Chanchullos teatrales

12.04.2014 | 01:26

Es toda una institución en el mundo de lengua alemana. Montar allí una obra y - todavía más- dirigirlo es un sueño de cualquier hombre de teatro.

Me refiero al Burgtheater, situado en pleno Ring vienés a pocos metros del palacio imperial y de la Plaza de los Héroes, donde el 15 de marzo de 1938 Hitler se dirigió a las masas enfervorizadas para proclamar solemnemente la anexión de Austria.

He tenido la suerte de ver en ese teatro excelentes producciones de obras clásicas y contemporáneas cuando lo dirigía el alemán Claus Peymann, el hombre a quien el dramaturgo Thomas Bernhard dedicó tres obritas que llevaban en el título su nombre: entre ellas " Claus Peymann se compra unos pantalones y luego nos vamos a comer".

Ese mismo Bernhard que escribió relatos y obras de teatro en las que vertió su crítica más virulenta contra la estrechez de miras y el embrutecimiento que atribuía en su inimitable tono hiperbólico a sus compatriotas y que le llevó a prohibir en su testamento que en Austria volvieran a editarse o montarse sus obras incluso después de su muerte.

Algunas -entre ellas la titulada justamente Heldenplatz (Plaza de los Héroes)- las llevaría, sin embargo, luego a escena ya en los años noventa en ese mismo teatro y con gran éxito quien había sido su amigo, el propio Peymann.

Pero si me refiero ahora a ese teatro es por el último escándalo, un escándalo financiero, que dice mucho de ciertos modos y hábitos de la capital austriaca, a la que muchos alemanes protestantes del Norte asocian un tanto despectivamente a una mentalidad "balcánica", es decir proclive a los trapicheos y componendas.

Para no aburrir al lector, resumiré el caso diciendo que el último director del teatro, el alemán Matthias Hartmann, ha sido despedido después de que se descubriera un pasivo de 8,3 millones de euros correspondiente sólo a la temporada 2012/2013, más 5 millones de euros de posibles deudas al fisco y obligaciones superiores a los 16 millones. Todo ello pese a subvenciones anuales de 47 millones: todo un récord.

Además de su sueldo de 220.000 euros al año por estar al frente del teatro, Hartmann se embolsaba otros 50.000 euros cada vez que él mismo ponía en escena una obra, con lo que sus ingresos anuales podían llegar a 400.000 euros, más de lo que cobra el jefe de Gobierno austriaco.

Y para rematar la tarea -esas cosas no ocurren sólo entre nosotros- Hartmann ha tenido que reconocer que cobraba en negro buena parte del dinero, algo que según él es normal en el mundo del teatro.

Ocurría además que ese dinero no declarado a Hacienda lo guardaba en Viena la gerente del teatro, que inflaba supuestamente las facturas de los actores principales y que ha sido igualmente despedida.

Hay que decir que, sin restar gravedad a su comportamiento, que Hartmann se benefició de un tinglado montado por otros que supieron aprovecharse hábilmente de la falta de control del dinero público.

¡Qué sátira habría podido escribir Bernhard, si aún viviera, con todos estos chanchullos en el mundo de su amado/odiado Burgtheater!

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