LAS SIETE ESQUINAS

Conectados

EDUARDO JORDÁ

29.05.2013 | 08:14

Mi hija entra en casa mirando su iPhone y sale de casa mirando su iPhone. Por la calle, cómo no, siempre camina mirando su iPhone. Una vez me la encontré con sus amigas, y por supuesto las cinco iban mirando su iPhone. Es probable que se estuvieran mandando wassaps en los que se decían que estaban caminando por la calle. Y hace poco, en un restaurante, vi a dos parejas que cenaban juntas. Nadie hablaba, nadie comía, porque todos -ellos y ellas- estaban absortos en sus iPhones o en sus tablets, una escena digna de las películas existenciales de Antonioni, solo que ahora nadie se acuerda del cine de Antonioni. Y no hace mucho me contaron que hay un tipo que va caminando por la calle mientras va mirando en Street View cómo es esa calle por la que está pasando, no sé si por locura o por desesperación o por simple aburrimiento. Quizá ese hombre espera, como le pasó a Don Quijote cuando se encontró en una imprenta de Barcelona un libro en el que se contaba su historia, que algún día él mismo aparezca en Street View paseando por aquella misma calle por la que ahora está pasando. Quién sabe.

Los primeros móviles que recuerdo debieron de aparecer hacia 1992 o 1993, hace ahora veinte años. Eran grandes, pesados y oscuros. Tenían la pantalla verdosa y una antena que parecía una prótesis, y la carcasa ondulada y un vago aspecto de coleóptero con la quitina venenosa. En los primeros tiempos aún era frecuente que la gente se parase en la calle a mirar a la persona que iba hablando por el móvil. Luego, poco a poco, la sorpresa y la curiosidad se fueron desvaneciendo, hasta que cada uno fue comprándose su propio móvil y todos empezaron -o empezamos- a caminar con el móvil en la mano. Y justo ahora lo que llama la atención es que alguien vaya por la calle sin su móvil o su iPod, mirando tan tranquilo los edificios o las nubes o los árboles o el aspecto de los transeúntes. Ese pasatiempo antiguo que consistía en pasear sin rumbo, dejándose llevar por los repentinos cambios de humor, se ha convertido en una actividad anómala o incluso sospechosa. Y si vas por la calle mirando algo, aunque solo sean los escaparates, lo más probable es que piensen que eres un carterista o un "voyeur" o que estás al acecho de algo. Mal asunto. El mismo hecho de que no lleves tu móvil y estés desconectado ya se ha convertido en un motivo de sospecha. "¿Qué hacías?" ,"¿Dónde estabas?", "¿Cómo es que no me has contestado?"

Los defensores de los teléfonos inteligentes nos intentan convencer con el argumento de que podemos ir a cualquier parte con todos los conocimientos del mundo a nuestro alcance, porque Google y la Wikipedia y iTunes y Spotify y Amazon apenas ocupan espacio, así que podemos tener toda la música y todos los libros y todo toda la información que necesitemos en el mismo espacio que ocupa el estuche de unas gafas. Sí, de acuerdo.

Recuerdo una charla en un pasillo con otros dos profesores, mientras esperábamos que nos hicieran una foto, cuando empezamos a hablar de no sé qué poema y de no sé qué visita. Y de repente uno de los profesores se sacó su iPhone y a los dos segundos nos recitó el poema, y en alemán, y luego nos explicó dónde había sido compuesto y en qué circunstancias. Maravilloso, sí, pero la agradable charla que manteníamos mientras hacíamos cola en un pasillo y esperábamos turno, y que nos permitía divagar sobre poesía y política y sobre marcas de chicle y sobre alquileres de coches y supermercados -esa clase de charla con que uno se entretiene en un pasillo mientras está haciendo cola y no tiene nada mejor que hacer-, se cortó de inmediato y de pronto mis dos interlocutores cogieron sus móviles y se pusieron a buscar información en Google, o a mandar sus wassaps o sus tuits en los que comunicaban al mundo que estaban allí, esperando en un pasillo, haciendo cola para sacarse una foto. Y como prueba, claro está, adjuntaban la foto que en aquel mismo momento acababan de hacerse con el móvil.

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