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Bendita euforia

24.10.2015 | 10:25
Bendita euforia

En los últimos días no son pocos los que han sacado a la calle sus oxidados medidores de euforia y han alertado de forma insistente sobre los altos niveles registrados en la ciudad. "Uy, uy, uy, que veo a la gente muy crecida, demasiado confiada" comentan mientras hacen ademán de colocarse una mascarilla en la cara para evitar el contagio. Caminas por la calle y no recorres dos manzanas o te comas un café sin que te salga al encuentro un experto en detención de entusiasmo dispuesto a reprender al primero que lance un par de proclamas fervorosas en relación al momento que vive el Celta. Son nuestros particulares hombres de negro, los que siempre llegan a tiempo de recordar que la derrota hace tiempo que ha cruzado el Padornelo y está cada vez más próxima.

Nadie puede descargarles de razón, pero cuesta trabajo reclamarle la frialdad de un registrador de la propiedad a quienes han visto a su equipo atropellar a Barcelona (Messi incluido), convertir el Sánchez Pizjuán en un patio de recreo o acabar con la marcha imperial del Villarreal. Tampoco resulta sencillo sostener la mirada de un niño cuando te pregunta si el Celta va a ganar la Liga. Lo hacen con extraordinaria frecuencia en busca de un "sí". El instinto del aficionado de siempre, el del corazón lleno de cicatrices, lleva a responder que no y a explicarle en términos entendibles el disparate en el que la televisión ha convertido un campeonato que hace tiempo podían ganar cuatro o cinco equipos y ahora es un coto privado de caza, con dieciocho equipos encantados de la vida con su disfraz de perdiz. Pero por un día te limitas simplemente a sonreír y dejas que la luz siga llenando sus ojos durante una semana más. Hasta que llegue el momento de la siguiente pregunta. De qué sirve fustigarse con el largo y frío invierno que le espera al Celta cuando se hagan evidentes los límites de su corta plantilla, cuando el cansancio haga que la presión ya no sea ese ejercicio de disciplina y fe que vemos cada fin de semana o cuando los disparos cargados de intención se escapen por un palmo o sean desviados en el último momento por una manopla rival. Ya habrá tiempo para lamentarlo. Mientras tanto, dejen que la gente haga volar la imaginación, que crean en lo que les parezca y que se abracen mientras sea posible a este entusiasmo que ahora mismo parece llenarlo todo y ha convertido el partido de esta tarde en un acontecimiento.

Hace una semana Eduardo Berizzo soltó una de esas frases que parecen arrebatadas de un cuento de Fontanarrosa: "Las victorias y los elogios nos van a agarrar siempre con los dos pies en el suelo". Eso es lo que realmente importa, que quienes se visten en la caseta antes de los partidos sean plenamente conscientes de que juntos son una amenaza para cualquiera, pero que alejados de esa idea que defienden de manera ardorosa son apenas un pellizco para la mayoría de equipos de Primera División.

El fútbol es un juego cuya popularidad creció más rápido que cualquier otro deporte en el mundo por su capacidad para provocar sentimientos apasionados en la gente. Por lo fácil que resultaba entusiasmarse o caer en la tristeza infinita gracias a algo tan ridículo como un simple resultado. Ahí radica su grandeza, la que le han proporcionado sus aficionados aunque Tebas no acabe de creérselo y les quiera atornillar a un sillón en su casa. Hubo un tiempo en Vigo para apretar los dientes, para sufrir, para protestar, para inquietarse por lo incierto del futuro y para alegrarse en pequeñas dosis. Solo faltaría que ahora reprocháramos su plenitud, entre otros, a aquellos 13.000 ángeles del partido contra el Xerez. Vivimos por fortuna otro momento, aquel en el que las miradas se vuelven hacia Balaídos porque existe la sensación de que algo extraordinario está sucediendo a la vera del Lagares. ¿Qué problema hay en que los aficionados sueñen, presuman o se dejen invadir por este entusiasmo y contagien con él a sus vecinos o amigos? Pocos momentos mejores encontrarán en la vida. Sabemos que llegará el final de este cuento y que el Celta se descolgará hacia lugares más cálidos en la clasificación, pero que nadie pretenda robarle a sus aficionados la alegría de estos días, la bendita euforia.

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