EDITORIAL

Las elecciones de la responsabilidad

13.12.2015 | 02:36

Desde que los ciudadanos, acuciados por la crisis, dejaron de mirar para otro lado y de ser laxos con sus gobernantes, los políticos ya no saben qué excentricidad emprender para volver a congraciarse. Bastaría para empezar la reconquista de la confianza con que les mirasen a la cara, les enumeraran medidas factibles para hacerles la vida más fácil y cumplieran luego con su parte del contrato. Como la política sigue siendo representación y espectáculo, importa más el envoltorio que el género.

En los días previos al pistoletazo de salida los candidatos se subieron en globo, bailaron en variados escenarios, cantaron en platós, comentaron partidos de fútbol por la radio y desfilaron por los programas más populares. Tiempo de trivialidad y desconcierto. Antes el consejo fundamental de un asesor a su líder en campaña era que procurase no meter la pata.

La presión social surte efecto y está obligando a los partidos a romper con el inmovilismo para reconectar con la sociedad. A los grandes les produce pereza, no tanto por el agotamiento de su modelo ni del bipartidismo como por la dependencia de la pesada carga de cargos y colocados que arrastran. Un ejemplo: el cementerio de elefantes en el que han convertido el Senado, su último reducto porque de nada sirve y a nadie importa. Cuando más tarden en ser valientes y soltar lastre, más facilidades de consolidación brindan a los rivales.

Galicia afronta una competición electoral llena de novedades. Quizá en otro contexto menos convulso no habrían sido tantas. Todos los cabezas de cartel al Congreso son nuevos, salvo los números uno del PP en Pontevedra y en Lugo. Muchos sin pasado político, con trayectorias cortas o nula experiencia. En la provincia pontevedresa, cuatro mujeres encabezan las listas. Hay más variedad para elegir que nunca. Hasta cinco formaciones cuentan con posibilidades de obtener representación, algo nunca visto.

El 20-D tiene una trascendencia especial en la comunidad. Tras estos comicios generales, los próximos serán los gallegos en 2016. Pensando precisamente en la nueva cita con las urnas, el PPdeG se juega mantener el tipo. Los sondeos vaticinan que será la primera fuerza y a distancia de la segunda, pero llega mermado por el duro castigo en las municipales. Los populares gallegos saben que sus posibilidades de contar con una opción vencedora en las elecciones autonómicas depende en gran parte del resultado que alcancen el próximo domingo y de lo que después decida su barón, Feijóo, sobre la oportunidad de optar a un tercer mandato. Máxime ahora, que un joven antagonista, Ciudadanos, llega lanzado a erosionarles por la derecha y arrebatarles parte de su clientela.

El PPdeG arrancó la precampaña con las miras puestas en no retroceder más de tres escaños. Después el CIS auguró que el bajón podría ser de hasta cinco representantes, dos de ellos en A Coruña, provincia donde sufriría el mayor castigo. Obligado como está a revalidar la mayoría absoluta para seguir en la Xunta, la previsible entrada en la escena política gallega de Ciudadanos con dos diputados en Cortes, uno por Pontevedra y otro por A Coruña, no haría más que complicar ese propósito. El partido de Albert Rivera no cuenta con organización, estructura ni proyecto en Galicia. Sus candidatos son unos desconocidos y, pese a todo, el partido naranja puede hacerse un hueco a costa de populares y socialistas.

La izquierda va a pasar varias pruebas de fuego. Nunca existió tanta oferta en liza: un partido socialista, una coalición comunista, nacionalista y populista, y los nacionalistas del BNG. El PSOE, que a nivel nacional necesita ganar para evitar un estropicio interno, también se juega el próximo domingo en Galicia mantenerse como alternativa al PPdeG. La previsión del CIS es que conserve sus 6 escaños o como mucho pierda uno. Lo peor para los socialistas gallegos es que En Marea, la coalición de las Mareas, Anova, EU y Podemos, protagonice el sorpasso y se convierta en segunda fuerza o la amenace con hacerlo. Con las autonómicas a la vuelta de la esquina, ese escenario sería un campo de minas para un PSdG, todavía sin cabeza de cartel definitivo.

En Marea, la apuesta de Beiras e Iglesias, tiene opciones de irrumpir con hasta 6 diputados, siempre según el CIS. Sería la demostración de que la ola emergente de cambio que arrancó en las municipales destronando al PP en A Coruña, Santiago y Ferrol no ha agotado su recorrido. De constatarse ese empuje, el 20-D les lanzaría con más fuerza en la carrera autonómica, en la que hace cuatro años Anova y EU ya arrebataron al BNG la tercera plaza. Ahora anhelan situarse como segunda fuerza a costa de los socialistas. Y, entre medias, los nacionalistas del BNG, que se juegan veinte años de representación ininterrumpida en las Cortes. La fuerza con que ha calado en su electorado el mensaje rupturista de Podemos y las Mareas les ha minado sobremanera. Con una nueva marca, NÓS-Candidatura galega, y en coalición con partidos nacionalistas minoritarios, luchan por evitar quedarse fuera del Congreso por más que algunos sondeos le desposean de sus dos escaños.

Estamos probablemente ante los comicios más inciertos de nuestra historia electoral cuando acechan conflictos gravísimos que exigen para su embride lo mejor de los mejores: un irracional pulso independentista para romper España; un terrorismo yihadista que amenaza al mundo libre; una interminable recesión económica que ha agigantado la desigualdad en el reparto del trabajo y la riqueza, y un proceso reformista aún incompleto.

Además, se puede hacer mucho más para reducir el paro. En Galicia aumentó por tercer mes consecutivo. Reintegrar a los desempleados en el sistema productivo pasa por aumentar su cualificación, no por el resurgir de sectores con alta demanda de mano de obra poco formada, como los servicios o la construcción. Brindar oportunidades a los jóvenes no consiste en ofrecerles contratos en prácticas mal remunerados, consolidando un despilfarro humano y material. Relanzar la economía no es interferirla sino velar por el correcto funcionamiento de los mercados en igualdad de condiciones y oportunidades.

Los desfavorecidos siempre tienen que contar con ayuda y quien necesita verdaderamente un rescate es la sufrida, y mayoritaria socialmente, clase media. La crisis la condenó a un doble castigo. Por un lado, el de ver sus salarios estancados y sus empleos precarizados. Por otro, el de padecer impuestos multiplicados para tapar los agujeros del déficit y la deuda. La transformación del país no puede pararse por un mapa político fragmentado que desincentive la regeneración.

Los sondeos ofrecen disparidad de resultados en todas las provincias. Detectan mucha volatilidad en el voto, un porcentaje de indecisos de hasta el 40% y preferencias muy repartidas. Todo va a depender de los acuerdos poselectorales, que no deberían impedir un gobierno estable y con ideas claras ante los desafíos que le aguardan. Habrá que prepararse para una nueva cultura de pactos, en los que la sociedad española, desde que consensuó la Transición, dejó de entrenarse. La principal responsabilidad recae ahora mismo en los ciudadanos. En que vean, comparen, elijan y voten a las opciones que, con sinceridad, crean capaces de resolver sus dificultades, no de plantearles otras nuevas con ocurrencias o frentismos.

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