EDITORIAL

Una invitación al cambio para los partidos políticos

01.06.2014 | 18:55

Si algo han dejado claro los resultados de las elecciones del pasado domingo es el deseo de los gallegos y los españoles, en general, de que haya una regeneración de la vida pública. Un anhelo que, preferencias ideológicas aparte, responde a dos realidades fundamentales: las enormes carencias y desigualdades que la recesión económica ha dejado al descubierto, no solo en España, sino incluso en países más desarrollados, y el irrespirable clima de corrupción generalizada que se ha instaurado en todo el país. Los resultados arrojan mensajes para todos los partidos, y todos susceptibles de interpretación. Pero el dirigido al PSOE y el PP, en tanto en cuanto que fuerzas moderadas y mayoritarias con responsabilidades de gobierno, resulta diáfano: o toman nota del mensaje del electorado y cambian, o los ciudadanos acabarán por darles definitivamente la espalda.

Una de las características del electorado español era su fidelidad, según coincidían en resaltar todos los analistas políticos. Los votantes estaban divididos en dos conjuntos casi simétricos de simpatizantes de derechas y de izquierdas, articulados en torno al PP y al PSOE, básicamente. La capacidad de cada facción de movilizar a los propios determinaba las victorias. Los descontentos ejecutaban su castigo quedándose en casa, sin optar por alternativas diferentes a sus colores de toda la vida. Esa ha sido la práctica habitual votación tras votación desde la consolidación de la Transición. En las comunidades históricas el modelo incorpora la variable de formaciones específicas articuladas a partir de corrientes nacionalistas, como ha ocurrido en Galicia en torno al Bloque, fundamentalmente.

En los últimos comicios empieza a advertirse un comportamiento distinto. Los ciudadanos rompen sin complejos sus ataduras con los partidos mayoritarios y optan por otras formaciones. Al tiempo, los votantes más jóvenes reniegan del pasotismo inerte y acuden a las urnas. Y así, siglas no ya minoritarias, sino incluso prácticamente desconocidas consiguen votos suficientes para obtener representación, sea cual sea el ámbito de la consulta. En las del pasado domingo el aldabonazo vino de la mano de Podemos, una formación que sin apenas presupuesto ni estructura ha conseguido un millón doscientas mil papeletas, respaldo que en algunos territorios la ha encaramado como la segunda fuerza más votada. Pero también han conseguido representación otras formaciones que no existían hace apenas un quinquenio.

Esa disgregación expresa, sobre todo, hastío con los políticos establecidos, que no ofrecen respuestas satisfactorias a los problemas, han descuidado los usos democráticos, no enmiendan sus hábitos insanos y desprecian las constantes advertencias de peligro. Tal parece que navegan en un trasatlántico al que toman por indestructible. Y así se hundió el "Titanic", con la orquesta tocando como si nada ocurriera.

Y lo peor es que todo indica que ni quieren entender el mensaje de las urnas ni tienen propósito de la enmienda. Así, en vez de entonar el mea culpa y corregir la deriva han optado por arremeter y descalificar a las nuevas formaciones y a los votantes tránsfugas. Eso unos, porque otros parecen decididos a perderse por el camino de los antisistema. Incapaces de entender y asumir cuanto tienen de razón los indignados, que no es poco, optan por sucumbir ante el encanto de la emulación fácil y la demagogia, O sea, emprender rumbo hacia ninguna parte.

Más que extrapolar éste o aquél resultado o analizar la evolución del voto en ésta o aquélla formación, que también, lo verdaderamente relevante de los resultados del 25-M es la tendencia que muestran, el retrato político que hacen de Galicia, de España y de Europa, que para todos hay.

Porque los gallegos arrastramos culpas, problemas y disfunciones específicas, propias, en esta convulsión política. Pero lo que está ocurriendo no es una enfermedad a curar sólo en Galicia. Ni siquiera solo en España. El demoledor impacto de la crisis ha radicalizado a los votantes hasta en naciones de larga cultura democrática y controles férreos de los servidores públicos. El aldabonazo en el Norte llega del éxito de congregaciones xenófobas y ultras. Los radicales de izquierdas canalizan en cambio el descontento en el Sur. En una palabra, las raíces de la indignación son profundas, generales.

La izquierda tradicional, aquella que lleva décadas situada en los postulados clásicos de la socialdemocracia, más o menos estridente, deambula huérfana de criterios rectores claros desde el ya lejano 1989, en el que tantas cosas se derrumbaron. La derecha, más o menos liberal, que tanto da, es incapaz de encontrar respuestas solventes para un sinfín de contradicciones inherentes al sistema en que cree y le da consistencia.

Y pese a todo, el debate sobre el bipartidismo o la pluralidad es una falacia. Tanta legitimidad cabe adjudicar a una situación como a la otra porque ambas reflejan la voluntad popular y en sí mismas no son ni buenas ni malas. En Galicia ha habido gobiernos monocolores, bipartitos y tripartitos. Y no digamos nada de la disparidad de alternativas experimentadas ya en los concellos. ¿Una mayor fragmentación del mapa político garantiza justicia y estabilidad o guirigay? No importa quiénes o cuántos manden sino cómo gobiernan.

La gente busca algo diferente. Dirigentes preocupados del bienestar, de crear empleo y no de sus cuitas internas. De enarbolar la transparencia máxima y la honradez absoluta, con vocación de servir, no de servirse, y de cuidar a los débiles. El pueblo entiende que le reclamen sangre, sudor y lágrimas si quien lo pide comienza por aplicarse la receta y explica las razones que convierten ese esfuerzo en necesario. Para recuperar la confianza y restañar heridas, la ciudadanía precisa ejemplaridad. Los partidos tradicionales tienen que cambiar. Ciegos a lo evidente cavan su tumba.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook

Suscriptor | Opinión

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

PEDRO DE SILVA

El dolor no nos debe hacer ingenuos

Quien suponga que las respuestas y reacciones ante los criminales...

 
 

JOAQUÍN RÁBAGO

Barcelona, ciudad abierta

Todo lo que la capital catalana tiene y debe conservar

 
 

EDUARDO JORDÁ

Lo que haremos las buenas personas

Comportamientos previsibles que siguen a todo golpe del terrorismo

 
 

CAMILO JOSÉ CELA CONDE

Libros sobrevalorados

Un escritor joven, muy prolífico en las redes sociales, ha sacado la lista de diez obras...

 
 
Enlaces recomendados: Premios Cine