Saber venderse

Lo mal que comercializamos nuestros productos, uno de los problemas de España

21.05.2013 | 00:00

Permítame el lector que le cuente una pequeña anécdota, representativa de uno de nuestros males nacionales. Ocurrió hace unos días, en la cafetería del tren de alta velocidad entre Cádiz y Madrid. Estaba el vagón cafetería casi vacío y un viajero pidió una copita de jerez. La camarera le informó amablemente de que no tenían esa bebida, y el viajero, un turista chileno de cierta edad, tras mostrar su sorpresa, dijo que le pusieran entonces un whisky escocés.

Entré en conversación con él y le comenté que a mí también me parecía difícil de creer que no hubiese ninguna bebida con denominación de origen de Jerez precisamente en un tren que pasaba por, y paraba incluso, en esa ciudad andaluza.

El chileno, que había estado viajando por otros países europeos, me expresó también su extrañeza por el hecho de que en varias ciudades de provincias que había visitado cerrasen las tiendas durante la mayor parte de la tarde, es decir, a las horas a las que los turistas podían hacer sus compras. ¿No es posible hacer turnos para tenerlas abiertas la mayor parte del día?, se preguntaba, sobre todo cuando tanto desempleo existe en el país. Uno ha visto, por ejemplo, en Cádiz deambular a los cruceristas por las calles de la ciudad y pasar una y otra vez ante escaparates de comercios cerrados durante las llamadas "horas de la siesta".

Uno de los mayores problemas de este país es lo mal que nos sabemos vender. Y no es una cuestión de ahora, sino de siempre. Han tenido que venir extranjeros a comercializar fuera nuestros productos, y eso explica, entre otras cosas, la proliferación de apellidos extranjeros -británicos y franceses, sobre todo- en las bodegas jerezanas. Por cierto, que uno de esos comerciantes fue el hispanista hamburgués Juan Nicolás Böhl de Faber, padre de la novelista del mismo apellido a la que se conoce más por su seudónimo de Fernán Caballero.

Además de cónsul de Federico Guillermo III de Prusia, fue apoderado general de las bodegas que tenían en El Puerto de Santa María los británicos James Duff y William Gordon y que luego se fusionarían con las del también inglés Thomas Osborne.

Si don Juan Nicolás levantara hoy la cabeza, se llevaría un susto por el estado de abandono en que está esa ciudad que fue tan hermosa y próspera por su comercio; hasta el punto de ser conocida como la de los cien palacios.

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