Gómez Bermúdez, golpe a golpe

01.06.2013 | 00:00

La polémica judicial de la semana no corresponde al enfrentamiento anacrónico entre Garzón y Guerra, los dos excitados y excitantes puntos G de la izquierda española. En realidad, habrá un antes y un después de la entrevista de Jordi Évole a Javier Gómez Bermúdez. El magistrado de la Audiencia Nacional eligió el vehículo idóneo para dar un paso al frente, desbordando ampliamente las expectativas de su entrevistador. España tiene un nuevo líder, ningún personaje político o deportivo atrapa hoy a la audiencia con el vigor mostrado por el presidente del tribunal del 11-M. Golpe a golpe, Gómez Bermúdez repartió sopapos a su gremio -"la trayectoria profesional en la carrera judicial no sirve de nada, no se llega al Tribunal Supremo sin padrinos o sin conocidos en la Villa y Corte"-, al Gobierno -se sorprendió por el "no indulto" a Garzón-, a los políticos -"¿alguien piensa que no hay presiones?", "las he recibido del mundo mundial"- a los corruptos de cuello blanco -"jamás concedí un tercer grado a delincuentes financieros, los white collar"-, a los nacionalismos judiciales -el dulce trato de la Generalitat de Cataluña, "donde los delincuentes económicos como Javier de la Rosa salen de la cárcel con facilidad sorprendente"-, a la prensa -que efectúa "campañas"-, a la corrección terrorista -Otegi no es peligroso- y, sobre todo, a Pedro J. Ramírez. Cuando Gómez Bermúdez llama "sinvergüenzas" con énfasis a los políticos corruptos que "roban a los demás", obtiene mayor repercusión que los portavoces votados por la ciudadanía. La superposición en el programa Salvados de un vídeo de Rajoy era insultante para el presidente del Gobierno, que parecía ejecutar una parodia de Groucho Marx en sede parlamentaria frente a un semidiós homérico de cabeza desierta. Si la entrevista a un funcionario -por muy magistrado que sea- resuena con mayor estruendo que las manifestaciones de los gobernantes, el país en cuestión tiene un problema. Gómez Bermúdez practicó el escapismo al defender al ocioso Carlos Dívar, pero efectuó un guiño autocrítico al censurar su actitud prepotente con el condenado Rafa Zouhier en el juicio del 11-M. La vanidad del magistrado no quedó empañada al proclamar que "soy un juez silente aunque no me dejen". El espectador le cree cuando recuerda que su colectivo "es el único que va a defender al ciudadano". Y acierta cuando define de "etiqueta impropia" su condición de juez estrella. En pantalla excedió con mucho esta calificación.

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