El portorriqueño Ariel Castro

ADRIANO MARQUES DE MAGALLANES

18.05.2013 | 04:31

Yo no sé si entre los arquetipos nombrados por Karl Jung se encuentra el del criminal. ¿En qué momento surge en la conciencia de un individuo esa pulsión que desaloja de su personalidad todos los valores positivos de sus congéneres? Sin duda se trata de algo complejo y difícil de discernir el origen y desarrollo de ese instinto que convierte a una persona en un depredador.

Sin que sea un argumento exculpatorio, tanto Jung como su maestro Freud parecen coincidir en situar en las experiencias traumáticas de la infancia y las relaciones materno-filiales el momento en que se siembran en la mente determinadas pulsiones que solo en la vida adulta son capaces de alterar erróneamente nuestras conductas de determinados aspectos. Evidentemente hay un momento en que esa censura moral que nos impone la vida en sociedad deja de funcionar y libera instintos soterrados, ocultos hasta entonces en lo más profundo del inconsciente. Llegado a este punto el hombre se convierte en una bestia, libre de todo principio ético o religioso.

Sin embargo, nada permite pensar que esta conducta no sea el resultado del libre ejercicio de una voluntad consciente del mal que produce.

Por la naturaleza de sus crímenes, el portorriqueño Ariel Castro, emigrado desde pequeño a Estados Unidos, parece ajustarse a la tipología del depredador incapaz de dominar una perversa adicción al sexo, acompañada de un comportamiento despiadado.

Así al delito de secuestro, suma la repetida agresión sexual, el maltrato físico y psicológico, y la acción criminal de provocar cinco violentos abortos entre sus víctimas. Durante 10 años de manera premeditada e insensible, ha mantenido su aberrada práctica. Todo ello sin que asome en sus primeras declaraciones sentimiento alguno de arrepentimiento, y sí el frío reconocimiento de ser un despiadado obseso sexual. Por lo demás, Ariel Castro, a sus 52 años, se ha comportado como un ciudadano ejemplar, salvo por las palizas que propinaba a su antigua esposa y que anunciaban sus criminales tendencias.

Ahora el fiscal prepara el caso para solicitar la que probablemente será una sentencia de cadena perpetua, cuando no la ejecución. La sociedad norteamericana exige una sentencia ejemplarizante. Yo no le deseo más que una prisión de por vida.

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