EDITORIAL

Menos campañas y más soluciones para los ciudadanos

15.05.2016 | 02:55

Lo que desespera a los ciudadanos no es tener que repetir las elecciones, ni soportar durante meses el teatrillo de unos políticos obsesionados con sus intereses espurios, sino comprobar cómo ni a los novatos ni a los veteranos les preocupa resolver los problemas cotidianos. Lo que decepciona a los electores no es vivir desde las europeas de 2014 en una campaña permanente -este año aún quedan por delante, además de las generales repetidas, los comicios gallegos y vascos-, sino la ineficacia de una clase dirigente encelada en votos y vetos, y desdeñosa con lo que sí puede hacer para contribuir a la comodidad de sus administrados. Hay cuestiones que no precisan de alambicadas estrategias ni de grandilocuentes palabras pero se pudren sin solución durante décadas.

En política se acabaron los sueños de grandeza. La crisis nos ha impuesto por mucho tiempo una gran cura de humildad y realismo. Pero todos los partidos siguen interpretando otra partitura. Aunque esta situación no puede prorrogarse indefinidamente, los ciudadanos no han echado en falta en cinco meses la ausencia de Gobierno. La economía crece a buen ritmo, las administraciones gastan lo mínimo y al menos nadie les atraganta el desayuno con más subidas de impuestos, nuevos recortes u ocurrencias disparatadas.

Lo mínimo por el bien común que puede hacer cualquier mandatario hoy es no molestar. Cumplió y pasó desapercibido, como los buenos árbitros de fútbol: han colocado tan bajo el listón que no cabe elogio mejor para el buen gestor. Si encima es capaz de impulsar medidas útiles, miel sobre hojuelas. No hacen faltan inversiones multimillonarias. Basta con despachar con eficiencia la normalidad. Hay cientos de cuentas pendientes para lucirse.

La fecha de apertura del centro de día y residencial de Redondela, finalizado en 2012 tras una inversión de 1,6 millones y 400.000 euros más en equipamiento, sigue siendo una incógnita. Cuatro años más tarde, el complejo ubicado junto al puerto de Cesantes permanece cerrado a cal y canto. Nunca llegó a abrir sus puertas pese a tratarse de una infraestructura de carácter social que en su momento se calificó como prioritaria, ya que no existía ninguna de este tipo en el municipio. Lo mismo ocurre con el Centro de Día de Cuntis, que sigue cerrado tras acabarse en 2008 con un presupuesto de 860.000 euros.

En Ourense, el Parque Botánico de Montealegre costó más de 3,3 millones, pero el Concello se olvidó de dotarlo de un sistema de riego. Los árboles y el resto de plantaciones se secaron. Hubo que levantarlo de nuevo tras endosar la factura al sufrido contribuyente. En Lalín, el viejo centro de salud, cada vez más obsoleto, no está en condiciones de garantizar las necesidades asistenciales de los pacientes. Prometieron reemplazarlo por un centro sanitario de alta resolución. Llevan diez años de politiqueo y un lustro desde que se estampó la firma del convenio entre el Concello y la Consellería de Sanidade para impulsar la obra. Nunca más se supo: no se ha movido ni una sola piedra.

La maleza invade poligonos industriales vacíos por toda Galicia. En Vila de Cruces, sin haberse completado el de O Camballón, se impulsó un parque temático agroforestal cuyo único inquilino es un matadero de gallos construido en 2010 al socaire del Plan E y todavía sin estrenar. Para no ser menos, Dozón tiene el suyo; también vacío, sin una sola nave y sin actividad desde hace años.

El escaparate del despropósito y la ineficiencia se extiende por todo el territorio. En la ciudad de Pontevedra comenzó a levantarse el Centro Lúdico de A Parda, fruto de un convenio entre Concello y Xunta, con una inversión de 700.000 euros. En 2009 quedó a medio hacer y así sigue. La ría de Pontevedra lleva un cuarto de siglo, y lo que aún le queda, esperando a que se cumpla el plan de saneamiento integral. Por la inoperancia ante situaciones como éstas los electores denigran a sus elegidos. En fin, imposible reseñar al completo los ejemplos.

Necesitamos recuperar la política en su dimensión más noble y auténtica, la de servicio público, y desarrollarla con intensidad. Necesitamos despojarla de su disfraz manipulador, que bajo falsos pretextos democráticos únicamente persigue colmar en cada convocatoria la saca para implantar la ley del embudo. Necesitamos despolitizar una sociedad civil invadida hasta extremos insospechados por la ideología y el maniqueísmo, en la que hasta para entrar en un consejo escolar, en una asociación de vecinos o en la directiva de un club de fútbol cuenta más la afinidad que la valía.

La verdadera revolución no consiste en apostar por el bipartido o el tetrapartido, en cambiar la ley electoral para liquidar los rodillos, en elegir líderes por primarias, en convocar referendos para opinar sobre cualquier asunto. Eso mejorará la calidad del sistema, nadie lo pone en duda, pero ocupa mucho a los grupos parlamentarios y nada al pueblo. La verdadera revolución consiste en servir y decir siempre la verdad, lo que entraña no prometer a sabiendas lo imposible ni arrojarse en brazos de la demagogia. Aplicarse en resolver multitud de pequeñas cosas, que no son cosas pequeñas porque cambian el discurrir diario, sería el primer paso para reconectar con el ciudadano y reconquistar el prestigio perdido.

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