Razones y efectos de la abdicación

Un voto de confianza para el Príncipe Felipe

04.06.2014 | 02:22
Razones y efectos de la abdicación

Con su renuncia, Juan Carlos ha demostrado que conserva intacto el instinto político que le llevó a impulsar con absoluta determinación el establecimiento de la democracia en España a la muerte de Franco. Pocas decisiones cabe imaginar que puedan tener más importancia para la vida política de nuestro país que su abdicación. La prensa informa que, según fuentes de Zarzuela, ha sido una decisión muy pensada por el Rey en la soledad del paisaje boscoso que rodea su residencia y que, una vez tomada, en enero de este año, tras consultar varios informes elaborados a propósito, fue compartida con su personal de confianza y las principales autoridades del Estado. Se pensó entonces que el momento idóneo para comunicarla a los españoles era inmediatamente después de las elecciones europeas.

Así las cosas, el proceso de reflexión que condujo al Rey a adoptar la decisión fue impecable en todos sus pasos. Tal como él mismo ha explicado con meridiana claridad, la decisión nace de "un balance autocrítico de nuestros errores y nuestras limitaciones como sociedad". Los errores y las limitaciones del Rey, bien patentes en los últimos años, estaban causando un deterioro notable y persistente en la imagen de la Corona entre la opinión pública, que podría acabar interfiriendo desfavorablemente en la función que desempeña en el sistema político español. El relevo era, cada vez más, la solución lógica al problema. Solo hacía falta imponer el pragmatismo a la tradición. Y Juan Carlos lo hizo, como había decidido hacerlo en tantas ocasiones. Su generosidad es recíproca a la que los españoles han tenido con él y la Corona, y es justo reconocerlo. Todos debemos felicitarnos por ello.

Pero quienes compartieron la decisión no pudieron prever los resultados de las elecciones europeas y esto nos obliga a reflexionar de nuevo. El relevo en la jefatura del Estado ha sido interpretado en estas circunstancias de diversas maneras y conviene por ello extremar la prudencia. En su discurso, Juan Carlos reclama el protagonismo de una generación más joven para hacer las reformas que la sociedad demanda y responder con energía a los desafíos del futuro. Y las reacciones han sido inmediatas. Felipe González ha declarado que "la decisión dará un impulso reformador de carácter general a un país que es poco reformador". Mariano Rajoy, al anunciar la decisión, ha afirmado que el sucesor "estará a la altura de las expectativas más exigentes". Quizá esperemos del futuro Rey más de lo debido. Unas expectativas desmedidas ponen sobre él una responsabilidad que no le corresponde. Sería un error grave confiarse en paralelismos históricos equivocados entre el Rey con poderes para democratizar el régimen autoritario y el Rey de una monarquía parlamentaria ya consolidada. Hacer las reformas que necesita nuestro sistema político es tarea de los partidos y los ciudadanos, que hasta la fecha hemos sido incapaces de llevarlas a cabo.

Por otra parte, la abdicación ha formado una ola que ayer cubrió las plazas públicas con la petición de una república. Los resultados electorales han insuflado fuerza a esta corriente, que no deja de crecer y, según las encuestas más fiables, divide a los votantes del PSOE y ya es mayoritaria precisamente entre los jóvenes.

El relevo en la jefatura del Estado debe hacerse al margen del proceso político, como parece que había sido planeado. El futuro rey podría ser la fuente de inspiración que nos empuje a realizar los cambios pendientes, pero es preciso tener claro que la iniciativa no le corresponde a él. Eso no solo desfiguraría el funcionamiento de nuestro sistema político, sino que además supondría un riesgo gratuito para la Corona. Y este no es el mejor momento para confundir en la controversia política a la institución que por mandato constitucional arbitra y modera la vida política. Excepto que llegáramos a la conclusión de que la Corona es parte del problema. Juan Carlos ha mostrado su intención de evitar que tal cosa suceda y esa es también la grandeza de su decisión. El Príncipe Felipe merece un voto de confianza.

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