personas, casos y cosas de ayer y de hoy

Mi tío Ignacio Moreno Miranda

29.06.2014 | 01:36

Don Ignacio María Moreno Pérez (Ourense, 1852 - 1943) -mi bisabuelo materno, procedente de una familia vallisoletana y al que me he referido en el primero de esta serie de artículos en Faro de Vigo, 21.08.2011- estaba casado con doña Eduvigis Miranda Altamirano (Parada de Amoeiro, 1863 - Ourense, 1924), entroncada con los Altamirano de Trujillo, que después se radicarían en Ourense, donde don Francisco Javier de Soto Altamirano sería Regidor Perpetuo de Ourense. El matrimonio tuvo ocho hijos: Venancio, María, Rita, Antonio, Amalia, Valvanera, Pepita e Ignacio. María era mi abuela y, claro está, los otros hermanos eran mis tíos abuelos. A mi queridísima abuela he de referirme de forma especial algún día. Ella era tan buena e hizo tanto y con tanta devoción y desprendimiento, que el temor a no acertar hace que lo retrase. Mis tíos abuelos fueron los tíos que mis hermanos y yo no tuvimos debido al fallecimiento temprano o la lejanía de nuestros tíos carnales. De los siete, con los tres más jóvenes -Valvanera, Pepita e Ignacio- por la relación familiar estrecha y excelente que nos unió y por su generosidad y entrega les debía el dedicarles alguno de estos sueltos. Es un atrevimiento intentar definir la vida de unas personas en una línea, pero en el caso de ellos lo veo con claridad: nacieron para servir y se prepararon para morir. Ambas cosas las alcanzaron con suficiencia distinguida. Cuento con la comprensión y disculpa de mis lectores al hablarles hoy de uno de ellos, Ignacio Moreno Miranda (Amoeiro, 1896 - Ourense, 1979), pues es posible que el interés que pueda ofrecerles mis expansiones familiares sea limitado, pero al fin y al cabo él y su familia formaron parte de la intrahistoria ourensana, de los ourensanos de siempre, y vale la pena recuperarlos. Los ourensanos de más edad recordarán a alguno de los hermanos Moreno Miranda. Además, cualquier autor, bueno o malo, se confiesa de forma directa o indirecta en cada uno de sus escritos y hace partícipe de lo suyo a sus lectores, de modo que ellos y el escribidor se sienten más cercanos.

Mi tío Ignacio era un hombre afilado que podría haber servido de modelo del Greco. Nunca le sobró un gramo de grasa, por lo que su piel se retraía sobre su carne fibrosa, dándole un aspecto enjuto, particularmente a nivel de las mejillas. A él mismo le oí, y creo era cierto, que un barbero madrileño le invitaba a colocar un coio en sus carrillos para facilitarle el afeitado. En su alargada cara sobresalía una acusada nariz. Tenía una calvicie "franciscana" y la piel de su cuero cabelludo lucía tersa y reluciente, si bien el pelo que conservaba permanecía negro. Su estatura era más bien elevada para su época. Vestía siempre impecable, incluso cuando trabajaba en la finca -en la ciudad traje de tonos oscuros, generalmente gris o negro, con chaqueta cruzada y corbata negra; en el campo camisa blanca y pantalón de color apagado-. Protegía indefectiblemente la cabeza cuando lucía el sol, en la ciudad con un sombrero de tela y en el campo con un sombrero de paja. Nos recomendaba reiteradamente que hiciésemos lo mismo. Utilizaba reloj de bolsillo, el clásico y tan común Roscopf.

Mi visión de mi tío Ignacio, era la de un hidalgo, consciente del origen y de la dignidad de su familia, pero de lo que jamás alardeó, ni creo le importase. Era un hombre totalmente conforme con su situación y destino, por lo que nunca se le escuchaban lamentos ni reproches. Exteriorizaba poco sus sentimientos y cuando le embargaba alguna angustia las ahogaba en su propia intimidad. Mostraba desdén por el lujo, era escéptico en lo social y profundamente creyente en lo religioso. No quería saber nada de política, creo que desencantado de haber vivido y sufrido los fracasos monárquicos y republicanos y la guerra civil y sus resultados. Era persona muy seria, con bastante carácter y genio, si bien no se irritaba por cualquier cosa; cuando tal sucedía, controlaba la ira y con un dejo de fruncimiento se serenaba pronto. Era de pocas y medidas palabras, pero su parlamento era muy ágil y comprensible. Trataba a todos con afabilidad y corrección y a los niños con delicadeza y ternura. Estaba casado con Modesta Serantes Morais (hija de un magistrado que fue presidente de la Audiencia en Santander y Ourense, así como madrina de bautizo de mi hija Nazareth Martinón Torres) y no tuvieron hijos, aunque creo que sus sobrinos los sustituyeron en gran parte. Yo no sé si llegó a terminar sus estudios universitarios de derecho, pero tengo algunas presunciones de que interrumpió la carrera. Si es que los terminó no ejerció como letrado -su abuelo Venancio Moreno Pablos y su padre Ignacio habían sido prestigiosos abogados en Ourense, al tiempo que humanistas de los que queda constancia- y trabajó en la banca madrileña hasta su jubilación. Lo que sí sé es que en su conversación daba muestra de conocimientos y cultura y quedan en mi poder algunos documentos en los que su escritura era correctísima, con perfecta caligrafía y buen uso del castellano. También pude comprobar personalmente que su talento práctico era excelente y su habilidad para los trabajos manuales e incluso los artísticos era admirable. Una vez jubilado, el matrimonio Moreno-Serantes se vino a Ourense, domiciliándose en un piso de la calle del Progreso, donde convivió con sus cuñados solteros, uno de los cuales, Alfredo Serantes Morais, fue alcalde de Ourense. Los meses que estaba en Ourense, trabajaba muchas horas en la finca que existía en la parte posterior de la que fuera su casa paterna de la calle Hernán Cortes 27, en ese momento de sus hermanas. También hacía una visita cada tarde a nuestra casa, en la entonces calle de General Aranda, donde vivía mi abuela, su hermana María. Sin embargo, muchos meses del año, residía en el pazo de los Condes de Troncoso, que había heredado, junto con mi abuela, de sus padres. El Pazo de Troncoso, era una gran casona rural, rodeada de una extensa finca, de fértiles viñedos, cercada de una muralla de piedra, con cubos troncocónicos en los ángulos. Es en esta etapa de su vida -que se corresponde con la niñez y juventud mía y de mis hermanos- cuando tenemos vecindad y relación estrecha con él. En Troncoso, mi tío Ignacio trabajaba todo el día como un jornalero más, en toda clase de faenas y se esforzaba por tener todo cuidado y limpio. Nosotros lo seguíamos y "ayudábamos", hasta donde nuestra edad lo permitía, durante muchas horas. De él aprendimos, mi hermano José María y yo, lo que sabemos del campo y sus cuidados, así como de otras muchas tareas y oficios, algo que nos ha venido y viene muy bien. Solo al atardecer interrumpía su trabajo para dar largos paseos con otros familiares y, ya cerca de la noche, escuchar la radio (a partir del año 1952, antes no había luz eléctrica -Faro de Vigo, 05.02.2012-).

Después de cenar, todos nos reuníamos en su casa, donde se conversaba a cerca de casi todo alrededor de una amplia camilla. Entre otras muchas cosas, nos hablaba de su estancia en Madrid, de sus instituciones, de sus jardines, de sus teatros y de sus tertulias por lo que, cuando visité por primera vez esta ciudad, lo que no pude hacer hasta 1968, reconocí cada sitio como si ya hubiese estado allí. Antes o después de cenar, había una interrupción obligada para rezar el Santo Rosario, lo que he de reconocer que a los más pequeños nos resultaba un tanto arduo.

Ignacio era un hombre austero y de pocas necesidades. Vivía de su hacienda, que también le daba para vivir a su encargado y a su familia. Casi todo lo material se "lo fabricaba" él mismo, era la ventaja de saber y hacer de todo un poco. No estuvo nunca enfermo hasta el final de su vida. Bebía con moderación a las comidas, el vino que él mismo elaboraba con todo cuidado y, de cuando en cuando, una copa de licor café, que compartía con familiares y amigos. Transmitió la fórmula de su licor, de puño y letra, a mi mujer Georgina Torres Bescansa, que hoy lo prepara con idénticos resultados y aceptación segura.

Era cumplidor con sus obligaciones religiosas. Troncoso pertenecía a la parroquia de Astariz, el párroco era don José Rey Peña, hombre muy peculiar del que les hablaré algún día y al que recuerdo desde el principio ya anciano, lo que no era obstáculo para que viniese con bastante frecuencia a celebrar la Misa en nuestra capilla de Troncoso. Después almorzaba con nosotros y, a continuación, dormía una inexcusable y reparadora siesta. Como no había monaguillo, mi tío hacía sus veces, pero como desconocía el ordinario en latín, quien le contestaba era mi tía Valvanera. Para nosotros era algo habitual, pero podéis imaginar la impresión que causaba el dueto a los que, en aquellos tiempos, asistían por primera vez a la celebración.

Mi tío murió como lo que era, como un hombre bueno y sencillo, con el valor, la entereza y dignidad que trató siempre de practicar y enseñar. Hizo todos los esfuerzos por ahorrar engorros, hasta el punto que dio instrucciones sobre los necesarios papeleos y hasta para eliminar las filtraciones de agua en el panteón familiar de San Francisco. Trató de evitar el espectáculo de su dolor y a pesar de sus padecimientos mostró una serenidad ejemplar. Sufrió mucho en sus últimos días, mas no se quejaba y consciente de la proximidad de su muerte, describía su propio deterioro como si lo leyese en un libro de Patología.

Tuvo palabras de consuelo para todos. Le agradeció a mi mujer, enfermera de profesión, sus desvelos, y le recordó que era el tercer hermano que moría en sus brazos. En gratitud le regaló lo que más quería, un óleo sobre tabla con la cabeza del Crucificado, que había pertenecido a sus abuelos. Como caballero cristiano pidió los Santos Sacramentos que recibió con devoción. Le rogó un beso a su esposa, a la que quería y de la que no se había separado un solo día. Finalmente, cuando ya no podía emitir palabra se despidió con la mano. ¡Es ya tarde! ¡Qué le vamos a hacer! y ¡Ahora se tenía que morir! Todos sentimos una tristeza indefinible. En ese Mundo Mejor que hay para los hombres buenos que han pasado por la tierra nos estará esperando con una serena sonrisa.

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