El espíritu de las leyes

Dignidad e indignidad

06.04.2014 | 01:56

Un viejo amigo, que, como yo mismo, rinde culto al valor de la autenticidad, en el cual fue socialmente educada nuestra generación, me dijo una vez, iracundo y pesimista, lo siguiente: "No hay día en que no cometamos alguna vileza". Esto lo afirmaba con fatalismo romántico, pues romántico es, como escribe Peter Brown a propósito de San Agustín, quien percibe amargamente que la vida cotidiana, y la existencia entera, le niega la plenitud que anhela. La posesión de un estricto código del honor -suma de elegancia moral y alto sentido de la dignidad personal- obliga a mucho y conlleva renuncias e incomodidades en las relaciones con los otros. Pero, ¿salimos siempre perdedores en esa batalla de cada día, según piensa mi amigo? Si la guerra que libramos de continuo tiene por objetivo alcanzar, aquí y ahora, la más absoluta perfección, seremos siempre individuos vencidos. No ocurrirá así, en cambio, si la meta se deja para el final de un largo camino en que cada jornada exige el denodado esfuerzo de progresar en nuestra calidad humana (que supone, al propio tiempo, acrecentar la suprema dignidad de nuestra semejanza divina). Este argumento no convence al amigo romántico, puesto que, al creer únicamente en la inmanencia, desecha cualquier horizonte de plenitud y, por lo tanto, rechaza la imperiosa necesidad de aproximarse gradualmente a ella en un devenir existencial deliberadamente conquistado por obra de la voluntad. El amigo está, no obstante, dispuesto a aceptar que el combate que concluye en derrota no encierra indignidad alguna y que lo indigno consiste precisamente en no combatir.

Mi amigo y yo compartimos la pasión por la dignidad y nos hallamos ambos persuadidos de que la búsqueda de la verdad constituye un empeño superior a cualquier otro. Damos a la honradez de esa búsqueda prioridad sobre confesiones religiosas, escuelas filosóficas o científicas, ideologías políticas, naciones y patrias. Suscribimos las palabras de Germaine Tillion, exmiembro de la Resistencia francesa y reputada etnóloga: "Nuestra patria solo puede resultar digna de ser amada si no debemos sacrificar la verdad por ella". Aplaudimos también este juicio de George Santayana: "El nacionalismo es la indignidad de tener un alma controlada por la geografía".

En su romanticismo, el amigo al que me refiero siente fuerte inclinación por los héroes, entendidos como personas que se apartan, al precio que fuere, de las convenciones de su tiempo. A mí, sin embargo, me parece más heroico quien pone la dignidad de lo que representa por encima del imperio irrestricto de su libre albedrío. Actuar heroicamente no es, entonces, obrar con la máxima libertad, sino con la máxima representatividad. En suma, no hay heroísmo sin altruismo.

Veamos el caso de Manuel Gutiérrez Mellado, Santiago Carrillo y Adolfo Suárez negándose a arrojarse al suelo en medio de los disparos de la tarde crucial del 23 F. Los tres poseen el heroísmo de la dignidad. El general no tolera la insubordinación de los facciosos. Carrillo de ningún modo quiere humillarse ante un acérrimo enemigo de su partido. Ambos representan con su gesto los valores constitutivos de su personalidad. Uno, la disciplina militar, cuyo quebrantamiento convierte a los soldados en soldadesca, en chusma armada. El otro, la rebeldía de los comunistas ante el militarismo más soez. ¿Y qué representa Suárez?

Adolfo Suárez era, en el momento en que los golpistas penetraron en el Congreso, un político acabado. Hombre de apuestas fuertes, había realizado hazañas asombrosas: el desmontaje institucional del franquismo mediante la Ley para la Reforma Política, el restablecimiento de la Generalidad de Cataluña, la legalización del PC, la celebración de las primeras elecciones democráticas en cuarenta años, la aprobación de una Constitución integradora, los Pactos de la Moncloa, etc. Ahora bien, acosado desde todos los frentes --incluido el de la Zarzuela, cuyo inquilino fue tan imprudente como casi toda la clase política de entonces--, estaba completamente quemado. Pero dejó un último testimonio de grandeza para la Historia: a las balas de unos yihadistas igual de castizos que los etarras opuso la dignidad del Estado. Él era todavía el presidente del Gobierno y nos representaba a todos los españoles como comunidad nacional. Erguido en el primer escaño del banco azul, no estaba interpretando un papel teatral según una obra escrupulosamente ensayada. Tampoco se trataba de un histrión que, como el falso general Della Rovere, hubiera asumido hasta el heroísmo la personalidad de quien fingía ser. No, la gallardía moral de Suárez condensaba en un único gesto la determinación del pueblo español de afrontar su destino político libre de tutelas, soberanamente. Justo aquello que Adolfo Suárez se había comprometido a recobrar desde el comienzo de la Transición.

Hermann Broch hace decir al poeta Virgilio: "La gloria, aunque sobreviva a la muerte, nunca la elimina". Cierto, pero la dignidad de Adolfo Suárez sigue viviendo, convertida en medida con la que juzgamos a todos los que ostentan el poder.

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