Biografía del Rey cesante

04.06.2014 | 02:23
Biografía del Rey cesante

Aún persiste en mi memoria la fórmula con la que se examinaba a los alumnos españoles al pasar de la Primera a la Segunda Enseñanza. Me tocó uno de los últimos y se desarrollaba en el paraninfo del Instituto de San Isidro, uno de los dos con los que contaba Madrid. Una larga mesa parapetaba a los catedráticos que iban sondeando las reservas culturales de los catecúmenos. La historia se inició con la pregunta del profesor de Historia hecha a un nervioso y descontrolado colegial.

Preguntaba el catedrático: "¿Quién subió al trono, al abdicar?" y el desdichado escolar repuso precipitadamente: "Abdicar II". Panorama semejante ha flotado durante estos tiempos, donde hubo quien negaba, con la determinación del fanático, la posibilidad de que el Rey renunciara al trono. Y era una moda que alcanzó a varias monarquías, y al propio papado, que sigue viendo la coexistencia de dos pontífices, sin que se corte la leche.

El siguiente recuerdo personal relacionado con la monarquía se remonta a mis 25 años cuando desde la corresponsalía de prensa en Budapest, pasé, una vez más, por Suiza. En Lausana, un amigo se dejó invitar a comer en un excelente restaurante y me ofreció pasar un momento, aquella misma tarde, por la residencia de la exreina de España, doña Victoria Battenberg y saludar a la ilustre dama. Nunca fui cortesano ni tuve amistad o reparos hacia la gente de sangre azul. Presenté mis respetos a la egregia dama y el recuerdo más vivo fue ver a un niño, de unos siete años, ataviado con el uniforme de capitán de Infantería del Ejército español. Disfrazado, diríamos. Le hice una foto que andará por ahí, superviviente de mudanzas y traslados. Aquella criatura era el infante don Juan Carlos de Borbón, que solía pasar temporadas con su abuela y el disfraz algo especial, pues he visto otras fotografías prácticamente idénticas.

Sigue la historia su trote y encontramos al joven con otro uniforme, más modesto: el de cadete de la Academia de Infantería de Zaragoza. Como inciso decir que corre la especie de que se trataba de un joven taciturno, entristecido y poco feliz. Era personaje codiciado por la Prensa y, tras muchos rodeos pues las cosas nunca son fáciles, obtuvimos una entrevista exclusiva para el semanario Sábado Gráfico, con los miramientos debidos a una situación donde todo tipo de información habría de pasar por la censura obligatoria. Pasados los trámites pertinentes envié a uno de nuestros mejores fotógrafos, José Escamilla con el encargo de cubrir una jornada fotográfica con el Príncipe, entonces alumno de dicha Academia. Era un mozo rubio, atlético y diestro en los deportes. Había charlado con los futuros oficiales, incluido aquél Borbón con el que no parecía hacerse tratamiento especial. El fotógrafo, admitida su tarea, quiso reflejar un ángulo especial y le dijo: "por favor, puedes ponerte en esa esquina" o algo parecido.

El interpelado se apoyó en el stick y le dijo: "Eres "muy cara. ¿Quién te autoriza a que me tutees". Nadie, objetó Escamilla, pero eres tu el que me ha tuteado, aunque soy mayor, así es que? ". El cadete soltó una carcajada y accedió a la solicitud del poco ceremonioso periodista. Así que parecía lo que era, un mozo en el inicio de su vida, con las preocupaciones de sus compañeros de armas. Aficionado a las bromas recuerdo las dos veces que le vi, a solas, siendo aún heredero. Una, en mi calidad de corresponsal y representante de la revista Paris-Match, en una charla solicitada por el gran periódico francés, y escrita por uno de sus reporteros-estrella: Michel Clero, a quien facilité la tarea y acompañé, dejándole en el saloncito donde se celebró el encuentro del cual estaba yo excluido. No contabilizo los años en que tuve el privilegio de ser invitado a la fiesta de onomástica en los Jardines de Palacio, en medio de una muchedumbre llegábamos desde la Plaza de la Armería, hasta el Campo del Moro, atravesando, en pequeños autobuses las entrañas de Palacio.

Salvo la impresión de que se trataba de una persona afable, bien educada y muy profesional, mi último tête- á- tête, poco puedo añadir, pues ni necesitaba pedirle nada ni yo darle. Cerraba mi revista y me despedía de él. Pura cortesía. En otra ocasión, me introdujeron en una saleta donde mi colega Julián Cortés Cabanillas, menudo de talla, como yo, me dijo que el príncipe le había citado unos minutos antes y que fue a buscarle, cogiéndole en brazos, llevándole, como a un bebé, hasta su despacho.

Otra mínima anécdota me la comentó el general Sabino Fernández Campo, de cuya amistad gozaba. Estaba a su mesa cuando el Rey salía de Palacio, con un simple "Ahora vuelvo", como si hubiera ido a comprar tabaco. Minutos después, se ilumina el telefonillo que conecta con las habitaciones privadas del primer piso e indican que la Reina desea hablar con su esposo. En ese momento aparece el monarca, que se percató de la situación e indicando por señas que guardara silencio el secretario, tomó el teléfono y entabló una procaz conversación:"Bueno, chatina -vino adecir-, ya estoy aquí, subo enseguida dispuesto a lo que tu quieras". Tras unos segundos de lúgubre silenció, la voz de la Reina sonó gélida: "¿Pero es que se vuelto usted loco, Sabino?

Pequeñas muestras de ingenio y de buen humor que, a mi juicio, se compaginan mal con el sórdido pasado atribuido. Esta anécdota y su general comportamiento en las apariciones públicas abonan el sentido del humor del que quizás no haya sido entendido por los súbditos. ¡El rey se ha ido, ¡Viva el Rey!

eniosuarez@terra.com

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