La sabiduría de la multitud contra la radicalidad de los intelectuales

24.01.2016 | 02:27
Cartografía cerebral. // Efe

A John Carlin, sin acritud

Un amigo coruñés -llamémosle MG- me dijo recientemente que desde la Ilustración se consideró positivo alfabetizar al pueblo en la creencia que sería más sabio fomentando la lectura. Pero quizás porque los profesores de hoy día instruyen respecto a los peligros de leer -recuérdese lo que les ocurrió al Ingenioso Hidalgo y a Madame Bovary- y aprovechando que la revolución digital pasa por Valladolid, se observa que a los jóvenes más que leer lo que les gusta es escribir. Resultado: la mayoría prefiere opinar a aprender. No solo ellos. Y como todo el mundo opina, entre las opiniones consagradas en el universo de la política domina la que propone resolver los conflictos gravemente antagónicos dialogando.

Tampoco falta quien considera -John Carlin, sin ir más lejos- que los españoles estamos intrínsecamente incapacitados para el diálogo (consecuencia de la invasión árabe y de la Inquisición) hasta el punto que en castellano no existe el término compromise, en su acepción inglesa. Esta opinión de Carlin no es nueva, la expone tan frecuente como cansinamente cuando escribe sobre política española.

Mi opinión, pues también tengo derecho, es que las opiniones del Homo sapiens (opiniones en sentido amplio, en el que quepa la toma de decisiones) -en su versión idealmente más racional, el Homo oeconomicus- están preñadas por sesgos cognitivos que las lastran de irracionalidad. Tanto es así que dicha irracionalidad caracteriza muchas de mis decisiones/opiniones y las de Carlin y las de los mejores elementos de Harvard, Princeton o MIT. Asimismo, opino que el diálogo jamás ha resuelto ninguna confrontación gravemente polar ni conflictos de intereses. El diálogo resuelve lo que retórica y banalmente se hubiera resuelto por su propio peso o por el de la ley. Las negociaciones políticas no son ejemplos de diálogo sino de calculada exhibición de fuerzas. El diálogo que sustanció el compromise en el que se comprometió Chamberlain en el Munich Agreement no sirvió para nada. Esto debería saberlo hasta John Carlin, cuya especialidad, al parecer, es el fútbol.

Sesgos cognitivos

Si no me equivoco, los economistas conductuales fueron los primeros científicos en cuestionar, gracias a una metodología experimental, la racionalidad de las decisiones.

Para que una decisión se considere racional debe satisfacer unos cuantos axiomas que garanticen la coherencia. Por ejemplo, respetar las reglas de transitividad. Más recientemente, A. Tversky y D. Kahneman probaron que ni siquiera esas exigencias axiomáticas mínimas, requeridas en las decisiones de toda persona racional, se respetan en la práctica. Entre las irracionalidades decisorias observadas, causadas por sesgos cognitivos, está, por ejemplo, la que deriva del Efecto de encuadre (Framing/Effet de cadrage): no solemos tomar la misma decisión, o proponer la misma respuesta u opinar idénticamente, si nos presentan un único problema bajo dos enfoques diferentes. Otra irracionalidad, tan llamativa como la anterior, proviene del sesgo cognitivo llamado Anclaje (Effet d'ancrage/ Anchoring): dificultad a deslastrarse mentalmente de las primeras impresiones.

¿Qué validez tienen las opiniones afectadas por sesgos? No lo sé a ciencia cierta pero los dos ejemplos anteriores son la somera ilustración de un amplio repertorio de desviaciones sistemáticas en relación a decisiones arquetípicamente racionales. No obstante, aunque la evidencia experimental de numerosos sesgos cognitivos constituye un avance notable para comprender el proceso mental decisorio, los científicos apuntan a objetivos más ambiciosos: entender su origen.

Arrepentimiento

Una explicación bastante aceptada recurre a las emociones, particularmente a la invocación de emociones negativas. La idea de que para tomar una decisión racional hay que desprenderse primero de las emociones es clásica en filosofía (concretamente, en Descartes). Actualmente, los sicólogos consideran que algunas emociones, como el coste del Arrepentimiento (Regret), pueden explicar decisiones irracionales. Por ejemplo, si el régimen soviético residual tarda tanto en caer en Cuba es porque los dirigentes no admiten, primero, que los enormes sacrificios y esfuerzos fueron un tremendo error histórico. Es decir, los cuadros del partido mantienen la decisión irracional de conservar un régimen moribundo y anacrónico por la incapacidad de arrepentirse de la irracionalidad de las decisiones tomadas anteriormente ¿Por qué no lo hacen? Porque ese arrepentimiento, habida cuenta que todos estamos algo enfermos de soberbia, sería emocionalmente demasiado doloroso al provocar un profundo sentimiento de fracaso (dejando de lado el coste personal de la pérdida de privilegios). En este contexto, arrepentimiento no tiene ninguna connotación religiosa ni moral, no significa ponerse de rodillas, pedir perdón y aceptar penitencia. No. El arrepentimiento consiste en el lúcido reconocimiento corrector de los mecanismos emocionales que impiden tomar decisiones racionales. En esta línea, es lógico que la sociedad y víctimas de ETA exijan arrepentimiento a los verdugos no tanto como revancha moral sino como prueba de recuperación de cierta racionalidad en las decisiones y opiniones. El arrepentimiento es, en definitiva, desde el punto de vista de la sicología conductual, una reacción emocional consciente y negativa que concierne a los comportamientos irracionales del pasado. Temo, desgraciadamente, que en relación a los independentistas es como pedirle peras al olmo toda vez que, a la par de otros criminales, tienen deterioradas zonas cerebrales concernidas.

En cierta medida, la explicación emocional respecto al origen de los sesgos cognitivos ha sido avalada por las experiencias llevadas a cabo con Imagen por resonancia magnética funcional (IRMf) que muestran la intervención de regiones cerebrales implicadas (por ejemplo, la ínsula o la amígdala) en el tratamiento de las emociones. Ahora bien, hay que mantener cierta distancia crítica respecto a la interpretación de este tipo de experimentos. El estado actual de conocimientos en neurociencias no permite establecer relaciones unívocas entre localización y función.

Los genios también desbarran

Conviene dejar claro que la irracionalidad decisoria poco tiene que ver con la inteligencia o la capacidad intelectual. Más prosaicamente, hasta a las personas dotadas con grandes recursos mentales les resulta muy difícil cuestionar lo que, a priori, dan por sentado. Numerosos experimentos sostienen esta afirmación. Verbigracia, Kahneman preguntó a estudiantes de Harvard, MIT y Princeton (viveros de la crema estadounidense e internacional) si el encadenamiento proposicional siguiente era verdadero, esto es, si la conclusión que sigue al "por tanto" está lógicamente justificada:

a)Todas las rosas son flores

b) Algunas flores se marchitan rápidamente, por tanto

c) Alguna rosas se marchitan rápidamente

La mayoría de los estudiantes consideró que el encadenamiento es lógicamente correcto. No lo es. Nada permite deducir a partir de las proposiciones a) y b) que algunas rosas se marchitan rápidamente. Es cierto que algunas rosas se marchitan rápidamente pero no como consecuencia inevitable de a) y b). Ese "por tanto" no puede tener fuerza de implicación. ¿De dónde proviene el error de estudiantes que a buen seguro pasaron test lógicos mucho más difíciles para acceder a universidades tan selectivas? Simplemente, porque la conclusión es creíble. Todo el mundo es consciente de que algunas rosas se marchitan rápidamente, no repugna a la razón que así sea. A partir de ahí, a partir de la aceptación de que esa afirmación es cierta, la mayoría de las personas no se toma el trabajo de la verificación lógica del encadenamiento. Nuestras creencias nos llevan a razonar perezosamente.

Y de los intelectuales fogueados ¿qué cabe esperar? Idealmente, rigor y esfuerzo para forjarse opiniones ponderadas y también algo de sabiduría y consciencia de las cuestiones morales y políticas que debaten. Esta esperanza es ingenuamente estúpida. Sociólogos y sicólogos saben que grupos de individuos que debaten, dialogan o deliberan pueden sufrir el así llamado Efecto de polarización. Este efecto se manifiesta cuando un grupo que ha deliberado conjuntamente, valga la redundancia, adopta posiciones más radicales que la media de las posiciones individuales antes de la deliberación. En otras palabras, si las discusiones o los diálogos permiten a veces, raramente, la emergencia de una forma de templanza de juicio, en otras se radicalizan las posiciones. Este hecho se ha constatado frecuentemente (véase Daniel Isenberg, 1986) con relación a políticas de ayuda social, de feminismo, de autonomía política, etc., incluso entre grupos que en principio no tenían vocación de radicalidad (justificada por sus intelectuales).

Una de las explicaciones propuestas a la deriva hacia la radicalidad es que los políticos e intelectuales menos brillantes y más corruptos y con mayores ansias de empoderamiento, para no perder protagonismo exponiendo ideas que podrían pasar por banales o poco avanzadas, se enzarzan en una competición declarativa maximalista que arrastra a otros miembros del grupo. Ocurre, no obstante, que cuando el grupo se amplía más allá del círculo de expertos el extremismo decae como consecuencia de lo que el estadístico Galton llamó La sabiduría de las multitudes (The Wisdom of Crowds). En consecuencia, los límites a la radicalidad intelectual mediocre y corrupta -aval mercenario de la radicalidad política guerracivilista- deben quedar delimitados por la ley. Quiere decirse, al radicalismo no hay que oponerle diálogo y compromise sino Ley, que en cada país democrático es la Constitución. Porque, en oposición a la irracionalidad de las decisiones y opiniones individuales, así fueren las de los intelectuales, la Constitución sintetiza la sabiduría de la multitud.

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