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El yogur y ´Águila roja´

Antonio Rico

08.05.2013 | 07:34

En uno de esos ridículos anuncios de yogur que intentan que confundamos una variedad de leche fermentada con el remedio para todos los males por el procedimiento de unir palabras como "colesterol", "grasa" y "reducir" un cartelito nos advierte que el anuncio es una "simplificación de la realidad". Maravilloso. ¿Quién es el poeta que escribió ese texto delicado como un haiku y potente como un silogismo? ¿A qué filósofo debemos el descubrimiento de una realidad simplificada que lo mismo sirve para vender un yogur que una guerra, una reforma laboral o una fe? Con permiso del poeta del yogur y del filósofo del colesterol simplificado, vamos a utilizar su "simplificación de la realidad" para elogiar la serie Águila roja.
El estreno de la quinta temporada de Águila roja (lunes, TVE) es una buena noticia para los que amamos las aventuras que tienen sabor, olor, tacto, gusto y sonido de espadas. La serie protagonizada por Gonzalo de Montalvo, un héroe enmascarado del siglo XVII, estuvo a punto de morir víctima de los recortes presupuestarios, pero ha resistido el ataque de los clones de Merkel y alegrará durante una temporada más la noche de los lunes. Prepárense para una disparatada mezcla de inquisiciones, torturas, ejecuciones, mujeres a punto de ser quemadas acusadas de brujería, torneos medievales, templarios, el Santo Grial y luchas de gladiadores con guiños a Spartacus: sangre y arena. No se preocupen, Águila roja no es un insulto a la historia, ni un escupitajo a los libros de texto, ni una bofetada a los profesores que explican con paciencia las diferencias entre el siglo XVII, la Edad Media y la antigua Roma. Águila roja es puro entretenimiento basado en la simplificación de la realidad histórica. Lo que vale para un yogur también vale para la España del siglo XVII. Las aventuras de nuestro héroe enmascarado son una simplificación de la historia que consiste en mezclar épocas y temas como quien mezcla yogur con miel. Mezclar, en efecto, es simplificar. Pero seguro que los espectadores no necesitamos un cartelito que nos advierta de los peligros de la simplificación de la historia porque, caramba, solo queremos que en Águila roja ganen los buenos y pierdan los malos. Para complicar la realidad ya está la vida.

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