Férvido y mucho

Del progreso técnico y cambio histórico

08.05.2016 | 06:38

Provengo intelectualmente de una fratría de vigueses que hace medio siglo frecuentó la obra de novelistas estadounidenses entre otras lecturas. Antonio Arjona, X.L. Méndez-Ferrín, Juan Harguindey, María Xosé Queizán, José Vázquez-Ulloa, Agustín Pérez Bellas, Alberto Fresco, Curro Ocaña fueron avisados lectores. El canon lo imponían, más o menos, César Alonso de los Ríos, Leopoldo Azancot, Luis Martín Santos y Juan Benet desde Madrid. Posteriormente, con el bum de los latinochés el centro de influencia cultural se desplazó a Barcelona. A partir de ahí, los de la periferia lingüística se quedaron sin fuelle y sabedores de la imposibilidad de competir en español con escritores de mayor talento se acogieron a sagrado resguardados bajo las faldas de literaturas regionales, que ellos llaman nacionales, sin lectores y con publicación garantizada. A este empeño algo ayudó Cela desde Papeles de Son Armadans cosechando solo ingratitud. Cuando la chusma profanó su tumba ni una voz de sus protegidos se alzó defendiendo la memoria del genio.

Algunos espíritus libres iban a su aire. Teresa Fraiz leía a Ibsen; José María Franco fue el primer gallego en leer una tesis de Ph.D en EE UU; Maximino Keizán leía a Pirandello (encuadernado en piel de Rusia, obsequio de servidor); Carlos Vilas a Papini; Luis Torras leía a Luis Torras; Gonzalo Gómez a Anaxágoras; Antolín Franco a Huxley; Jorge Bolíbar, leía Grushenska; Celsín, Marca (en el kiosco); Karina Falagan nos leía la palma de la mano y la cartilla (de ahorros). Mi padre gustaba de las esquelas y el BOE por si aparecían sus numerosos enemigos (los peores, según él, los hijos)

El Kamasutra aparte, mis favoritos de la así llamada Generación perdida (me surtía Pepita Harguindey, de legendaria munificencia y belleza) fueron, por este orden, Dos Passos, Ezra Pound y Steinbeck, que no gozaban de buena prensa entre los lectores de izquierdas. Sobre todo Steinbeck, al haber apoyado la intervención norteamericana en Vietnam, donde perdió un hijo. La más brillante pluma de España y Chueca -el grandísimo Juan Carlos Rodríguez Adrede- siempre me reprochó mis gustos literarios. La cumbre para él la ocupaba Faulkner pero algunas de sus novelas me parecieron difíciles. Especialmente El ruido y la furia. Pasado el tiempo, cuando releí The Sound and the Fury en la edición crítica de David L. Minter, encontré la confirmación a las dificultades presentidas. Scott Fitzgerald me resultó superficial e ininteresante hasta el aburrimiento. Cosas de la vida, a Manuel Jabois de la Fressange y Deza de Churruchao, bisexual asimétrico, ay, le gustaría escribir como Fitzgerald aunque su último libro (Espérame en el cielo, corazón) le salió a lo Truman Capote.

A la nuestra sucedió una hornada de lectores con gran instinto literario. Me vienen ahora a las mientes Damián Villalaín, Carlos Fernández y Antón Reixa, que se municionaba en la librería de Ulloa. Cuestión aparte, los más perspicaces y voraces lletraferits -dotados de mayor acuidad crítica y juicio literario más penetrante- fueron, sin duda, Luis Mariño y Miguel Ángel Molinero pero no residían en Vigo.

Purity

Transcribo nostálgicamente estos recuerdos porque ya no soy capaz de seguir la cadencia de lo que se publica en literatura por el ancho mundo. Obligado a escoger, de los estadounidenses me interesa especialmente la producción de James Ellroy y la de Jonathan Franzen. Inesperadamente, la última novela de Franzen -Purity- me ha deparado una gran alegría al hacer suya, implícitamente, una tesis que vengo manteniendo desde hace treinta años. A saber, en el largo plazo, lo que cuenta decisivamente para la Humanidad es el proceso de cambio técnico-tecnológico secuenciado en fases de invención/descubrimiento, innovación y difusión.

Dejo para otra ocasión explicar con despacio las diferencias entre descubrimiento, invención, técnica, tecnología, innovación, cambio tecnológico y progreso técnico. En el largo plazo, vivimos conforme a revoluciones técnico-tecnológicas independientemente de revoluciones políticas. El papel de las ideologías sin ser nulo es secundario en tanto motor histórico. Por haber mantenido este punto de vista, desde el conventículo nazionalitarista un simpático propagandista, natural de la Atenas del Miño, me trató de sofista francés.


"La historia empieza con la escritura"

En Purity, Jonathan Franzen no encara un análisis tan global como el mío, su ambición es otra, pero tampoco rehúye profundizar en el impacto de la tecnología en la forma de novelar. Para Franzen la novela es como un organismo vivo sometido a evoluciones adaptativas. Al tiempo, da un buen repaso al feminismo extremoso simbolizado en una militante (Anabel) que obliga a su compañero (Tom) a orinar sentado porque ella siendo mujer no puede hacerlo de pie. El feminismo, no olvidemos, es otra consecuencia del progreso técnico. Anticonceptivos, agua corriente a domicilio, escolarización, productos estándar de higiene íntima, electrodomésticos, automóvil, transportes públicos y acceso al mundo laboral empoparon la liberación de la mujer y dieron alas a la ideología feminista. No obstante, de la misma forma que el progreso técnico fue la matriz del feminismo será, por descontado, su tumba. Quizás cuando aparezca alguna innovación que permita a las Anabel de turno efectuar la micción de pie. Es bien distinto, sobra decir, a que las feministas, como grupo de presión, le orinen a la razón por encima.

Volviendo a la novela, una evolución adaptativa se dio con el cine y su lenguaje, progreso técnico que abrió la posibilidad de mirar directamente lo que antes era narrado. Se explica así en parte que la buena novela del siglo XX sea radicalmente diferente de la del XIX. Lo que cuenta Tolstoi en cien páginas lo muestra el cine en dos minutos; lo que Victor Hugo desarrolla en cuatro capítulos, John Ford en tres planos. Después de ver la nariz de Silvana Mangano en el cine ¿qué necesidad tenemos de que nos describan un aristocrático apéndice nasal en una novela? La tecnología audiovisual libera al escritor de la obligación de describir el mar, verbigracia. Una novela del siglo XIX podía recrearse en la descripción de un tigre o de un río pero desde entonces cine y televisión nos han mostrado todo tipo de ríos y tigres en todas las situaciones posibles. Quiere decirse, en el siglo XIX parte de la narración reposaba en un input informativo que generalmente no era conocido por el lector (en esa época casi nadie había visto un jaguar ni las cataratas del Niágara)

Con Internet y las redes sociales, la novela entra en otra fase evolutiva. El impacto de las tecnologías numéricas sobre la forma de escribir una novela opera en varios niveles siendo uno de ellos la amplitud de información que suministran, más que otrora el audiovisual. Para escribir una novela antes era casi suficiente clasificar documentación y ponerla alrededor de un esqueleto argumental. Hoy es tan fácil encontrar información en la Red que ese procedimiento está obsoleto.

Queda claro en Purity que no fue la ideología lo que impulsó nuevas tecnologías sino que son estas las que hacen que las ideologías se adapten. Hace treinta años el eje de separación política lo constituía Este-Oeste. En la actualidad, el eje separador se percibe entre gobiernos y empresas tecnológicas. No se observan grandes tensiones entre EE UU y Rusia o China pero sí vemos a los gobiernos en lucha contra las empresas dominantes en las TIC.

En cuanto a la ciudadanía de a pie, además de desconfiar del Gobierno tiene que defenderse de Apple, Google, Facebook, Microsoft, Amazon. Es un cambio cualitativo y cuantitativo considerable. Internet es enemigo porque nos espía pero al mismo tiempo aliado al dar cauce a nuestras opiniones y otorgar, a veces, un papel relevante a personajes como Assange, Snowden y otros alertadores (whistleblowers) De consuno, las redes sociales impulsan una incipiente democracia directa compartida por la izquierda, la derecha y los gurús de Silicon Valley. No dice Franzen que esto sea bueno, dice críticamente que es así.

Progreso técnico

Lo que llamamos periodos históricos son, simplemente, acontecimientos secuenciados por el progreso técnico. La batalla de Stalingrado fue una de las más importantes que se han dado pero su influencia en el decurso de la Historia ha sido mínima. Fue importante como batalla pero no como desencadenante de cambio histórico. Ni siquiera el marxismo ni el comunismo lo fueron. Cruciales fueron las invenciones del motor a explosión, la aviación, la artillería pesada, la metalurgia de los carros de combate y la capacidad para provocar reacciones nucleares en cadena. Todo ello es consecuencia del cambio tecnológico. Y fue el cambio tecnológico, mejor asimilado por los alemanes, lo que posteriormente provocó que los perdedores de Stalingrado hayan derrotado en el largo plazo al comunismo en todos los frentes. Y sin disparar una bala. Gracias a la superioridad tecnológica -fuera de la producción armamentística- la expansión económica alemana en los países de la ex-URSS no deja lugar a dudas ¿Stalingrado? ¿Y eso qué fue?

Desde los silogismos a los números primos pasando por la electricidad y los horarios precisos reloj mediante, no hay más Historia, con H, que lo que el progreso técnico va sembrando en su decurso. La escritura es el hito técnico que separa la Historia de la Prehistoria. Para llegar a la escritura se necesitaron transformaciones técnicas, no ideológicas.

Vistas con perspectiva actual, qué ridículas y desfasadas, como de colgados, nos parecen las controversias respecto a la Guerra de Vietnam que tanta saliva nos hicieron gastar en nuestra inconsciente juventud ¿De qué les sirvió a los norvietnamitas la larguísima y cruenta guerra? Lo que está cambiando su forma de vivir no es el marxismo-leninismo ni tampoco el capitalismo sino el progreso técnico importado de países ayer enemigos. Es decir, retrospectivamente los vietnamitas desautorizan históricamente a los críticos de Steinbeck. Lo del viento de la Historia aplicado a las ideologías en tanto motores determinantes en el largo plazo se parece a las escobas voladoras de las brujas, a la sirena de los Mariño o a la torre de Breogán: pura fantasía.

La Historia de la Humanidad es la historia del progreso técnico. El resto son batallitas, acontecimientos, narraciones, fechas. El resto son superficiales apariencias, a veces imposturas, que cabalgan la ola centenaria de los cambios técnico-tecnológicos, los cuales, en el largo plazo, se llevan todas las ideologías por delante. Todas.

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