El retorno de Aznar

DANIEL CAPÓ

24.05.2013 | 09:11

En una entrevista concedida a Antena 3, José María Aznar ha amenazado con su eventual regreso. Tal vez no se haya ido nunca del primer plano político, subrayando prioridades en la agenda, vigilando los movimientos de Mariano Rajoy y hablando a destiempo cuando el interés del país exigía un prudente silencio. "Cumpliré con mi responsabilidad -aseveró el pasado martes en la televisión-, con mi conciencia, mi partido y mi país; no tenga dudas". Desconocemos los apoyos internos -o externos-- que le han animado a dar este paso, aunque nadie ignora que dentro y fuera del PP, son muchos los que suspiran por la marcha de Rajoy y la llegada de un hombre fuerte, un halcón que ponga en cintura a quien convenga.

La peculiar psicología de Aznar responde a este perfil, desde que sustituyó el centrismo reformador de la legislatura del 96 por la línea ideológicamente más dura del segundo mandato. Las consecuencias resultan ahora notorias, a medida que el mito de Aznar se ha ido diluyendo con los años. Desde luego fue, en buena parte, gracias a su determinación -y al convencimiento de que somos una gran nación-- que España logró ingresar en la avanzadilla del euro, justo en unas circunstancias y un contexto realmente difíciles. A él le debemos un importante saneamiento de las finanzas públicas, el debilitamiento de ETA y la expansión de las competencias autonómicas. Pero no se comportó como un auténtico reformista y dilapidó su mayoría absoluta con una sucesión de decisiones y de gestos grandilocuentes que acabaron por mermar la cohesión social y comprometer las bases económicas del futuro.

Mientras la Alemania de Schröder ajustaba el presupuesto y flexibilizaba la estructura productiva de su país, Aznar recalcaba su adhesión a los postulados del neoconservadurismo y se acogía a la fábula de unas reformas jamás concluidas, lo que limó la competitividad industrial. Fue en aquellos años -recuerden el mix de los fondos estructurales y el crédito fácil- cuando empezó a hincharse la burbuja financiera e inmobiliaria. Gürtel, por entonces, desplegaba su influencia y la corrupción infectaba algunos de los núcleos del poder. Luego llegaría el zapaterismo --con su mezcla de irresponsabilidad, miopía y tactismo coyuntural- que no hizo sino ahondar los desequilibrios económicos, además de incorporar la peligrosa retórica del ilusionismo como una metaficción política. Por supuesto, conviene desconfiar de los relatos míticos y de la prosa maniquea, sea cual sea su origen.

Cabe preguntarse por qué dice ahora Aznar lo que dice. ¿Se trata de un movimiento defensivo ante las posibles implicaciones de la trama Gürtel que él, en todo caso, ha negado con firmeza?¿Un aviso a navegantes, en especial a Rajoy? ¿Una bravuconada llamada a capitalizar la oposición interna al Presidente del Gobierno? No lo sé, aunque sospecho que las claves son internas, entre la calle Génova y el Palacio de la Moncloa. Hemos cruzado el primer tercio de legislatura sin que se haya detenido el brutal proceso de desgaste anímico que aqueja al conjunto de la ciudadanía. La estabilización económica ha ido pareja al empobrecimiento generalizado de las clases medias, la abultada tasa de paro y las restricciones crediticias. Quién sabe si la alternancia bipartidista puede dar lugar a una solución italiana, con la hipotética fractura de la derecha, el evidente declive socialista y el ascenso de los partidos minoritarios.

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