Presidente de la Confederación Nacional de Empresas TIC y presidente de Ineo

Formar y transformar

15.06.2014 | 03:30

Hemos vivido una crisis económica y financiera, sin más parangón que la del año 1929, que asoló la economía española con especial virulencia, al coincidir un importante déficit público y una no menos importante deuda privada, con el hundimiento de un sector que crecía a tasas imposibles, la desaparición de la mitad del sistema financiero español, y el total retraimiento de la financiación empresarial hasta límites nunca vistos en nuestro país. El imprescindible ajuste de las cuentas y de la inversión pública significó el colofón a una situación que ha traído como consecuencia una significativa perdida de tejido productivo, de la riqueza de las familias, y un dramático desempleo que ha batido todos los récords, con más de un cuarto de la población activa en paro, y más de la mitad de nuestros jóvenes, muchos muy cualificados, sin poder encontrar su primer empleo. Con las perspectivas de una situación que comienza a remitir, y con el deseo de unas expectativas crecientes de colocación para nuestros jóvenes, me pregunto: ¿Qué esperanza tienen los jóvenes universitarios vigueses en el futuro? ¿Dónde está el empleo acorde con su formación especializada, mejor, donde está el empleo del futuro? Una necesaria reflexión, apoyada en una triple visión: como padre y ciudadano comprometido con el futuro de nuestros jóvenes, como empresario y directivo de la Confederación de Empresarios, y como miembro del Consello Social de la Universidad de Vigo. Las deficiencias del sistema educativo español suelen identificarse como una de las causas de los problemas del mercado laboral y de la alta tasa de paro que padecemos en nuestro país y, sin embargo, por lo que se refiere a la formación universitaria, nos situamos por encima de la media europea en el número de universitarios. Según Eurostat, España está 11 puntos por encima de la media europea en el porcentaje de población entre 25 y 34 años con estudios superiores, un nivel similar al de otros países con un mejor mercado laboral que el nuestro. Igualmente, más de un 25% de los hijos de familias con bajo nivel educativo consiguen un título universitario, muy por encima de la media europea, que se sitúa en el 18%. No parece justo pues, que hagamos descansar la responsabilidad de la situación de nuestros jóvenes al entorno familiar. Las familias, independientemente de su nivel educativo, apuestan por la formación universitaria de sus hijos. No creo tampoco que la eficacia deba medirse por lo que gastamos, sino por los resultados obtenidos. Los datos manifiestan que nuestra situación es inferior a países que dedican menos dinero que nosotros, lo que nos hace pensar que tampoco sea una cuestión solo de presupuestos y recortes. Como sociedad, al igual que lo han hecho las de otros países, tenemos que introducir criterios de eficiencia y rentabilidad también en la formación. Ante el gran dinamismo de un mundo globalizado, es necesaria una formación de calidad y especializada, que produzca riqueza y que responda rápidamente adecuándose a la demanda. Este es el gran reto que tenemos de formar para transformar la Sociedad. Estoy seguro, que las soluciones, descansarán fundamentalmente en el trabajo coordinado de dos actores imprescindibles: Empresa y Universidad, siendo ambos los que deben saber qué tipo de formación es la más adecuada implementar.

Además uno de los principales ámbitos de generación de valor de la Universidad en su relación con la empresa se debe producir a través del empleo de los universitarios, y para ello, hace falta cambiar la cultura del conjunto de la Universidad y hacerla más favorable a compartir la idea de que la empresa es clave y que el empresario es un generador de riqueza al que hay que prestar atención. La mejora de las relaciones Universidad y Empresa no pasará sólo por preguntarse cuánto tiene que cambiar la formación, sino cómo se puede cambiar el mundo empresarial, para crear un tejido productivo con más capacidad de aprovechar el capital humano y facilitar la inserción. No hay duda que la economía del futuro inmediato ha modificado los paradigmas de la economía industrial, y que el conocimiento y la innovación, junto a la internacionalización empresarial y la globalización, ha modificado también radicalmente el factor trabajo, y la mayoría de las actividades económicas requieren trabajadores muy cualificados. La Estrategia Europa 2020 ya propone como primera prioridad el crecimiento inteligente, en base al desarrollo de una economía basada en el conocimiento y la innovación, proponiendo el crecimiento sostenible y el crecimiento integrador, como impulsores que fomenten una economía con alto nivel de empleo. Si la estrategia europea nos marca el escenario del futuro, las instituciones viguesas debemos asumir nuestra responsabilidad, desarrollarnos y coordinarnos en el sentido que generemos conocimiento, especialización, actividad económica y empleo en esta dirección. Tal vez en la opinión pública se extiende la idea que el desempleo de esta generación de jóvenes es un fracaso colectivo, los jóvenes preparados están sufriendo en buena medida el desempleo o el subempleo, pero nadie duda que la Universidad de Vigo está empeñada en un proceso de mejora continua de su oferta formativa que ya se recoge en los ranking Internacionales; tenemos centros tecnológicos de referencia internacional en los sectores respectivos, que apoyan a los tejidos productivos en el desarrollo de sus innovaciones; disponemos de suelo empresarial e industrial y de una amplia oferta de apoyo al emprendimiento, con instituciones especializadas en la necesaria información empresarial y programas de apoyo a los jóvenes empresarios. Creo que todo ello hace de Vigo y su entorno un espacio de esperanza laboral para nuestros jóvenes cualificados. Infinidad de tareas quedan pendientes, como la captación de más recursos privados por la Universidad, que los empresarios apostemos definitivamente por adaptarnos a los requerimientos del nuevo entorno global, que se apoye a los emprendedores que rompen moldes, que el fracaso no tenga la penalización social que hoy tiene, y la segunda oportunidad sea reconocida socialmente como imprescindible. Debemos proponernos firmemente desarrollar todo nuestro potencial en beneficio de todos y hay que hacerlo de inmediato. Es más lo que tenemos que lo que carecemos, hay ideas y personas, una nueva generación viene pujante, en cuanto se recupere la confianza todo lo que tenemos alcanzará su verdadero valor. En definitiva, entre todos, tenemos la responsabilidad de formar y transformar la Sociedad.

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