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Los argumentos de la vida

JOSÉ MARÍA PÉREZ ÁLVAREZ (CHESI)

26.03.2013 | 08:10

Esto de rellenar páginas, como todo en la vida, tiene sus pros y sus contras. Estas últimas superan ampliamente a aquéllos. Uno de los inconvenientes más difíciles de sobrellevar es que la gente se siente en la obligación de proporcionarte argumentos para una novela en cuanto descubren que dilapidas parte de tu tiempo emborronando páginas. No es insólito que alguien te cuente con pelos y señales que su tío Amadeo perdió el testículo izquierdo en la guerra civil española y pese a ello se casó felizmente y fue padre de siete hijos "todos sanos": y después de la deposición te infligen el apotegma indispensable: "Ahí tienes un argumento para una novela". No crean, no resultan inusuales tales contratiempos. Uno sabe de sobra que cualquier nimiedad nos surte de tramas para escribir: es más, muchas de las mejores novelas que he leído tienen argumentos intrascendentes pero maravillosamente escritos. Desde el Quijote hasta Ulises, pasando por Berlin Alexanderplatz o Bouvard y Pecuchet: es decir, el talento de los narradores puede transformar en una obra extraordinaria la endeblez de nuestras vidas que por lo general discurren sin grandes sobresaltos, ancladas en rutinarias costumbres. Uno pone el pie en el suelo cada mañana y ya está escribiendo una novela o potencialmente está pergeñando las primeras líneas de una ficción y, parafraseando calderonianamente al clásico, quizá nuestras vidas no sean sino ficciones escritas por otro pero aquí incurriríamos en peligrosas teologías que no desagradarían a Borges, ese agnóstico que consignó en alguna página (disculpen la inexactitud de una cita de memoria) que si Dios dejara de pensarnos se abatiría la mano que redacta el adjetivo. Los ateos poco consecuentes citamos a Dios más que Rouco Varela en sus pastorales aunque bien mirado, monseñor Rouco, en vez de citar a Dios, que es lo que procede, se monta unos espectáculos circenses con la familia tradicional y otras pachanguitas menores que no interesan a casi nadie. La mayoritaria deserción que deja desabastecidas de fieles las iglesias proviene de que, en vez de hacer hincapié en los textos sagrados, uno de los monumentos literarios más grandiosos jamás escritos, los sacerdotes escalan las abaratadas cimas de la concepción milagrosa de la virgen, la exigencia del voto para los partidos antiabortistas y que no se denomine matrimonio a la unión entre personas del mismo sexo. Perdón por haberme ido por los cerros de Úbeda pero declaro desde ahora mismo mi amor por la digresión que, a la postre, demuestra que cualquier fruslería da para una narración pero como esto trata de ser un artículo regresemos al principio, valga decir, a los bien intencionados que te asaltan, te miran cuando descubren que eres escritor (o que escribes, que tanto da una cosa como la otra) y te cuentan la historia de la tía Maximina que se cayó de un árbol a los trece años y desde entonces sólo habla en chino mandarín cuando en su puñetera vida había ido a clases de esa lengua y como crees más en la neurociencia que en el Espíritu Santo, supones que todo tendrá un origen científicamente extraño, tal vez, pero asumible sin necesidad de aducir milagrería. Al final, claro, la sentencia condigna: "Es un personaje de novela". Silencias que todos somos potenciales personajes de novelas, desde el millonario que da la vuelta al mundo en barco hasta el carnicero de la tienda de la esquina que te emociona mucho más que el aventurero porque tienes la teoría insensata e indemostrable de que a todo carnicero que se precie le falta un dedo que se seccionó ejerciendo su noble oficio y el destino de ese fragmento amputado te interesa más que las singladuras del navegante y por eso desconfías de los carniceros que carecen de la marca de oficio porque es señal de que no aman lo que hacen y no se arriesgan en su menester. Un carnicero indemne es como un chulo sin una cicatriz: un fraude, igual que un escritor que no tiene callo en el dedo medio obtenido a base de garrapatear folios y folios aunque hoy, merced a los ordenadores, los escritores ya no tienen callosidades en sus dedos y seguramente se hacen la manicura. Una desgracia como otra cualquiera. Pero como intuyo que he vuelto a desviarme del asunto central de este confuso artículo, regreso su origen para concluirlo, esto es, agradecerles a todas las personas su generosidad a la hora de proporcionarme argumentos para una novela, que sí, que en efecto, su hermano Julián que era capaz de silbar La Marsellesa con el ombligo se merece un capítulo o una novela entera pero que no es necesario que me lo presenten para que me haga una demostración in situ, qué asco, por Dios, y, además, que argumentos hay de sobra en cualquier existencia y basta con abrir los ojos y escuchar para descifrar las líneas de esa novela a veces irracional que es la vida de cualquier ser humano.

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