La cruzada contra Podemos

02.06.2014 | 02:00

"Un fantasma recorre España: El fantasma de Podemos. Todas las fuerzas de la vieja España se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: los obispos y reyes, Rajoy y Rubalcaba, los radicales de UPyD y los polizontes nacionalistas". Así empieza aproximadamente el Manifiesto comunista. En la cruzada desatada contra el partido asambleario subyace el miedo de PP y PSOE a que sus votantes se vuelvan antisistema. En su auxilio han acudido gozosos los cuatro ABCs de Madrid, que ya no reclaman Rajoy sino bipartidismo, porque más vale socialista domesticado que ciudadano que piensa antes de votar.

Antes que vigilar al Poder descontrolado, exigen al Podemos a estrenar. Marx y Engels replicaban a los sumos editorialistas desde su inflamado alegato, "¿qué partido de oposición no ha sido motejado de comunista por sus adversarios en el poder?" En lugar de rectificar los errores propios, los partidos mayoritarios y los emergentes condenan al infierno a quien se atreva a votar a Pablo Iglesias.

En su diatriba, la ubicua y zigzagueante Rosa Díez define a Podemos con mayor nitidez que a su ambigua UPyD. La recriminación debe ir acompañada de una confesión de parte.

El partido que ha convulsionado el mapa político español no ha aparecido nunca en la treintena de artículos publicados en esta sección desde la fulgurante concepción del movimiento. En descargo del autor, ese cero promedia las menciones en la prensa de masas y no ha dañado excesivamente las aspiraciones de Podemos, aunque su líder insiste en que perseguía la mayoría absoluta.

La histeria de los cruzados castizos contra el nuevo Sadam de su invención demuestra que España sufrió en las europeas una sacudida electoral que obliga a remontarse a 1982. Si el 23-F tuvo consecuencias, ¿cómo no iba a repercutir el saqueo de las clases medias en su voto?

Antes de empuñar las armas, los soliviantados debieron tranquilizarse con los precedentes de líderes levantiscos aclimatados al contagiarse de púrpura. La revolución de terciopelo de Vaclav Hável se libró a los acordes de Frank Zappa y Lou Reed, y acabó con su líder firmando un manifiesto a favor de la invasión de Irak. Qué decir de Joschka Fischer, el verdísimo que lideró una política exterior beligerante en tránsito hacia la gran empresa. O del sesentayochista aguado Cohn-Bendit. Por no hablar de la relativa mordiente de un partido que se guarece bajo el "Yes we can" de Obama, el mejor amigo de los banqueros. En fin, ¿alguien cree que en España hay un millón y medio de castristas, cheguevaristas y chavistas, pese a los esfuerzos del PP/PSOE de Rodrigo Rato para equiparar el nivel de vida español con el cubano? Satanizar a Podemos es menos útil que analizar a sus votantes, puesto que ellos decidirán el futuro de la formación.

De paso, Rajoy puede reflexionar si ha cometido algún exceso en la aplicación de su lema de Gobierno, el vibrante "que se jodan" exteriorizado por Andrea Fabra en el Congreso. De momento, ningún líder de Podemos se ha expresado con la visceralidad del muy ortodoxo PP. Las lágrimas vertidas por el presidente del Gobierno sobre el cadáver político de su amado Rubalcaba no solo recuerdan a Aquiles llorando a Patroclo. Desenmascaran también la pantomima de la moción de censura nunca materializada, aunque anunciada por el PSOE a bombo y platillo.

¿Es tan extraño que un contingente de electores en aumento prefiera opciones menos viciadas? El vuelco obligará al sesteante Rajoy a vivir su primer momento de excitación política desde que recogía con avidez los sobresueldos de Bárcenas.

Los cruzados contra Podemos hubieran preferido seguramente el auge del Frente Nacional, votado por los obreros de Francia. No es descabellado pensar que Pablo Iglesias multiplicaría sus apoyos en una hipotética segunda vuelta de las europeas. Nunca se sabrá, porque se desconoce el paradero de los gabinetes demoscópicos que atribuían más de veinte diputados al PP y apenas uno a Podemos, con un pequeño error del quinientos por cien. Estas encuestas con final infeliz no eran erróneas, sino falsas, a la espera de que un representante público explique por qué se malgasta el dinero de los ciudadanos en un Centro de Investigaciones Sociológicas que manipula ecuaciones oxidadas. En los sondeos que publicaban para engañar a sus lectores, los ABCs descubrieron un método mágico de compensar errores de magnitud desconocida. Los pseudocientíficos actuaron como los cruzados, que enmiendan su equivocación con otra de mayor calado.

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