De vuelta y media

El día que murió Montero Ríos

11.05.2014 | 04:11

Cuando la Universidad Internacional Menéndez Pelayo brilló con luz propia en esta ciudad, Ramón Villares me hizo un día la confidencia de que estaba trabajando en la biografía definitiva de Eugenio Montero Ríos. Luego pasó el tiempo y no supe más.

Mañana se cumple el centenario del fallecimiento del "cuco de Lourizán", un hombre de Estado que lo fue todo en la política española

Sin duda mañana habría sido un día ideal para su presentación a bombo y platillo, coincidiendo con la efeméride del centenario del fallecimiento del "cuco de Lourizán", sobrenombre popular que hizo honor a su proverbial habilidad política.

Eugenio Montero Ríos murió el día 12 de mayo de 1914, a las siete y media de la mañana, en su otra casa de la calle Velázquez de Madrid. Como resulta bien sabido, su hogar más querido desde 1879 en que rubricó su compra, no fue otro que el pazo de Lourizán. Allí pasó su postrera temporada para tratar de aliviar su maltrecha salud hasta un mes antes de su fallecimiento.

Nada extraño resulta que aquellos cristalinos aires de "La Sierra", nombre original de la espléndida finca, insuflaran ánimos curativos en don Eugenio. La descripción in situ que el reputado periodista José López Otero hizo de una visita a "la quinta de Montero" aún resulta deslumbrante hoy igual que ayer: escaleras de mármol, pasamanos de bronce, lienzos y tapices en las paredes, medallones, ánforas y lanzas en decorados, y aquellos dos galerines "preciosos miradores que dominan gran parte de la quinta y alcanzan el mar sobre las doradas puntas de la gran verja que separa la carretera".

Pese a contar 82 años y no encontrarse bien recuperado, Montero Ríos se fue a Madrid el 14 de abril de aquel año en el tren correo con su amigo el marqués de Riestra, a fin de atender algunos compromisos. Un amigo cercano que acudió a la estación para despedirlo contó después que "no iba alegre", porque prefería quedarse en su plácido retiro frente a la Ría de Pontevedra. "Sus manos al alzarse --rememoró-- parecían lanzar bendiciones del Apóstol".

El regreso de don Eugenio a Lourizán ya tuvo carácter definitivo, puesto que dejó escrito su deseo de descansar en paz en la cripta allí construida a tal fin. La noticia de su óbito no sorprendió a nadie en Pontevedra. Su estado de salud tan delicado no constituía ningún secreto, aunque tampoco se esperaba un deceso inmediato.

De hecho pasó tranquilo la última noche y solo se precipitaron los acontecimientos a partir de las seis de la mañana. Un súbito empeoramiento aconsejó la administración de los santos óleos por el padre Vales, provisor de la diócesis de Madrid, en presencia de sus familiares más allegados.

Conocido el óbito, Pontevedra se dispuso a dar su último adiós como realmente merecía su figura señera, sin saber que el muerto requería otros planes más humildes y menos solemnes. Ese deseo finalmente respetado por mandato real impidió que Montero Ríos recibiera una despedida fúnebre memorable.

Marea humana

No hubo pues honores, ni tan siquiera invitaciones para acudir al entierro, que era costumbre en aquel tiempo. Otra prohibición más del finado. Sin embargo no pudo evitarse que una muchedumbre abarrotara la estación del tren y sus calles adyacentes, González Besada, San José y Oliva. Aquella marea humana, que algún periódico cifró en 5.000 personas, recibió el cadáver a las cinco y media de la tarde del día 14 y acompañó después el féretro, unos hasta Mollabao y otros hasta Lourizán, pese a la persistente lluvia. Entre automóviles y carruajes, su número no bajó del centenar, una concentración impresionante en aquellos días.

Como en las grandes ocasiones, la iglesia de Santa María severamente enlutada con grandes crespones negros acogió a la mañana siguiente unos funerales costeados por la Diputación Provincial. La presidencia del duelo correspondió a su hijo, Eugenio Montero Villegas, y a su yerno Eduardo Vincenti,. Y ofició la ceremonia el cura de Ardán, Ramón Ces Freira, amigo del finado, ayudado por todo el clero de Pontevedra y sus alrededores; en total unos sesenta sacerdotes.

La parte musical impresionó a todos los presentes, tanto por la perfecta sonoridad de una orquesta de veinte profesores dirigidos por el maestro Taboada al órgano, como también por el emotivo cántico del barítono Mercadillo (Pontevedra), los tenores Uriona (Tui) y Gurruchaga (Santiago), el bajo Echevarrieta (Santiago) y los pontevedreses Arines, Boullosa y Gay.

"El desfile de concurrentes ante la familia de Montero en la puerta de la iglesia resultó muy brillante". Así concluyó un periódico local su reseña del imponente funeral.

Al mentar el proyecto biográfico de Ramón Villares trataba de traslucir con toda intención mi enorme interés por saber cómo retratará el avezado historiador a Montero Ríos: si como el opulento cacique que pintaron algunos autores, o si mostrará por el contrario a un hombre de Estado que lo fue todo en la política española, despojado de clichés y perjuicios.

A tan singular personaje tiene dedicada Pontevedra desde 1996 la única gran avenida que figura en su callejero: la Gran Avenida de Montero Ríos, nombre oficial derivado de anteponer al propio homenajeado la denominación popular de Gran Vía que los pontevedreses utilizaron durante mucho tiempo.

Don Eugenio no dejó ni un solo cabo suelto en su postrera despedida. Todo quedó dispuesto, escrito y firmado de su puño y letra. Pero su última voluntad estuvo a punto de ocasionar un problema de estado.

En cuanto se produjo su fallecimiento, la familia envió de inmediato al presidente del consejo de ministros, Eduardo Dato, una carta que Montero Ríos había dejado para entregar al rey Alfonso XIII. Tal encargo se cumplió enseguida y el monarca leyó la misiva personal "con honda emoción" en presencia de Dato a las pocas horas de su muerte.

Inmediatamente trascendió que don Eugenio expresaba su gratitud a la Reina Madre por haberle concedido en vida las más altas distinciones: el collar de Carlos III y el Toisón de Oro. También mostraba al rey en aquella carta su deseo de tener un entierro humilde, renunciando a todos esos títulos y condecoraciones, así como a cuantos honores pudieran corresponderle.

"Su última disposición --escribió un cronista de la época al día siguiente- demuestra bien claramente que tanto sus altos puestos como las condecoraciones más preciadas no fueron ambicionados; solo fueron admitidos por deber y por respeto. Por eso al llegar la hora de la muerte, cuando el deber ya se ha cumplido y cuando ningún acto puede estimarse como irrespetuoso, el ilustre hombre público renuncia a ellos y ruega a aquél de quien los recibió que respete su voluntad de que no le sean tributados honores".

De entrada Alfonso XIII rechazó la petición y trasmitió al presidente del Consejo de Ministros su deseo de que don Eugenio recibiera "los honores mayores", según contó el propio Dato. Luego le pidió su parecer y como el primer ministro aconsejó la aceptación de tal ruego en señal de respeto, el rey terminó por acatar la voluntad del finado "tan sincera y vehementemente expresada".

La puesta en marcha del nuevo sistema de control horario de los funcionarios municipales va con algún retraso. Abril era el plazo inicial y ya quedó atrás. No obstante, la implantación de lectores de huellas en el Ayuntamiento está a la vuelta de la esquina, con una finalidad más disuasoria que sancionadora. Eso sería lo último qué pensaría el equipo de gobierno y el concejal de la cosa, García Legísima. El nuevo sistema apuesta por la autorregulación; es decir, la recuperación del tiempo no cumplido en horario oficial. Pero lo cierto es que las dos experiencias anteriores se saldaron en fracasos sonoros. El meollo de la cuestión está en adivinar si a la tercera irá la vencida y el Ayuntamiento dispondrá al fin de un sistema anti picaresca que verifique un control horario satisfactorio del medio millar de empleados municipales.

De la primera Celulosas ya no queda ni el nombre. Tampoco queda nada de aquella fábrica confesional, paternalista y encerrada en sí misma. Todo eso es historia pasada. Ence es ahora una empresa del Ibex que se comporta como tal. Eso precisamente es lo que acaba de hacer al anunciar un frenazo a sus inversiones en Lourizán a cuenta de Navia, que se ha convertido en la joya de la corona del grupo. Allí la quieren, la valoran y la miman. Pero Ence no lo está pasando bien actualmente por la reforma eléctrica gubernamental, que es la verdadera causa de sus actuales pérdidas. El meollo de la cuestión está en vislumbrar si cuando llegue la concesión de la prórroga, que llegará aunque nadie sabe cuándo, la fábrica de Lourizán aún estará o no a tiempo de recuperar ese liderazgo que tuvo dentro del grupo Ence.

Agustín Fernández hizo bueno el pronóstico aquí comentado sobre el "caso Pasarón" en torno al sobrecoste de las obras que ejecutó la constructora Oreco a cuenta de un convenio entre la Diputación y el Ayuntamiento. No le quedaba otra. El concejal socialista se decantó por aquello que estaba previsto desde el principio y que no tenía más remedio que hacer: poner el asunto en conocimiento de la Fiscalía, después de llegar tan lejos con sus duras acusaciones. En cierto modo, esto supone un alivio temporal para Louzán, Lores y Mosquera, hartos de negar la mayor un día tras otro. El meollo de la cuestión está en cifrar el tiempo que van a necesitar los fiscales Aladro o Santaló para desenhebrar el ovillo tan grueso que conforma este controvertido asunto, siquiera para hacerse una idea de si hay o no hay "caso Pasarón".

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine