La larga vida de los paraísos fiscales

16.04.2014 | 00:56

Sin la tolerancia o complicidad de políticos de muchos países y colores no habría sido posible la pervivencia tan largo tiempo de los paraísos fiscales, un escándalo mayúsculo.

Resulta imposible calcular el dinero que allí ha encontrado refugio aunque algún economista lo ha intentado: en "La richesse cachée des nations" (Ed. La République des Idées"), el francés Gabriel Zucman, profesor de la London School of Ecnomics, la estima, aunque por lo bajo, en un 8 por ciento del patrimonio de los particulares y hasta un 12 por ciento en el caso de los europeos.

El propio Zucman explica que es muy difícil acertar con las cifras que representan las fortunas depositadas en los llamados centros "offshore" aunque aventura la de 5.800 millardos (5,8 billones) de euros, de los que 1.800 millardos estarían en Suiza y el 70 por ciento restante en otros lugares: desde Luxemburgo hasta los diversos territorios británicos.

Los paraísos fiscales, a los que ahora se habla de poner coto, se remontan a los años posteriores a la Primera Guerra Mundial cuando algunos países comenzaron a gravar fuertemente las inmensas fortunas que habían acumulado muchos durante el siglo anterior.

Pero fue sobre todo a raíz de la Segunda Guerra Mundial cuando un país como Suiza cobró enorme importancia en ese terreno, una importancia falsamente justificada por la necesidad de proteger muchas fortunas del expolio nazi.

A partir de los años ochenta del pasado siglo y como consecuencia de la liberalización de los mercados financieros británicos surgieron nuevos centros de gestión de fortunas, entre ellos Hong Kong, Singapur, Jersey, las Bahamas y, por supuesto, Luxemburgo.

El año pasado y a pesar de esa fuerte competencia, las fortunas refugiadas en Suiza se elevaban, según estadísticas oficiales, a 1,8 billones de euros, de los que 1 billón correspondía a fortunas de ciudadanos europeos.

Sin embargo, ya no se trataba en muchos casos de clientes particulares sino de grandes fondos de inversión establecidos en Luxemburgo, Irlanda, las islas Caimán y otros territorios británicos, o de las llamadas Sicav (Sociedades de inversión de capital variable).

Como denuncia Zucman, numerosas Sicavs y los llamados "OICVM" (Organismos de Inversión Colectiva en Valores Mobiliarios), se han implantado en Luxemburgo en los veinte últimos años de forma que ese pequeño país europeo, con solo medio millón de habitantes, es después de los propios EEUU, con el paraíso fiscal de Delaware, el país que más fondos de ese tipo tiene registrados.

Y es que con el tiempo surgió una especialización de los centros offshore: muchos fondos suizos emigraron al Gran Ducado de Luxemburgo para no pagar impuestos, los trusts son mientras tanto especialidad de los territorios británicos y hay muchas fundaciones registradas también en el pequeño principado de Liechtenstein.

Desde 2009, cuando el G-20 decide que hay que acabar con el secreto bancario y se obliga a identificar las pequeñas cuentas, curiosamente, nos dice el economista francés, se produce un fuerte aumento en Suiza de las cuentas de los nuevos cresos porque desde allí continúan gestionándose fondos de inversión domiciliados en otros lugares como Panamá, las islas Vírgenes británicas o sobre todo Luxemburgo.

Y contrariamente a la leyenda, explica Zucman, la mayoría de esas fortunas -casi un 60 por ciento- son de europeos -alemanes, franceses, italianos, británicos o españoles, entre otros- es decir, más que de oligarcas rusos o dictadores africanos.

Zucman no se limita, sin embargo, a denunciar sino que aboga por una serie de medidas para acabar con el fraude fiscal facilitado por esos paraísos fiscales y que pasan por crear urgentemente un registro mundial de títulos financieros que deje claro quién es el titular real en cada caso. Un registro como el que ya existe en Suecia y el que tienen algunas sociedades como el banco luxemburgués Clearstream.

Para que funcionase, ese catastro global debería ir acompañado de un intercambio automático de informaciones entre los países, algo que solo se logrará, como se ha visto con Estados Unidos en relación con los bancos suizos, con fuertes presiones por parte de los países más poderosos.

En el caso de los micro-Estados que viven de la opacidad financiera, Zucman propone desde un cuasi embargo financiero hasta la imposición de aranceles a sus exportaciones equivalentes a lo que el secreto bancario cuesta a los países que sufren la evasión fiscal, cuya cifra total estima en unos 130.000 millones de euros, sin incluir por supuesto la economía clandestina o el narcotráfico.

Otras propuestas son crear un impuesto global progresivo sobre las fortunas, que se verá facilitado por la existencia del catastro, e intensificar la lucha contra las manipulaciones contables a las que se dedican las multinacionales, gravando sus beneficios mundiales para proceder a su posterior reparto entre los países donde operan. Todo dependerá en cualquier caso de la voluntad real de los gobiernos para acabar con tantos abusos.

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