Un mar de pensiones

ANTÓN LUACES

13.05.2013 | 07:32

No se quieren enterar, pero de la pesca viven muchos miles de personas en esta comunidad, antes denominada región por la gracia de don Francisco y los suyos, que ahora practican pesca alegal.

Uno se fue unos días a Corrubedo, algo más que un núcleo de población de vacaciones que, como ahora, cuando sólo viven aquí los autóctonos, evidencia la realidad de su vida diaria. Y esta depende de la mar.

No sabe el arriba firmante si este Corrubedo supera el millar de habitantes, pero sí puede decir que más del 80% de ellos vive del mar y las pensiones de jubilación.

Una población subsidiada que depende de "su" mar para completar aquello que la pensión no cubre: el sustento de cada día.

Corrubedo, como Corme -por poner un par de ejemplos- son pueblos de grandes marineros que contribuyeron a dar nombre propio a la pesca y la marina mercante en, por ejemplo, el País Vasco, Rotterdam, Vergen, Amsterdam, Tokio, Boston... Marineros que hablan de cualquier país asiático, estadounidense, canadiense, africano, europeo..., como si el mundo hubiera estado en sus manos cuando, realmente, sólo ha estado en la proa y el costado de sus barcos. Pero ahora son patrones, oficiales de máquinas, meros tripulantes, de las pensiones insuficientes, un proceloso mar en el que no navegan sino que se dejan ir al garete.

Y con la pensión consecuencia del coeficiente reductor, han redescubierto la pesca de bajura, la de subsistencia. Pescar para comer: un capazo de erizos, un par de pulpos, unas nécoras... y algún que otro ollomol, unas fanecas y frío, mucho frío, porque con la pensión de jubilación vienen todos los nordestes del mundo a tocar el violón.

Entre los que tocan lo que no debieran están, porque lo quieren "los de arriba", los vigilantes e inspectores de todo tipo que ven en cada jubilado un furtivo y que amagan, amenazan o multan en función de cómo les caigas. Es su función; pero el marino/marinero jubilado y la familia de él dependiente han de comer por lo menos una vez al día. Y, claro, pescan. Aunque no les dejen. ¿Que han de hacer, si no? Pero temen al sheriff de turno y perciben que la mar ya no es suya sino de la Europa de la señora Damanaki.

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