Férvido y mucho

Para combatir la desigualdad económica

17.04.2016 | 06:28
Para combatir la desigualdad económica

A Enrique González

Las sociedades democráticas valoran muy positivamente la igualdad ante la ley o la igualdad de oportunidades pero en la práctica la ciudadanía escapa de la igualdad económica. Si así no fuera los juegos de azar no existirían. Abundan los leninistas recalcitrantes que juegan sin desmayo a la lotería. También hay izquierdistas extremosos, y muchos, que en la vida real manifiestan su preferencia por la desigualdad económica desde el momento en que pagan una entrada para ver a Messi o Ronaldo o escuchar a los Rolling o asistir a una proyección de la Guerra de la Galaxias o a una exposición de Jeff Koons siendo conscientes que están enriqueciendo a esas y otras celebridades. Además, históricamente, las diversas experiencias políticas de igualdad económica, incompatible con amplia libertad individual, no fueron capaces de mantener en pie los muchos muros de Berlín que en el mundo han sido.

¿Cuál sería la reacción colectiva en una sociedad igualitaria en la pobreza si una persona se enriqueciera lícitamente? Depende. Si el efecto envidia dominase, la gente haría todo lo posible para impedir el éxito económico aunque redundara en favor de la colectividad. Lo racional, no obstante, es facilitar el progreso personal dentro de la ley. Albert Hirschman lo explica con lo que a veces se llama efecto túnel (no confundir con el efecto túnel en Economía de transportes). Cuando quedamos atrapados en un embotellamiento en el interior de un túnel no nos sirve de consuelo saber que otros comparten la desagradable situación. Por el contrario, si vemos que una de las filas empieza a avanzar nos alegramos esperando que llegue nuestro turno. La igualdad, sea en un embotellamiento dentro de un túnel o en la pobreza, no es siempre deseable.

Realidades contraintuitivas

En la naturaleza o en la sociedad se observa cierto tipo de igualdad o, mejor dicho, distribución estadística de la uniformidad, que surge de la diversidad/desigualdad y es por tanto natural. Por ejemplo, en los mecanismos de rodamiento con bolas de acero es deseable que el diámetro de las bolas sea el mismo, esto es, que la varianza de la longitud de los diámetros sea mínima. Paradójicamente a primera vista, el resultado es más fácil de conseguir con diez máquinas que fabriquen bolas de acero que con una sola máquina que fabrique tantas bolas como las otras diez reunidas. Como no hay dos máquinas idénticas, la diversidad/desigualdad de máquinas conseguirá que la producción de bolas de acero con diez máquinas tenga una varianza de la longitud del diámetro menor que la que se obtiene con una sola máquina o con cinco máquinas.

Lo anterior es no solo una constatación de ingenieros sino un principio general recogido en un fascínate teorema (Hoeffding, 1956, AMS, 27, p. 713-721). El teorema viene a decir que la frecuencia media de una variable se concentra tanto más en torno a su esperanza cuanto más heterogéneas son las probabilidades de los distintos eventos (independientes) observados. El teorema de Hoeffding es fascinante por contraintuitivo.

Aunque en España se haya impuesto socialmente el juicio de valor de que la igualdad económica es mejor que la desigualdad conviene reflexionar respecto a lo que observamos en otros ámbitos en los que la uniformidad surge de la diversidad. Pero no siempre. En el teorema de Hoeffding la hipótesis de independencia de eventos es crucial. En consecuencia, sorprende, o no tanto, que los defensores del igualitarismo quieran aumentar implícitamente las desigualdades que se darían en un Estado español plurinacional, en red, con redistribución confederal minimizada. Incluso ahora, a pesar de la redistribución con fines de perecuación regional que reasigna el Estado via balanzas fiscales, todos sabemos que la igualdad de oportunidades no se cumple, entre las distintas CCAAs, ni en el sistema de salud, ni en renta per capita, ni en transportes públicos, ni en calidad universitaria, ni en salarios de funcionarios, ni en acceso al empleo.

Juicios de valor imparciales

Según Weber, los juicios de valor, las creencias, la ideología, siempre se injertan en vulgares preocupaciones existenciales. Las ciencias sociales, a lo largo de su formación y desarrollo han intentado encuadrar los juicios de valor ("esto es bueno" -para la sociedad o la persona- "esto es malo", "esto es justo", "esto es injusto", etc.) en relación a intereses individuales o colectivos. A esos juicios de valor Adam Smith les llamó creencias morales. Como todos somos parte interesada, para analizar las creencias morales Smith recurrió a la ficción del observador imparcial.

De un observador imparcial, sujeto de apreciación colectiva conocido como opinión pública, se espera que la apreciación se fundamente en un sistema de razones de sentido común generalmente compartidas. Pero no es suficiente. Que una mayoría de cristianos desease exterminar a una minoría de musulmanes (o una mayoría de pobres a una minoría de ricos) no sería admisible en una sociedad democrática por muy amplia que fuese la mayoría y el consenso.

John Rawls retomó la figura del observador imparcial posicionándolo en la situación originaria, experimento mental (thought experiment/experience of thinking) presentado en A Theory of Justice (1971), libro señero del siglo XX que reconsideró el contrato social y los principios que deben presidir las instituciones justas al menos en el marco político de las sociedades democráticas. Para eliminar sesgos o preferencias que podrían influir en la concepción de lo que es justo, el observador imparcial se recubre con el velo de la ignorancia/inocencia (Veil of ignorance). En consecuencia, el observador imparcial (todos nosotros, la opinión pública) debe situarse en una situación originaria, eventual, por ejemplo, antes de venir al mundo, en la que aún no se han elaborado leyes.

El observador imparcial recubierto por el velo de la ignorancia no sabe ex ante si desde el nacimiento y en el decurso de su vida será rico o pobre, muy inteligente o normal, con buena salud o enfermizo, chino o sueco, hijo de millonarios o nacido en la marginalidad, musulmán o judío, hombre o mujer, tetrapléjico o guardia de tráfico, etc. Toda vez que la vida distribuye las cartas aleatoriamente, en previsión de que la rueda de la fortuna no nos favorezca demasiado, a nosotros mismos o a las personas que queremos, al ser incapaces de establecer previsión alguna puesto que cubiertos por el velo de la ignorancia, el observador imparcial optaría razonablemente por leyes e instituciones que nos cobijaran, al menos parcialmente, o nos dieran oportunidades para explotar al máximo los recursos con los que contamos. Esto es, unas instituciones que compensaran -en la medida de lo posible y sin penalizar la iniciativa, esfuerzo y responsabilidad individual- las ventajas o desventajas del nacimiento y de lo que pueda depararnos la vida. Y es así, bajo la imparcialidad que recubre el velo de la ignorancia/inocencia, como se adscribe un juicio de valor positivo a la equidad (Fairness) y negativo a la desigualdad económica que no tome en cuenta a los más débiles.

La ambición de Rawls fue reconstruir los principios de la justicia social sin renunciar a la libertad individual y en consecuencia al enriquecimiento. Rawls mantuvo que ciudadanos con preferencias de distinta intensidad y concepción, pero democráticas, pueden ponerse de acuerdo, dentro de un pluralismo razonable, en lo tocante a los principios de la justicia distributiva en aras de artillar un consenso apto a garantizar estabilidad política y cohesión social. El primero de estos principios abre el derecho, al máximo número potencial de ciudadanos, al disfrute de libertades básicas, verbigracia, derecho a votar y ser elegido, libertad de expresión, protección de la persona, derecho a la propiedad privada, etc. El segundo principio apunta a las reglas de justicia social, en doble vertiente, al estipular, de una parte, que las desigualdades sociales solo pueden aceptarse si benefician de consuno a los miembros más desfavorecidos de la comunidad al tiempo que, por otra, exige la justa igualdad de oportunidades. El engarce de ambos principios intenta conciliar libertad individual y justicia social compatible con las desigualdades. Por ejemplo, no carece de fundamento equitativo que el miembro más rico de la colectividad se enriquezca aun más si con ello coadyuva a que la persona con menos recursos mejore su situación, bien sea porque hay un efecto de sinergia en la creación de riqueza o porque el Estado practica la correspondiente punción impositiva buscando un efecto redistributivo.

En una situación de desestructuración económica creciente con el previsible impacto negativo que sobre empleo y salarios tendrán la confluencia de la robotización, inteligencia artificial, TICS, globalización y quizás el agotamiento de los efectos virtuosos de las innovaciones que anticipa Robert Gordon, solo veo dos salidas en aras de mantener la cohesión social protegiendo a los más débiles, compensando la desigualdad creciente y sosteniendo una dinámica económica impulsora del consumo imprescindible para mantener el pulso económico.

Una salida es la que propone Carlos Slim: treinta y tres horas semanales de trabajo en turnos de tres días. Otra salida, que no es incompatible con la anterior, sería la asignación de una renta básica de 1.000 euros en poder adquisitivo actualizado para las personas de más de 55 años con ingresos por debajo de un determinado umbral. Esta renta básica sui generis sería acumulable parcialmente con otros ingresos incluso laborales. El 40% se pagaría en euros y el 60% en europesetas electrónicas complementarias con el euro, paridad 1:1, sin costes de transacción, de curso legal con poder liberatorio en todo el territorio nacional pero cerradas a las transacciones en el extranjero y emitidas por el Banco de España con la supervisión del BCE. Esta propuesta ya la hice la semana pasada pero, sobra decir, 1.000 euros es una cifra de referencia, no un dogma.

La sociedad tendrá que ponerse de acuerdo, y no será fácil, respecto a un contrato social garante de la cohesión que no estimule la pereza. Un punto de partida podría ser el cociente entre el último decil de distribución de la renta (D9) y el primero (D1) -en renta bruta y neta- tomando en cuenta el número de personas por hogar.

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