir la imagen de un bar de toda la vida atiborrándolo de personajes inverosímiles pronunciando discursos como el de Al Pacino en Un domingo cualquiera ("yo no puedo convenceros de que lo hagáis, tenéis que mirar al que tenéis a vuestro lado"), o de prometerles a unos niños la supresión de los deberes mientras les explican el significado de los pactos, o aparecer, como hizo el presidente en funciones, en un video mal realizado técnicamente, no sé si aposta, cuya máxima virtud consistía en informarnos de que estaba abierto el plazo para solicitar el voto por correo, uno puede llegar a pensar que sí, que todos somos idiotas, o ellos piensan que somos idiotas, o que nos han hipnotizado.

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