Entre perder el norte y perder el rumbo

22.04.2014 | 02:35

No sé qué me sorprende más, si la capacidad de algunos políticos de vender humo o la facilidad con la que muchos votantes lo compran. Las campañas electorales se están convirtiendo en una gran "nada". Después de asistir a la ruptura definitiva del espejismo existente entre representante (candidato elegido) y representado (ciudadano), y que supone que lo prometido en los mítines y en los programas electorales es un mero reclamo publicitario, carente por completo de virtualidad para vincular al aspirante al cargo público con su votante, se ha abierto la veda de las grandes proclamas, de las palabras rimbombantes, de los eslóganes ingeniosos y de los discursos emocionales. Un cúmulo de términos vacíos que cumplen su función porque son lo que el pueblo quiere oír, no porque impliquen compromiso alguno ni conlleven un pacto exigible. Es sólo publicidad, como el detergente que lava sin frotar o la crema que te rejuvenece diez años en una semana. Sin embargo, aquí no se aplica la famosa máxima de "si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero". Una vez depositado el voto, es decir, una vez mordido el anzuelo, están legitimados para ejercer el poder durante un período determinado (en el caso de las próximas elecciones europeas, cinco años), sin posibilidad de queja ni de revocación por parte del elector frente al elegido. Sin hoja de reclamaciones.

Por eso, hemos asistido a un mitin de Elena Valenciano en Francia en el que, arropada, aplaudida y abrazada por los socialistas galos, criticaba con dureza las políticas europeas de austeridad y recortes sociales. Curiosamente, eran los mismos socialistas que veinticuatro horas antes anunciaban una congelación de pensiones y salarios públicos por obra y gracia del Ejecutivo del país vecino. Pero da igual. Está claro que la coherencia no es una virtud que los ciudadanos exijan a día de hoy. Así, los votantes del PSOE no se preguntarán por la enorme contradicción que existe entre el discurso de su candidata al Parlamento Europeo y las medidas adoptadas por ese gobierno progresista que la vitorea. Como tampoco se cuestionarán la sustancial desproporción entre las críticas vertidas a las medidas migratorias de España y las expulsiones masivas de gitanos que las mismas formaciones "de izquierda" han llevado a cabo al otro lado de los Pirineos. Ellos lanzan el discurso y sus receptores --ya sean obedientes militantes o simpatizantes-- lo compran sin ejercitar el más mínimo análisis, sin interponer la más mínima crítica.

De la misma manera, el Gobierno español vende con autocomplacencia lo que denomina "inicio de la recuperación", se jacta de las bondades de sus tijeretazos y proclama que, gracias a su gestión, recuperaremos el rumbo, obtendremos de nuevo la confianza internacional y comenzaremos a salir del pozo. Es irrelevante el hecho de que la Comisión Europea, el Consejo de Europa y varias ONGs independientes emitan informes sobre el sangrante crecimiento de las desigualdades en España, sobre el aumento del paro, la precariedad laboral y la pobreza infantil, sobre la reducción de la clase media o sobre el endeudamiento sin precedentes de nuestra economía. Tales realidades se tornan insignificantes frente a la disminución de la prima de riesgo, o al saneamiento de la Banca, o al rescate de las autopistas de peaje, o a la privatización de buena parte de los servicios públicos. Las denuncias de los organismos internacionales sobre la politización de nuestra justicia o sobre el desmantelamiento del Estado del Bienestar que tanto nos costó alcanzar resultan irrisorias en comparación con la mejora en décimas de los datos macroeconómicos. Y aquí, como una copia exacta de sus antagonistas de la oposición, los militantes y simpatizantes del Partido Popular compran el producto sin pasarlo por el filtro de la razón. Lo que importa es que ganen "los míos" y pierdan "los otros", como si de una rivalidad deportiva se tratase.

Quizá, y sólo quizá, sean los propios ciudadanos los que estén perdiendo el norte o, peor aún, perdiendo cualquier rumbo, sea norte, sur, este u oeste. Porque se comportan como autómatas que votan por inercia o por tradición. Porque razonan con el carnet del partido en lugar de con el cerebro. Porque deciden animados por el rencor de quien aspira únicamente a que no gane el contrincante. Esos ciudadanos que echan a los políticos la culpa de todos los males no se dan cuenta de que, en el fondo, los responsables son ellos mismos. Porque esos cargos públicos que suspenden mes tras mes en las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas están ahí porque les han elegido otros que se han acostumbrado a la mediocridad. Que se contentan con las caras de siempre y con las políticas de siempre. Que se han acomodado a las promesas incumplidas y a las incoherencias manifiestas. Quizá, y sólo quizá, los mediocres sean ellos y tengamos lo que nos merecemos.

*Doctor en Derecho. Profesor de Derecho Constitucional de la ULL.

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