Su máxima majestad

01.05.2013 | 00:00

Beatriz de Holanda, coetánea y amiga personal aunque no necesariamente entrañable de Juan Carlos de Borbón, ha abdicado con la función pedagógica de mostrar a los españoles cómo se monta una sucesión al trono sin alteraciones del populacho. En ocasiones así, se predica que los países más avanzados del mundo funcionan como un reloj gracias a sus regímenes monárquicos. Se suele omitir que esta clasificación excluye a España, país mediano con tendencia bajista. El banquete sucesorio holandés tuvo lugar bajo el cuadro La ronda de noche de Rembrandt, un lienzo de ominosas proyecciones políticas y religiosas magistralmente exploradas en un documental por Peter Greenaway. ¿Se celebraría la ceremonia española equivalente bajo el Guernica? Holanda no es España, aunque se significara como una revoltosa provincia española. Para conquistar una mínima presencia global ha de sacrificar a la reina, en una ceremonia de opereta. En los países de sangre fría, cuesta más que los monarcas engañen a sus consortes, o que a alguien le importe. Bastión del feminismo, Holanda puede permitirse su primer rey masculino en un siglo y cuarto sin que nadie hable de un avance del machismo. De todas formas, el átono Guillermo-Alejandro se casó para ceder el protagonismo a su esposa. Si te llamas Máxima, Majestad implica una degradación, por lo que el orden protocolario debe ser Su Máxima Majestad. Los argentinos blandos con la dictadura triunfan en Europa, ya sea la reina Zorreguieta o el Papa Francisco. El padre de la reina consorte fue extirpado preventivamente de la boda y de la entronización de su hija. En otra diferencia significativa con el caso español, la casa real holandesa no mezcla la familiaridad con la decencia. Claro que si las monarquías europeas discriminaran a quienes han contaminado su pedigrí alternando con dictaduras, las ceremonias regias quedarían desiertas. Sin ir más lejos, la inmaculada Beatriz se casó con un miembro de las Juventudes Hitlerianas. El rey Guillermo-Alejandro ha heredado el flequillo ideológicamente comprometido. El hoy ubicuo Dalí decía que lo mínimo que se le puede exigir a una escultura es que no se mueva. Lo mínimo que se le debe implorar a una reina es que sonría. Su Majestad Máxima es Letizia con la sonrisa por fuera. La inminente reina española ha transportado a Amsterdam una tiara que equilibra incómoda sobre su testa, como si cargara con el aparatoso cesto de frutas de Carmen Miranda. Su colega holandesa se resignó a vestirse con los cortinajes de palacio, pero los rebajó hasta tal punto sobre su anatomía que estuvo a punto de inventar el traje largo topless, que permitía enumerar sus pechos sin confusión posible. Holanda no es España, pero la Casa del Rey aspira a una transición al trono tan pacífica como la holandesa. Habrá que salvar el contraste entre la rozagante Beatriz y el renqueante Juan Carlos, donde las muletas obedecen a una metáfora ósea del monarca que abdicó de su función arbitral para embarrarse en el terreno de juego. La dimitida reina holandesa anticipó el modelo Benedicto XVI de jubilación anticipada. Su amigo español prefiere emular la continuidad a toda costa de Juan Pablo II, tan desagradecida audiovisualmente.

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