Los políticos son gente honrada

Matías Vallés

25.03.2013 | 07:57

En un mismo sábado, los secretarios generales del bipartidismo coinciden en que "los políticos somos gente honrada", una mínima variación sobre la pieza de Jardiel Poncela que encarece la honradez de los ladrones. El impacto cómico está garantizado en ambos casos. Cospedal consagra la pureza inmaculada de su gremio en unas jornadas del PP en Génova, Rubalcaba acrisola la fiabilidad del gremio en los altares de Tele 5. Los mandarines popular y socialista se refugian simultáneamente en que "la inmensa mayoría" de sus colegas no delinque cuando asciende a un cargo público.

Al tratarse de una laureada abogada del Estado y de un catedrático de Química se imponen algunas presiones sobre la amplitud de "la mayoría" de políticos honrados que proclaman. Por ejemplo, una proporción de 60 a 40 en las urnas supone un triunfo electoral apabullante. Sin embargo, un sesenta por ciento de gobernantes cabales frente a un cuarenta de deshonrados equivale a un Estado fallido. Incluso un diez por ciento de corruptos daría al traste con la democracia. Así la inmensa mayoría de brasileños son ciudadanos ejemplares. De hecho, sólo uno de cada cinco mil habitantes de este país mata a sus semejantes. Sin embargo, el coloso sudamericano arrastra un grave problema de violencia, con sus 40 mil asesinatos anuales.

Por mucho que Cospedal y Rubalcaba maquillen el peso de la podredumbre de sus partidos respectivos, la mayoría de ciudadanos piensa que la mayoría de políticos no son gente honrada. La creciente sensibilidad social hacia los efectos devastadores de la corrupción puede deberse a que la "inmensa minoría" de gobernantes deshonrados se emplean con mayor ahínco que la apabullante proporción de los intachables, los cual acentúa sus efectos perversos. Cada intervención de los secretarios generales de PP y PSOE comienza por una teórica admisión de la culpa, pero pronto se revuelven contra la culpabilización indiscriminada y acaban por exigir que la audiencia les pida perdón por las acusaciones de contaminación.

PP y PSOE insisten en homenajearse satisfechos mientras arrecian los escándalos, una autocomplacencia que ha conducido a la actual situación. En concreto, ni Cospedal ni Rubalcaba aceptan la hipótesis de alguna dimisión, mientras la mitad de los españoles -casi "la mayoría"- creen que la corrupción aumentará a lo largo de los próximos cinco años según un reciente sondeo del CIS. Para los populares resulta anecdótico que su presidente figure como perceptor de cantidades sustanciales de un tesorero cuyo silencio se pagaba con 300 mil euros anuales, procedentes de fondos públicos. De hecho, Rajoy respaldó ante las cámaras a Cospedal con el mismo vigor que a Francisco Camps. Los socialistas respaldan a un José Blanco que impone condiciones para su dimisión, en lugar de explicar con convicción las gestiones gasolineras que han prendido fuego a los gobierno de Zapatero. La comparecencia del exministro muestra a un diputado que se cree invulnerable, amén de protegido por el manto del Supremo. La justicia no es igual para todos, aunque lo predique el Rey.

Ya sólo queda analizar el crédito diferencial que otorgan los votantes a "la mayoría" de políticos honrados de una u otra adscripción. No se vota a todos los partidos con la misma esperanza de que sus cargos se comporten con integridad. Sería precipitado achacar debilidad ante la corrupción a los votantes de derechas, pero ellos mismo confiesan que la izquierda muestra una exigencia superior en este campo. Así ocurre por cierto con gran parte de los valores, ya se trate de la igualdad, la honradez o la tolerancia. Por tanto, un corrupto progresista resulta más dañino para sus filas que el equivalente al otro lado del espectro.

Ante esta disparidad, Luis Bárcenas posee el valor incalculable de haber sacudido a los votantes de derechas con mayor energía que los recortes económicos. Por muchas acciones judiciales que emprenda Aznar, no recuperará la inocencia. Ahora bien, el PSOE paga con mayor fuerza su tibieza, visible tanto en Blanco como en Rato o Ponferrada. De ahí que se haya hundido espectacularmente la proporción de españoles que se proclamaban orgullosamente socialistas, incluso en las circunstancias más adversas. La desacreditada dirección actual del PSOE no solamente está hundiendo unas siglas, sino la etiqueta ideológica que las cobijaba. En un país que, por cierto, sigue escorado notablemente a la izquierda. O como se llame ahora.

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