tribuna del lector

Vencedor derrotado

04.10.2015 | 02:27
Vencedor derrotado

Cuando tras unos comicios los distintos implicados proceden a analizar los resultados, es casi axiomático que todos encuentren puntos de indiscutible éxito para sus siglas, como ha sido fidelizado en las recientes elecciones catalanas.

Una vez más se obvia el respeto a la evidencia matemática de los resultados, rindiendo pleitesía al aforismo de nada es verdad ni mentira, que todo es del color del cristal con que se mira.

Así vemos que el defenestrado Sr. Mas saca pecho proclamando una clarísima victoria, sin tener en cuenta que el grupo en que se encuadró obtuvo menos escaños que los que él disponía anteriormente. Y para colmar el vaso, habiéndose empeñado en considerar que en esas elecciones autonómicas subyacía un innegable objetivo plebiscitario, afirma que también en este aspecto ha vencido, haciendo caso omiso de que el sí que su grupo pretendía ha quedado cuatro puntos por debajo del no auspiciado por los constitucionales. Se leen los resultados a través de una lente bifocal.

En un reciente artículo yo pronosticaba que, con independencia de los resultados de las urnas, el Sr. Mas sería el más directo perdedor. Ahora el presagio me parece irrefutable porque ya hay indicios de que los soberanistas -con mayoría simple de escaños- prefieren otro candidato -o candidatos- para presidir la Generalitat y aunque él fuera el designado necesitaría el apoyo de otros grupos políticos, cuya posibilidad se atribuiría casi sin duda a la CUP; pero esta formación antisistema de la izquierda radical ya ha manifestado pública y reiteradamente que en ningún caso apoyaría la candidatura del Sr. Artur Mas y que, conocidos los resultados, tampoco lo haría con la hipotética declaración de independencia.

Despertado de su onírico mundo por la voluntad de la mayoría ciudadana y teniendo a sus pies la insalvable valla de la legalidad, que además le está pidiendo cuentas por el sainetero referéndum del pasado mes de noviembre, ofrece todos los síntomas para que se le considere abocado a desaparecer del elenco político.

Porque conviene recordar que estas elecciones autonómicas, como no podía ser de otra forma, buscaban la configuración del parlamento catalán; pero tirios y troyanos en su campaña, afirmándolo o negándolo, acabaron por otorgar al proceso electoral un virtual carácter de plebiscito, con la posibilidad de indeseable cosecha propiciada por la consciente manipulación de ciudadanos inconscientes de abocarse al precipicio que abriría la dicotómica fractura de la unidad patria.

Ciertamente el grupo propiciado por el Sr. Mas fue, individualmente, el más votado, pero sin alcanzar el objetivo propuesto, por lo que paradójicamente puede afirmarse que el vencedor fue el derrotado. Sensu contrario, la mayoría alcanzada por el conjunto de grupos no independentistas ha puesto freno al ilusorio despropósito de desmembrar España; sin que ello permita ignorar que el problema subsiste y que el 48% de los votantes, consciente o inconscientemente, se apuntaron a la utopía.

Es un reto de ahora dotar a Cataluña de su nuevo gobierno autonómico, problemático empeño con dificultades de puzle japonés. Suponiendo -y es mucho suponer- que el enjambre de Junts pel si alcanzase apoyos suficientes para investir presidente, ¿a quien designaría? Enigma extensible a toda la Corporación e, incluso, al programa de gobierno, inédito en una campaña electoral que se centró en la diatriba de la independencia. Como tampoco será fácil el consenso de los grupos no independentistas para designar líder y programa, ya revolotea el fantasma de nuevas elecciones.

Es mucho lo que se juegan Cataluña y el resto de España y siendo el Sr. Mas solo una pieza -fundamental, pero ya en la parrilla de salida- del enrevesado mosaico político que está dividiendo a la sociedad catalana, cabe aquí, perentoriamente, una reflexión colectiva de soberanistas, constitucionales y del Gobierno central, para reconducir la crítica situación a cauces de normalidad mediante un diálogo sincero y sensato, negociando las peculiaridades que sean oportunas y de recibo. Por supuesto sin poner en tela de juicio la legalidad que ampara la indivisibilidad de España.

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