Servidores del Estado

20.05.2013 | 00:00

Últimamente estoy leyendo mucho sobre George Kennan, el diplomático que ayudó a definir la política de contención estadounidense durante la Guerra Fría. Escritor de rara finura, embajador en la URSS y en Yugoslavia, asesor de presidentes y de secretarios de Estado, políglota y culto, Kennan era cualquier cosa menos un doctrinario. Siguiendo a Metternich, sostenía que la solidez de los principios nos ayuda a interpretar la realidad mucho mejor que los andamiajes ideológicos. Amaba el mundo de las virtudes burguesas -el trabajo, el orden, la palabra dada, el legado novelístico...-, aunque descreía de las variantes populistas de la democracia, con su apelación continua a los sentimientos. Detestaba el nacionalismo y se definía como un patriota, convencido de que identificar los defectos y los males de su país es el primer deber de un ciudadano. Independiente y libre, su realismo lo convirtió en un pesimista que reivindicaba los ideales de la regeneración, el noble deber del servicio al Estado y la sabiduría de la contención frente el desbarajuste del ilusionismo. Tildado de blando por los halcones de la Casa Blanca, Kennan desconfiaba del empeño de Washington por hundir los gobiernos hostiles a su país. Tenía por costumbre repetir esta cita del ex presidente John Quincy Adams: "Somos amigos de la libertad en todo el mundo, pero no salimos al extranjero en busca de monstruos a los que destruir". Persuadido de que los regímenes totalitarios llevan en sí la semilla de la ruina, fue de los primeros en profetizar que la URSS caería víctima de sus propias contradicciones. Testigo privilegiado del siglo XX -murió en 2005, a los 101 años-, sospecho que le disgustaba la reacción del Gobierno estadounidense ante el ataque del 11-S, así como le debió de parecer chirriante la retórica de George W. Bush, basada en la demonización de los enemigos. A pesar de sus defectos, Kennan fue un hombre admirable cuya principal divisa consistía en no ceder a los intereses partidistas, al odio o al prejuicio, sino en buscar la verdad de la forma más objetiva posible. Era algo así como un Pepito Grillo llamado a defender el sano juicio del realismo frente a la insensatez de su negación. "A lo largo de su vida -escribe John Lukacs en su clásico estudio sobre el diplomático estadounidense-, consideró que priorizar la política doméstica por encima de los intereses de Estado resultaba errónea e inmoral". ¿Les suena de algo esta acusación? Seguro que sí.

De hecho, esta ha sido la praxis que mejor define la política española desde hace al menos tres o cuatro lustros, cuando no más. Hablo de subordinar los intereses generales a la supervivencia de los privilegios del statu quo, con sus innumerables ramificaciones. No caben muchos distingos entre los últimos gobiernos de la nación, como tampoco cabe hacerlos con las autonomías o la Administración local. ¿Hablamos de un reformismo razonable o de una retórica de mínimos cuyo único criterio es no tocar los privilegios establecidos? ¿Cómo se encaran los problemas del país? ¿Desde un victimismo antieuropeo que sitúa en Berlín el epicentro de nuestros males? ¿Desde una actitud irresponsable que confunde la falta de autocrítica con el primer furgón de la moda al que encaramarse? ¿A quiénes escuchan nuestros políticos? ¿Y con qué discursos se adormece a la opinión pública? ¿Cómo debatimos los asuntos fundamentales? ¿Con qué información? Ninguna de estas preguntas es baladí.

Volvamos una vez más a Kennan. ¿Qué habría opinado de nuestra situación actual? No lo sabemos, aunque no resulta difícil intuirlo, ya que compartimos algunas dinámicas similares con los Estados Unidos: la tentación cortoplacista, el abuso de una retórica maniquea, el fatal sobreendeudamiento, una sociedad burocratizada en exceso, la escasa talla política de nuestros representantes... Las diferencias son también muchas y podrían conducir a falsos equívocos. Sin embargo, negar continuamente las exigencias de este nuevo mundo emergente constituye un error funesto que ensombrece nuestro futuro y enquista los graves problemas que nos afectan. A Kennan, en parte le hicieron caso en su país y, en parte, no, pero cualquier Estado necesitaría un buen puñado de hombres como él.

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