De vuelta y media

Cuando el Instituto se instaló en la Alameda

González Besada fue su gran valedor y en agradecimiento recibió el primer título de hijo predilecto de Pontevedra que otorgó el Ayuntamiento

27.09.2015 | 05:29
// Archivo FARO

El rey Alfonso XIII inauguró tal día como hoy, 27 de septiembre del año 1927, el primer edificio propio que dispuso el Instituto General y Técnico de Pontevedra en la avenida de Montero Ríos. De ahí la oportunidad que brinda esta efeméride para recordar la pequeña gran historia del majestuoso edificio en donde se ubica hoy el instituto Valle Inclán, heredero y continuador de su antecesor. Sus circunstancias nunca fueron muy conocidas.

La iniciativa oficial sobre la construcción de un edificio para el único instituto de la provincia partió del ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Manuel Allendesalazar y Muñoz de Salazar a principios de 1903. Entonces se convocó un concurso para la redacción del proyecto.

Urdido entre bambalinas políticas, el asunto venía acariciándose desde el año anterior. Augusto González Besada fue el hombre clave, muñidor de su ejecución y valedor hasta el final de su vida.

Cuando el director del Instituto, Ernesto Caballero Bellido, trasladó el anuncio ministerial al alcalde pontevedrés, Ángel Limeses Castro, también interesó del Ayuntamiento la cesión de un solar para su construcción. Tal petición tuvo una inmediata respuesta en sentido favorable.

La corporación municipal aprobó por unanimidad el 31 de marzo un trueque servido en bandeja de plata por "algunas personalidades de esta capital": el Ayuntamiento cedía sus derechos sobre el Hospicio y la Inclusa para levantar tras su derribo el edificio del Instituto. A cambio, el Estado transfería el local que ocupaba el Instituto en el antiguo colegio de los jesuitas junto a la iglesia de San Bartolomé para acoger el Hospicio y la Inclusa.

Todo se hizo bien, con prontitud y eficiencia, pero también con rigurosidad, sin dejar suelto ningún cabo. Un peritaje al efecto para determinar el justiprecio valoró el solar del Hospicio y la Inclusa en 61.475,50 céntimos, y el solar del Instituto, jardín y cierre en 59.522 pesetas.

El nombramiento de Augusto González Besada como ministro de Hacienda y mano derecha del presidente Raimundo Fernández Villaverde a mediados del mismo año 1903, resultó proverbial para la consolidación del proyecto.

Bajo la influencia de Besada, el ministro del ramo, Gabino Bugallal, encauzó mediante una Orden Ministerial de 12 de octubre el traslado provisional del Instituto a la Escuela de Artes y Oficios en la Alameda hasta la terminación de la obra. Otro tanto se hizo con el Hospicio y la Inclusa al antiguo Instituto.

El mismo departamento convocó un concurso de proyectos para la realización del centro, que ganaron los arquitectos Joaquín Roji López-Calvo y José Lorite y Kramer, también encargados de dirigir la obra.

Luego se anunció la subasta pública por un tipo de licitación de 575.109,20 pesetas. Manuel Domínguez, de A Guarda, fue el único contratista interesado, ofreció una rebaja de 40.000 pesetas y se adjudicó la obra.

Conocida una visita a Pontevedra de Augusto González Besada a principios de 1904 tras su cese ministerial, el Ayuntamiento acordó el 16 de febrero su designación oficial como hijo predilecto. Los munícipes reconocieron su apoyo al proyecto del nuevo Instituto, así como al arreglo del ex convento de San Francisco para alojar a las tropas destinadas a Pontevedra. Dos días después se escenificó la concesión de tan alto honor durante un gran banquete, que sirvió el hotel Méndez Núñez.

La cuenta atrás para la edificación del nuevo Instituto comenzó a finales de 1904 y su plazo de ejecución se fijó en tres años. El cálculo resultó más que optimista puesto que tardó en realidad veintitrés años. Desde su inicio hasta el final, la obra estuvo más tiempo parada que en ejecución.

Unas veces por falta de presupuesto y otras veces por falta de licitadores, acumuló un retraso cada vez mayor. En algún momento se temió incluso que nunca llegaría a convertirse en realidad.

El Ayuntamiento solicitó una y otra vez su reanudación y terminación. El concejal comunista Manuel García Filgueira destacó por su insistencia no exenta de crítica a los representantes pontevedreses en la Villa y Corte ante la falta de resultados tangibles. Por su parte, González Besada, con la colaboración de Eduardo Vincenti, trabajó sin desmayo con suerte desigual para lograr tal objetivo desde sus distintos cargos.

Los presupuestos generales del Estado para el año 1919 reservaron al fin, por influencia de González Besada, una partida de 700.000 pesetas para su conclusión. Vincenti enseguida trasladó la buena nueva al Ayuntamiento.

El destino fatal negó a Augusto González Besada su anhelado deseo de ver acabado el Instituto, puesto que falleció en 1920. Como el Ayuntamiento no tenía ya ninguna forma de agradecerle todos sus desvelos después de colmarlo de distinciones, solicitó que el centro llevara su nombre. La petición sin embargo cayó en saco roto.

Durante la década de los años veinte, la actividad docente del Instituto en su sede de acogida, la Escuela de Artes y Oficios, transcurrió en medio de una enorme precariedad. No había un duro, ni tan siquiera para realizar una reparación de urgencia.

Tan penosa resultó su situación, que el director Ramón Sobrino Buhígas, no tuvo otro remedio que suprimir desde 1922 la celebración de la apertura de curso por el pésimo estado del salón de actos.

Finalmente la obra concluyó a principios de 1926 y el arquitecto Joaquín Rogi se desplazó a Pontevedra el 28 de febrero para firmar su recepción. Entonces recibió el encargo de presupuestar su dotación interior. Y todavía pasó un año y medio hasta la inauguración del flamante Instituto General y Técnico de Pontevedra.

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