Las imposturas del chamán

Joaquín Rábago

22.05.2013 | 09:20

Con seguridad ningún otro artista alemán de la posguerra ha alcanzado la fama Joseph Beuys (1921-1986). Hay obra suya en los principales museos del mundo y apenas hay una exposición dedicada a la creación artística de ese país en el que no esté representado a través de alguna de sus instalaciones.
Su figura está rodeada de leyenda, una leyenda de chamán que él mismo se forjó y que ahora alguien que le conoció personalmente ha tratado de desmontar en una nueva biografía (1) en la que se ocupa no tanto de su faceta creadora cuanto de su personalidad humana y política.
El autor es Hans-Peter Riegel, alguien que trabajó como ayudante de uno de los discípulos de Beuys, el pintor Jörg Immendorff, a quien aquel dedicó también hace un par de años una biografía demoledora.
Una de las leyendas que Beuys tejió a su alrededor fue la de que, como telegrafista de un Stuka de la fuerza aérea alemana durante la Segunda Guerra Mundial, fue abatido sobre Crimea pero se salvó gracias a una familia tártara que le envolvió en sebo y fieltro y se ocupó de él hasta su total curación.
Aquella experiencia dejó en él tan profunda huella que Beuys utilizaría después esos humildes materiales en muchas de sus obras.
Nada de eso es, sin embargo, cierto. En verdad no lo descubre ahora Riegel pues ya lo sospecharon algunos críticos estadounidenses cuando el Guggenheim neoyorquino le dedicó una gran retrospectiva en 1979. Beuys no fue piloto de guerra y además Stalin había expulsado ya a los tártaros de Crimea en 1944, que es cuando ocurrió el supuesto accidente.
Su frecuente recurso al sebo y el fieltro se remonta, según el biógrafo, a experiencias de la niñez: Beuys pudo ver y oler esos humildes materiales en las fábricas de su localidad natal de Kleve, en Renania del Norte-Westfalia. Y sus dolencias, que le persiguieron toda su vida y le hicieron aparecer a ojos de muchos como una especie de nuevo Cristo, no tienen nada que ver tampoco con el supuesto estrellamiento de su avión de caza sino con un accidente que sufrió en el estudio y con el tabaco.
Aunque tal vez lo más escandaloso del libro sean las detalladas revelaciones que hace su autor sobre la amistad del artista con nazis no arrepentidos, entre ellos su suegro.
Beuys, cofundador del pacifista partido de los Verdes alemán, perteneció a las juventudes hitlerianas, como tantos de su generación. Pero, según el biógrafo, nunca se distanció de su juvenil entusiasmo bélico – con solo doce años se alistó como soldado–, sino que siguió asistiendo hasta los años setenta a reuniones de veteranos de la Segunda Guerra Mundial y dijo no saber nada de los crímenes nazis aunque estuvo estacionado cerca de un campo de concentración.
Riegel documenta también en su biografía la admiración que Beuys sintió siempre por las enseñanzas de Rudolf Steiner, el creador de la antroposofía, doctrina que influyó poderosamente en su concepción misionaria del arte. No es ajena a su obra la creencia de Steiner en la superioridad del espíritu del pueblo alemán, en el que se encontraría la salvación de la humanidad. Un Beuys, en suma, totalmente contradictorio como persona, con independencia de la valoración de su arte.
(1) Hans-Peter riegel: Beuys, Aufbau, Berlín 2013.

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