Felipe González tiene razón

06.09.2015 | 05:48
Felipe González tiene razón

A Josean Blanco, poeta en el infierno

En su famosa carta publicada en El País, era innecesaria la retórica referencia de Felipe González in fine al inmovilismo del PP. Lo que está en juego en Cataluña no será el resultado de un concurso para saber quien cimbrea mejor las caderas. Pero sí tiene razón el ex-presidente al comparar el proceso catalán con el nazismo soft institucionalizado. De hecho, el término nazionalitarismo que forjé hace treinta años sintetiza esa opinión. No obstante, tiene razón solo a medias al haber olvidado el bolchevismo y los procesos gallego y vasco aunque entiendo no era lo más urgente para él.

Toda vez que nos cae cerca a los gallegos no es baladí aportar alguna idea suplementaria en relación con la susodicha carta y precisar qué comparte el nazionalitarismo de la periferia española, especialmente el gallego, con bolcheviques y nazis y cuál es su especificidad.

Por supuesto, a estas alturas del curso no voy a tragar esa enorme rueda de molino consistente en que también hay nacionalismo centralista español y no solamente nacionalismos periféricos de forma que estos, de carácter defensivo, compensan a aquel, perversamente agresivo. No me vengan con milongas, existe nacionalismo español al tiempo que existe nazionalitarismo periférico de la misma forma que las lagartijas tienen cola y los alacranes asimismo pero una es inofensiva y la otra puede matar.

El nacionalismo español es incluyente en cuanto a los nacionalismos periféricos y estos excluyen al español. Los nacionalismos vasco, gallego y catalán se parecen al francés en su voluntad hegemónica y supremacista: no admiten a otros nacionalismos activos en su área de influencia. El nacionalismo español es inclusivo admite en su seno diversidad de matices diferenciadores de la nación común. Nadie puede negar sin sonrojo que en España hemos llegado al grado de potenciación de la diversidad justificadora para algunos de que el Estado autonómico ya ha cumplido su papel de activador de los nacionalismos y ahora toca desembarazarse de él. No hay que ser una lumbrera para darse cuenta, es suficiente observar objetivamente o simplemente tender la oreja.

Nazismo, bolchevismo, nazionalitarismo

Un amigo me recomendó recientemente la lectura del ensayo Lenin e Hitler. I due volti di totalitarismo, de la autoría de Luciano Pellicani. No lo leí todavía pero debe ser obra interesante, a juzgar por lo que cuenta, y enlaza oportunamente con lo que sostiene Felipe González.

El objetivo de una revolución totalitaria es la purificación de lo existente -la Terreur francesa, el terror bolchevique, el nazismo, el terrorismo del independentismo de la periferia española (cruento, esto es, sanguinario, o incruento, cultural, según casos)- lo cual exige la formación de un partido compuesto por militantes puros encargados de combatir y exterminar, física o culturalmente, a los contra-revolucionarios. En el caso del nazionalitarismo periférico, significa que los militantes se han purificado de toda contaminación española: son puros porque no son españoles. De ahí que el peor insulto y el más abundosamente utilizado por los nazionalitaristas de toda laya y condición sea llamarle a alguien español. Como bajo los bolcheviques tratar a fulanito de burgués; o de judío, por los nazis.

Para poder llegar tan lejos, para alcanzar ese grado de pureza sicopática hay que odiar a fondo. Y esta es, sin lugar a dudas, la gran especialidad de nazis, bolcheviques y nazionalitaristas: el odio. La misión histórica de los puros consiste en reconducir la patria a la pureza originaria mediante el odio a todo lo español. La justificación de este fin absoluto es la erradicación del mal. No resulta extraño, mira por donde, su carácter religioso, fanático siempre, taimadamente sacerdotal o civilizadamente funcionarial de conveniencia. No en vano muchos de los puros en Galicia son hijos de funcionarios, abogados, guardiaciviles, sacerdotes o seminaristas formados tradicionalmente para combatir el mal.

La erradicación del mal santifica y justifica la violencia, aunque sea de baja intensidad, a la que recurren los puros. Bien sea matar a un policía o diputado, lanzar botellas a una manifestación de Galicia Bilingüe o impedir la entrada en la enseñanza y el funcionariado autonómico, leyes mediante, a una persona competente que no presente los requisitos nacionalistas que avalan la perpetuación de la ideología nazionalitarista.

No hay para el nazionalitarismo otro imperativo categórico, siempre que se pueda aplicar: eliminar de raíz toda contaminación española recurriendo al falseamiento histórico si es preciso. El poeta Josean Blanco, que vivió en militante socialista el terror en el País Vasco, me hacía ver días atrás, citando a George Orwell (Notes on Nationalism, 1945) que todo nacionalista vive obsesionado, consciente o inconscientemente, con alterar el pasado, con reconstruirlo idealmente, a su manera, mítica y falazmente. Esto escribe Orwell: "El militante nacionalista pasa su tiempo en un mundo de fantasía en el que las cosas ocurren como deberían y transferirá fragmentos de este mundo de fantasía a los libros de historia cada vez que pueda. Hechos importantes son suprimidos, fechas alteradas, citas removidas de sus contextos y manipuladas para cambiar su significado. Eventos cuya ocurrencia se piense que no debió darse son omitidos y en última instancia negados". Un mundo, a fin de cuentas, y esto lo escribo yo, de imbéciles y tarados, de cainitas y racialistas. Un mundo de frioleros y cobardes morales que se acogen a sagrado bajo las protectoras faldas de la patria porque no se atreven a salir a pecho descubierto para verle a la realidad de nuestra época su verdadera cara.

Lo desconcertante de ese mundo, que obstaculiza a muchas personas percatarse de la gravedad de la situación, es que nacionalistas enfermos de odio antiespañol son, en la convivencia, gente encantadora, culta, educada y hasta buena.

Envidia

Queda por explicar el pozo del que surge tanto odio, de qué vicio profundo o corrupción del ser humano emerge. Y aquí, nazismo-bolchevismo y nazionalitarismo se separan. En el caso de este último es evidente que surge de la envidia, en los otros no está tan claro aunque Tomás de Aquino afirmase que el odio siempre viene de la envidia.

La envidia es uno de los pecados capitales. Los pecados o vicios capitales son siete desde los tiempos del papa Gregorio Magno, anteriormente eran ocho, que consideró la tristeza una forma de pereza y la incluyó en ella. La envidia es propia de los perezosos. Es propia de impotentes e incapaces. Ello lleva al resentimiento habida cuenta que la pereza del envidioso lo alicorta para ascender hacia su propio bien, que sería alcanzar el objeto de envidia, y, de consuno, se recrea en el deseo de la desgracia del envidiado. Ahí reside la fuerza del envidioso y paradójicamente el núcleo de fuego que acaba consumiéndolo: el odio. Con mayor generalidad, la envidia es el estado síquico de desdicha o tristeza por no poseer uno mismo lo que tiene otro, sea en bienes, reputación, cualidades superiores, etc. Para poder tenerlas, o para que no le hagan sombra, la envidia puede provocar -casos se han dado y darán- que el envidiado muera a manos del envidioso.

Exceptuando a Isaac Newton, Robert Hooke fue el mejor físico inglés del siglo XVII. Hooke era consciente de ello -El Leonardo de Londres, es el título de una de sus biografías- pero la excepcionalidad de Newton lo volvió loco de envidia, terminó sus días amargado y resentido hasta la extenuación física. Al morir se había convertido en un saco amarillento de piel y huesos, en parte debido a la diabetes pero sobre todo consumido por el odio. De la lectura de sus diarios se desprende el sentimiento de humillación de saber que la posteridad solo tendría ojos para Newton.

Causado por la envidia, es de manual el odio de los nazionalitaristas hacia la cultura y lengua española. A la par de Hooke, los nacionalistas periféricos son profundamente conscientes de su papel secundario -tanto individual como colectivamente- en comparación con el fulgor de la civilización hispánica. Colmeiro, Antonio María de Lekuona o Fortuny son pintores apreciables pero nada tienen que hacer al lado de Goya. Ni siquiera comparados con Solana o Diego Rivera. Por no hablar de literatura. Manoel Antonio (Manuel Antonio Pérez Sánchez) escribió un par de buenos versos, Rubén Darío escribió mil.

Ese envidioso odio es tal que, en Galicia, una obesa monja nazionalitarista, fea por fuera y fea por dentro, soltó en sede parlamentaria biliosa diarrea de insultos contra Cela al morir. Y no hubo ningún intelectual nacionalista que saliera a defender la memoria de nuestro genial escritor cuando, poco después, profanaron su tumba. Incluso alguno que le debía favores personalísimos hizo mutis por el foro. En el caso de Valle Inclán, la envidiosa tristeza de los nazionalitaristas es tanta que dan verdadera pena. La tristeza de no haber escrito nada de semejante calidad y la pereza que los incapacita para intentarlo compele a los nazionalitaristas a forzar la traducción de Valle al gallego para apropiárselo -así, por la vía fácil- por pura envidia. Dan pena, ya digo.

Ante semejante banda de terroristas y penosos mangantes del genio ajeno, falsarios e imbéciles, perezosos y envidiosos, a los desleigados como yo que hace tiempo renunciamos a la pretensión de regenerar a la sociedad contra su voluntad, aunque fuere a través de la erradicación del mal, no nos queda otro remedio que oponer al sinsentido de la pureza nazionalitarista un suntuoso corte de mangas.

Sí, Felipe González tiene razón, hay sutiles similitudes entre nazismo y nacionalismo periférico en España. Y no solamente en Cataluña.

*Economista y matemático

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