Problemas respiratorios

29.04.2014 | 01:35

Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que las compañías eléctricas deberían estar nacionalizadas. O tan reguladas que no mereciera la pena explotarlas con los fines de lucro actuales. Resulta un disparate que en los meses de frío (aunque también en los de calor) el vatio salga a subasta como una obra de arte de Christie's, para que pujen por él especuladores sin alma. Les falta enmarcarlo y ponerlo sobre un paño de terciopelo. Pero bueno, la historia es ésta: que el vatio se pone en manos de los subasteros, algunos de los cuales forman parte de las compañías que los han sacado a la venta. De ese modo, el precio sube o baja en función de sus intereses o del cabreo general.

Mientras se produce la subasta, hay miles de familias muertas de frío, apiñadas en los sofás de sus respectivos salones, bajo una manta vieja. Están mirando la tele, que consume poco, a ver si de la pantalla encendida surge un poquillo de calor. Pero lo que surge son los sistemas enloquecedores, cada día más, de calcular el precio de la electricidad. Es como si la mitad de los telediarios se dedicaran a hablar del precio del caviar, del que no sabemos si se subasta o va directamente de las manos del productor a las del consumidor. Una cosa está clara: que el caviar pasa por menos manos que el vatio, lo que significa que cuando llega al consumidor último es más barato, en términos relativos, que la luz.

La nacionalización de la electricidad debería ir en cualquier programa electoral decente. Permanezcamos, pues, atentos a la pantalla para ver qué partido político se atreve a sugerirlo. Una vez nacionalizada y convertida en un servicio público, desaparecerían los subasteros, los intermediarios, los vendedores de armas, los especuladores, y pagaríamos por ella lo que cuesta, no lo que vale, o al revés, ahora no caigo. Hay un problema, y es que las eléctricas recogen con frecuencia a los expolíticos y los introducen en sus estructuras extorsionadoras a fin de que hagan lobby frente a sus excompañeros. Y lo hacen. De ahí la familia muerta de frío frente a un brasero que quizá ha empezado a desprender ya CO2. El país, en general, empieza a oler a anhídrido carbónico. ¿No nota usted problemas de respiración?

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