Estamos enganchados

11.04.2014 | 01:08

¿Qué le pasa a los telediarios? ¿Por qué todo lo que emiten parece pregrabado, enlatado, muerto, aunque lo emitan en directo? Observas el último debate del Congreso, y parece que estás viendo imágenes antiguas, en blanco y negro, aunque malamente coloreadas antes de emitirse. Todo lo que escuchas es previsible, todo te lo sabes, parece que has leído el guion que ahora recitan al pie de la letra catalanes y españoles. El telediario político comienza a provocar un cansancio infinito incluso cuando te cuentan una de aventuras, como la de Esperanza Aguirre. Te lo sabías también, ¿no? Conocías de antemano sus manifestaciones, las de estos, y las de los otros.

Tienen mérito estos políticos. Se esfuerzan en que parezca real el mundo en el que viven. En que parezca real esa tontería de si Rajoy nombra o no nombra candidato para las elecciones europeas, que están ya grabadas en algún sitio para cuando llegue el momento. Ya hemos hecho cola frente a las urnas, ya hemos averiguado el porcentaje de abstención, ya nos han dicho que han ganado todos, también los que han perdido. En realidad, ya hemos votado. Sin darnos cuenta, hemos acudido al colegio electoral, hemos tomado el aperitivo y hemos regresado a casa. Todo como en un sueño, como en una esquela. Ahora solo falta que llegue el día de autos para que los telediarios emitan esas imágenes rancias como si estuvieran recién sacadas de la realidad palpitante.

Hay una realidad que ha muerto, o que solo tiene vida en los telediarios, en las tertulias políticas, en los editoriales de la prensa. En eso, en parte, consistía el futuro, ¿no? En poder conversar con tu difunto padre gracias a unas grabaciones en 3D efectuadas en vida. A Rajoy y a Rubalcaba y a Rosa Diez, y a todo el espectro en general los han grabado en un tiempo remoto hablando de la independencia de Cataluña, de las gracietas de Montoro, de las meteduras de pata de Báñez, etc., y ahora las emiten para que nosotros interactuemos con esas imágenes apolilladas. Vivimos en una especie de delirio retrospectivo que beneficia a unos pocos y que hace daño a la mayoría. Nos venden como frescas unas noticias políticas caducadas, con olor a sudario. Pero nosotros seguimos enganchados a ellas.

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