Economía de la felicidad y degeneración capitalista

25.10.2015 | 04:47
Economía de la felicidad y degeneración capitalista

Del bienestar objetivo de un país se ocupa la rama de la economía conocida como Welfare Economics/Economía del bienestar que estudia la definición y medida de la satisfacción social así como la eficiencia económica de las políticas públicas que maximizan objetivos de interés colectivo (en educación, salud, medio ambiente, etc.) Por el contrario, en La economía de la felicidad/ Happiness economics, felicidad es sinónimo de bienestar individual subjetivo (Bruno S. Frey y Claudia Frey-Marti, 2012). El cual incluye la evaluación de la calidad de vida personal y la apreciación de lo vivido. Esta rama de la ciencia económica moviliza recursos teóricos y empíricos extraídos de la sociología, sicología positiva, neurociencias, técnicas cuantitativas, etc. Sobra decir, la evaluación subjetiva del bienestar solo puede aproximarse disponiendo de una métrica. Ello conlleva el empleo de métodos estadísticos apropiados, índices, cuestionarios, protocolos, etc.

¿Puede cuantificarse la felicidad?

Que la cuantificación de la felicidad, forzosamente subjetiva, sea aproximativa no quiere decir que sea absurda. Evaluar a un candidato político es también subjetivo pero no nos privamos de votar.

En el sentimiento de felicidad influyen las condiciones de vida -variables observables- susceptibles de transformarse por medio de una hipotética función de bienestar individual en bienestar subjetivo cuantificable (Claudia Senik, 2014). Toda vez que las personas saben hablar son capaces de expresar dicho sentimiento en una escala de satisfacción. Por ejemplo, se pueden efectuar sondeos pidiendo a los encuestados que evalúen su vida en una escala de 1 (para alguien que considere que no podía haber vivido peor vida) a 10 (la mejor vida posible)

Si se busca establecer la relación entre bienestar subjetivo y riqueza/ingresos deben aislarse los efectos de variables que pueden sesgar el resultado (raza, edad, sexo, estado de salud, etc.). Verbigracia, los enfermos tienden a no ser felices aunque sean ricos. Por otra parte, el orden de formulación de las preguntas no es anodino habida cuenta que es probable generar artefactos estadísticos. Preguntarle a alguien si es feliz después de haberle preguntado si está contento con el gobierno influye en la respuesta. Evidentemente, dejar un billete de veinte euros o Playboy en lugar visible le levanta la paletilla al afortunado encuestado que los haya encontrado cinco minutos antes de la pregunta y sesgará la respuesta a favor de la felicidad.

Asimismo, en las comparaciones internacionales podría sospecharse de un sesgo lingüístico si bonheur, happiness, felicidad o glück (alemán) no evocasen el mismo grado de intensidad. En Bélgica, los valones (francófonos) se declaran menos felices que los flamencos. Pero en Canadá los francófonos de Québec presentan scores de felicidad superiores a los anglófonos. Difícil por tanto justificar un sesgo lingüístico aunque no debe excluirse. Lo que yo deduzco, sin embargo, es que podría darse un sesgo independentista que confiera un sentimiento de superioridad transformado en bienestar subjetivo. Ignoro si está disponible la información respecto a Escocia, Cataluña, Padania, País Vasco.

Técnicamente, los analistas saben neutralizar los ruidos estadísticos siempre que el número de personas encuestadas sea suficientemente grande. Saben asimismo que las mediciones de bienestar conservan una estructura estable en el tiempo (cualquiera que sea el año de la encuesta) y el espacio (cualquiera que sea el país). Sin ir más lejos, en los hombres es generalizable el efecto de la edad respecto a la felicidad. El bienestar declarado desciende con la edad, toca fondo poco antes de los cincuenta años y vuelve a subir lentamente. A su vez, los parados se declaran sistemáticamente menos felices que quienes trabajan (¡excepto en un estudio de 1999 de la Rusia postsoviética!).

¿Se debe asignar un precio a todo?

Paralelamente al desarrollo de la economía que cuantifica el bienestar subjetivo individual la ciencia económica del bienestar social se interesó en la elaboración de nuevos indicadores sintéticos o índices. El PIB per capita ya no parece ser un índice suficientemente indicativo para guiar la política de los gobiernos en aras del progreso en la calidad de vida de los gobernados. Distintas comisiones y organismos consultivos franceses propusieron diez índices complementarios: 1. tasa de empleo (no de paro sino de empleo); 2. patrimonio productivo; 3. deuda pública y privada; 4. esperanza de vida con buena salud; 5. bienestar subjetivo; 6. desigualdades de ingresos; 7. número de títulos de enseñanza superior; 8. huella carbónica; 9. abundancia de aves; 10. tasa de reciclaje de residuos.

La oportunidad de todos y cada uno de dichos indicadores puede discutirse pero no suponen en sí ninguna desviación grave de los principios éticos que alumbran nuestra civilización. Menos oportuno parece que el INSEE -equivalente francés de nuestro INE- para calcular la riqueza global del país monetice también las actividades no comercializables realizadas en el hogar. Por una parte, al monetizar en la contabilidad nacional las horas de trabajo doméstico no remuneradas (la mayor parte de esta producción fantasma la efectúan las mujeres) el país será nominalmente más rico. La justificación de dicha monetización es que se trata de producción para el autoconsumo y de no tenerse en cuenta la riqueza nacional se subvalora. Aunque si esas horas no se pagan la riqueza real individual no aumenta. Por otra, y eso es lo grave, contrariamente a lo que cree la más extremosa y nefasta mentalidad capitalista, no todo tiene un precio. Ciertas cosas no se pueden comprar con dinero, hay que dar a cambio lo mismo que se quiere obtener.

Sucede que gracias a los estudios de economía de la felicidad sabemos que, paradójicamente, a medida que las condiciones de igualdad han mejorado el grado de satisfacción de las mujeres, si bien siguen siendo más felices que los hombres, parece declinar (Stevenson y Wolfers, 2009; Lucie Davoine, 2012) Esta evolución se constata en numerosos países y es aplicable a las trabajadoras o amas de casa, a casadas o divorciadas, jóvenes y maduras, con estudios superiores o sin ellos. Si ahora resulta que el trabajo en el hogar se contabiliza y las mujeres no perciben un céntimo ni les sirve para mejorar las pensiones la frustración aumentará.

Hospitalidad/hostilidad

En todo hogar, como en cualquier institución en la que convivan más de dos personas, existe una violencia latente que hay que contener con lo que Marcel Mauss -padre de la antropología francesa- llamó el intercambio don contra don. Su monografía Essai sur le don es suficientemente explícita. El mecanismo dar-recibir-devolver es propio de las sociedades primitivas pero también tiene su reflejo en el hogar -célula de convivencia- siguiendo unos códigos implícitos cuya transgresión puede resultar muy costosa en términos de bienestar y cuyo pulcro cumplimiento generalmente es rentable por la felicidad mutua que procura. El trinomio dar-recibir-devolver crea una relación de dependencia recíproca con objeto de mantener el lazo social o familiar al favorecer la hospitalidad y sofrenar la hostilidad.

Los diccionarios etimológicos nos dicen que hostil/hostilidad viene del latín hostis -enemigo, extranjero- vía hostilis. Lo interesante es que hostis se forma con la raíz indoeuropea ghos, relacionada con extranjería, que da lugar también en latín a hospes/hospitis, huésped. Huésped tiene un doble significado, se refiere tanto al anfitrión que hospeda o acoge como a quien es acogido. El hogar/hospedaje cobija la hospitalidad y la hostilidad. La reciprocidad en el don desactiva la hostilidad y activa la hospitalidad.

Algo parecido encontramos en las lenguas germánicas. Las dosis que administraban antiguamente hechiceros, curanderos y galenos eran, según casos, un regalo de los dioses pero también podían ser poción letal. Gift significa regalo/don en inglés y veneno en alemán. Gift viene del nórdico antiguo gipt y del viejo inglés give. Del viejo alto-alemán viene gift. En el hogar se intercambian gift-gift que tanto puede ser don-don generador de hospitalidad o regalo-veneno -regalo envenenado decimos a veces- que provoca hostilidad.

No he podido encontrar raíz común entre hospitalidad/hostilidad ni entre regalo/veneno en las lenguas célticas insulares (las continentales han desaparecido). Carezco de suficientes conocimientos para ello. Una cautela a tomar es que en Galicia, por el prestigio de Irlanda entre nosotros, tendemos a llamar gaélicas, yo el primero, a todas las lenguas goidélicas y britónicas, lo cual puede provocarle sarpullidos a un lingüista. Las lenguas gaélicas/goidélicas son propias de Irlanda, Escocia e Isla de Man. Galés, córnico y bretón son asimismo lenguas célticas (britónicas) pero de distinta sub-rama. En galés, regalo/veneno es rhodd/gwenwyn; hospitalidad/hostilidad, es lletygarwch/ gelyniaeth.

Cualquiera que sea la lengua, en los códigos implícitos del hogar se entiende que los intercambios no son un pago y por tanto las obligaciones libremente asumidas en simbiosis nunca se saldan. Hostilidad-hospitalidad se decantan en uno u otro sentido según las relaciones en el hogar fluyan bien acordadas con dar-recibir-devolver o con regalo-veneno. Se cosecha lo que se siembra. Hay que renovar constantemente la relación dar-recibir-devolver para no pasar de la hospitalidad a la hostilidad. Forzando el trazo, si se pagara con dinero a la pareja los disfrutes sexuales el binomio pagador-pagado quedaría libre de cualquier obligación afectiva o de lealtad. De la misma forma, poner un precio a los trabajos del hogar monetizándolos en el PIB rompe la lógica propia a la hospitalidad/hostilidad: se pulverizan códigos implícitos sin carácter mercantil. El dinero en el hogar no puede comprarlo todo y asimismo no todo tiene precio. Esta confusión de valores en un totum revolutum sin pies ni cabeza no debe ser alentada, creo yo, por el riesgo de caer en la pura obscenidad económica.

Esa voluntad de monetizar el trabajo en el hogar está en consonancia con la falacia asentada en un tipo de capitalismo degenerado que, por lo que se ve, ha adquirido rango de ley: el dinero es la medida de todas las cosas.

*Economista y matemático

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