Lo que enseña la pintura

27.04.2014 | 03:29

Soy miembro de un grupo de amateurs que regularmente, desde hace un par de décadas, viaja intentando profundizar en el conocimiento de la pintura europea. Tutelados por expertos, nos desplazamos a museos o lugares emblemáticos que atesoran la tradición pictórica occidental.

Cuando el espectador está bien tutorado y es algo voyeur, mi caso, lo que aprende transciende el simple placer visual cual deflagración mágica en el alma. Magia más intensa que las sacudidas estéticas que pueda provocarnos la ciencia, la literatura, el arte en general y la mismísima música sinfónica.

Rubens, inmensamente rico, residió veinticinco años en su maravillosa propiedad de Amberes. Nunca conocí casa que arquitectónicamente me haya impresionado tanto. Solidez, elegancia, libertad, distribución, todo en la mansión lleva la impronta de las hechuras irrepetibles de quien la habitó. Además de servirle de sala de exposición y taller, en el que pintó buena parte de su obra, la otrora residencia albergaba también la magnífica colección particular. El conjunto -actualmente museo, Rubenshuis- justifica en cualquier amateur un viaje a Amberes. Pero la revelación que experimenté entre aquellos muros me ató de por vida a Rubens con fiel violencia. Desde aquel mágico día fue el maestro moral que siempre busqué y el único que tuve.

En Rubenshuis, en transición entre dos salas, atravesé una reducida estancia sin cuadros ni muebles. Nadie se detenía allí mas volví sobre mis pasos alertado por una intuición que hoy no sabría describir. El fondo semicircular, constituido por una grada de madera con tres niveles, componía un pequeño anfiteatro en el que se distribuía media docena de añosos bustos esculpidos en noble piedra. Como tardaba en reintegrarme al grupo vino a buscarme la experta que nos guiaba, iraní de origen e inglesa de nación. Extrañada por mi interés explicó que los bustos representaban sabios de la Antigüedad que el pintor y diplomático había traído de Italia. Ante los cuales, prosiguió sin darle mayor importancia, Rubens se recogía todos los días. Me conmoví hasta la médula al comprender en un relámpago, horrorizado, la grandeza de Rubens y mi propia mezquindad medida por la inmensa distancia espiritual que nos separaba. Allí mismo, todos los días del año, el gran hombre lanzaba humildemente plegarias de partículas filosóficas -a Platón, Pitágoras, Sófocles, Euclides, Séneca, Aristóteles- como lanzan las redes los elegidos de los dioses al insondable mar de la imaginación a fin de retirar, un buen día, el copo repleto de estrellas iridiscentes ardiendo de inteligencia y belleza.

Yo estaba acostumbrado a estudiar el arte pictórico y, por supuesto, admirarlo. Sin embargo, hasta ese instante jamás había entendido qué era verdaderamente un genio más allá del dominio técnico de su disciplina. Jamás me había pasado por las mientes que solo los genios del calibre de Rubens son lo que son por el don de la espiritualidad. En realidad, lo sospechaba sin saber en qué consistía. Sentí vergüenza de mí, de mi falta de aplomo, de mi poca serenidad ante la vida, de mi superficialidad de listillo, de mi soberbia de triunfito y seguí como un simio amaestrado a la docente -no se había percatado de la conmoción en mi fuero interno- cabizbajo, atontado y perplejo en plena desorientación espacial. Pero yo ya era otro. En aquel momento dejé de ser un optimista adolescente retardado convirtiéndome en pesimista gruñón: porque solo los seres singularmente superiores no merecen nuestros gruñidos. Para bien o para mal Rubens hizo de mí un hombre.

Sería el colmo de la exageración pretender que todas las enseñanzas que podemos entresacar de la frecuentación de los genios que velan sobre nosotros, peatones intrascendentes, son íntima y personalmente tan decisivas como la que acabo de confesar. No obstante, aunque las más de las veces las lecciones que prodiga la pintura no conmuevan nos resultan muy prácticas, en ocasiones, para transitar por este bajo mundo.

Paolo Cagliari -en España, Veronés- fue la figura central del manierismo veneciano. De su autoría señorea en la Galería de la Academia de Venecia "Cena en casa de Leví" rebautizado "Convite en casa Leví", obra apabullante, grandiosa en todos los sentidos. El cuadro le valió a Veronés una convocación ante el Tribunal de la Inquisición veneciana por representar la Última Cena con excesiva desenvoltura religiosa dados los cánones de la época. Veronés salió del trance cambiando el título original (Cena a casa di Levi) por el actual (Convito in casa Levi). En el cuadro aparecen, además de Jesucristo y los apóstoles, varios personajes y animales juzgados inconvenientes por los inquisidores.

Una teoría, que estimo altamente instructiva por el mensaje que propone, afirma que el cuadro no representaría la Última Cena sino un convite en casa de Simón Fariseo. Los monjes del convento para el que pintaba Veronés le habrían encargado la obra sugiriéndole que criticara el poder de Roma que había colocado al frente de la institución religiosa a un vil sujeto destituyendo a quien los monjes habían elegido. Buen hombre y mejor prelado, este, representado en primer plano por el mayordomo, vestido con ropajes verdes, con tal nobleza y dignidad que vale por dos personajes, Jesucristo exceptuado. Y el mal prelado nombrado por Roma sería, según la teoría, un personaje torvo, en segundo plano pero bien visible, arropado con exceso de rojo y armiño. Lo deliciosamente sutil de esta teoría es que Veronés lo representó tres veces más de manera infamante y en primer plano. Un bufón enano gesticulante, un perro y un hombre huidizo que se retira del convite cual apestado con un pañuelo en la mano, ligeramente ensangrentado, y la nariz supurante como afectado de una enfermedad socialmente humillante.

Aunque no sea muy cristiana, los tres simbólicos castigos al usurpador resumen una lección magistral que las personas de honor aplican en la vida: devolver el doble del bien que reciben y el triple del mal que les infligen. Como los Soprano.

*Economista y matemático

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