Ilustres

Traductores

16.12.2015 | 22:42
R. Otero Pedrayo, traductor del "Ulises".

A la vista de las veleidades en la concesión del Premio Nobel de Literatura, otorgado en 2015 a la periodista Svetlana Alexievich, propongo que algún año se elija a un traductor y abandonemos así la leyenda del traductor como traidor, que es muy sonora y con frecuencia falsa: a veces un buen traductor salva un libro mediocre.

En modo alguno me parece mal que se le haya concedido a una periodista el premio ya que ese género forma parte de la literatura cuando cae en manos de gente de talento, de la misma forma que nadie debería escandalizarse porque alguna vez el elegido sea un ensayista. De haber existido el Nobel en el siglo XVIII, no constituiría desacierto alguno otorgarlo a Samuel Johnson que cimentó su merecida gloria en las biografías y las críticas, mucho más conocidas que sus libros de poesía y una novela corta que escribió.

Recordemos que en la lista de premiados aparece un tal Winston Churchill y, además, un filósofo como Bergson, así que nada tendría de extraño que en alguna ocasión alguien apreciara la labor de los traductores, esas personas que se apropian de una obra ajena, la hacen suya y nos la devuelven con su eco particular pero respetando, más o menos, la voz original de su autor. Se me vino esta idea a la cabeza porque ando releyendo las novelas de Eça de Queirós y entre mis manos vagabundea La reliquia, traducida por un engolado Ramón del Valle Inclán que parece querer dejar la pátina de la suya por encima de la prosa del portugués.

Realmente, el durísimo trabajo de un traductor no se ha visto recompensando hasta hace poco tiempo. Si uno hojea su biblioteca verá que hay trabajos de autores de enorme prestigio que pasaron por el cedazo de traductores, profesionales o no, excelentes: a los diecisiete años uno saboreaba los cuentos de Poe sin percatarse de que el traductor era Julio Cortázar, como lo fue Borges de La metamorfosis de Kafka aunque haya quien sostiene que algunas de las traducciones de este argentino las hacía su madre y era él que ponía la auctoritas de la firma.

Numerosos escritores tradujeron a colegas suyos: Ana María Moix, Jordi Doce, Esther Tusquets, Javier Marías, Martínez de Pisón, Ramón Buenaventura, López Serrano, Pedro Salinas o Laín Entralgo para no alargar la nómina. Actualmente los traductores ya tienen, en general, un prestigio consolidado: Miguel Saéz y Eduardo Moga y Javier Calvo y Juan Manuel Macías, entre otros, sin olvidar la labor del ourensano Ramón Gutiérrez Izquierdo con los sonetos de Shakespeare.

Tiene que ser complicadísimo el trabajo de esta gente que se ocupa de obras ajenas y trata de hacerle llegar al lector lo esencial del escritor traducido pero que, de alguna forma, vendrá mediatizado por la propia voz ya que, mutatis mutandis, siempre existe (o debería existir) un escritor, agazapado o evidente, en cualquier traductor. Hay nombres que avalan la categoría de la obra traducida; al leerlos sabes que no será una impostura lo que te encuentres. Y si uno vuelve a su biblioteca y hojea aquellos libros que empezó a comprar con catorce o quince años, en ediciones baratas, en la mayoría de las ocasiones verá que o bien no aparece el nombre del traductor o que ese nombre no suena de nada y uno piensa en un escritor frustrado (y a ver quién no es un escritor frustrado en alguna medida) que con ínfulas de funcionario dedica horas y horas a traducir a tanto la página para que al final su nombre no figure en los créditos o figure en una tipografía humilde y casi vergonzosa.

¿Cuánta literatura rusa leímos en los años sesenta que en realidad no era tal sino una traducción previa al francés (cuando no pasaba antes por el inglés) que era el idioma que predominaba en aquella España de ediciones baratas? Hasta cuando se cita, con cierto alarde, la traducción de parte del Ulises hecha por Ramón Otero Pedrayo, se descubre que la traducción de Otero no provenía del inglés sino de los fragmentos que habían aparecido en una revista francesa. Pero esas imposturas no menoscaban el regalo que dichos traductores nos ofrecían: más o menos brillantes, más o menos fieles, gracias a esa legión de anónimos burócratas, llegaron a nuestras manos Dostoyevski y Hemingway, Tolstoi y Milton, Hamsun y Mark Twain.

Siempre les estaré agradecido a esas personas que, probablemente por una miseria, se entregaban a la desaforada labor de sumergirse en la traducción de autores que marcaron mi adolescencia y mi juventud. Y supongo que traducir un libro de ficción siempre tendrá una especie de recompensa íntima, personal, por su prestigio literario. Pero imaginémonos al traductor de un libro titulado El hormigón armado: su evolución en la arquitectura urbana: a ése, precisamente a ése, habría que darle el Nobel.

P.S.-Para los interesados en asuntos de traducción hay un más que recomendable artículo de Eduardo Moga, traductor, entre otros autores, de Whitman, titulado La carretera y el cuervo (Un ejercicio de traducción comparada) en el número 781-782, julio/agosto de 2015, en la revista Cuadernos hispanoamericanos.

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