NUNCA SIN UN LÁPIZ

Una jornada en Barcelona

Juan Cruz Ruiz

24.03.2013 | 11:05

Imposible imaginar cómo acabará el debate político (falso o verdadero) que ahora ocupa a muchos catalanes y también a muchos españoles sobre el porvenir de Cataluña como estado independiente o como país integrado en España. La realidad irá diciendo lo que la vida cotidiana permite intuir; las aguas hallarán su cauce y por supuesto no habrá sangre en los ríos. Exageran todos: aquellos militares viejunos que confunden patria con su concepto de la patria y exageran aquellos que estiman que todo aquel que se mueve en contra de la independencia, o que le pone razonables reparos, forma parte de la peor carcundia española.

En todo caso, toda esta discusión es falsa, o por lo menos exagerada. Aparte de las manifestaciones, magnificadas por los convocantes tanto como por aquellos que no las quieren, la ciudadanía está a lo que está, y está mal. La crisis en Cataluña es apabullante, como en el resto de España; afecta a la sanidad, a la escuela, a la cultura, al empleo, al ánimo; conduce al desánimo y también al desistimiento; ha afectado de manera brutal a la confianza en la política y en los políticos, ha dañado también a los medios de comunicación, que han ganado en descrédito y han perdido en fiabilidad, y ha fulminado a la carrera judicial, afectada por los recortes y por los retrasos.

En Cataluña pasa lo que pasa en cualquier parte; el poder político actuante ha dilatado el efecto de la miseria arbitrando para el momento una realidad paralela, la ansiedad por la independencia. Pero ese lodo que está instalado en los intersticios de la sociedad (la catalana, la española, la europea) desprecia por completo la voluntad de ocultamiento, está aflorando en toda su decrépita plenitud y ahora mismo el discurso, en las tertulias, en las reuniones, en las preocupaciones periodísticas, culturales o sociales, ya no es el sí o el no, el derecho a decidir o el derecho al diguem no, nosaltres no som de eixe mon; el discurso es cómo llegar a la supervivencia en un momento caótico del mundo que afecta uno por uno a todos nosotros, tengamos la idea que tengamos de la vida y de por dónde ésta debe discurrir.

He pasado una jornada en Barcelona; he hablado, sobre todo, con escritores, con editores, con hoteleros, con libreros, con gente que circula por la calle, que habla y pregunta, y de todo lo que he escuchado he tomado aquellas notas. Decía alguien que el nacionalismo se cura viajando; se cura preguntando, también, el lugar común, la especie que circula sin que nadie la detenga: por lo que se escucha, se ve o se lee en los medios nacionales, los de derechas, los de izquierda y los de-no-se-sabe-de-qué, parece que los catalanes estuvieran hablando todo el día de los sucesos que aparecen en las primeras páginas o en las más prominentes de las páginas interiores. La gente habla de lo que habla todo el mundo, y ese asunto de la independencia, la cuestión de los espías, las rencillas políticas, los tiras y aflojas de las coaliciones viejas o de las coaliciones nuevas, forman parte de una nebulosa que importa poco, que importa al cogollo de los políticos, ni siquiera al cogollo de la política.

El poder político actuante ha sido capaz, hasta ahora, y al menos de septiembre de 2012, de crear una realidad paralela, una figuración, que poco a poco se ha ido desvaneciendo hasta que surge, en toda su magnitud, la verdad de la vida: estem fotuts. La realidad es como aquellas piedras de Chumy Chúmez o como las actuales piedras de El Roto: enormes preocupaciones en forma de nube negra que diluyen por completo la ilusión de que un milagro acabe con la sensación atosigante que produce la crisis. El otro día decía el crítico y escritor José María Pozuelo Yvancos en el fallo del premio Alfaguara (que fue para José Ovejero) que el jurado había estado mucho tiempo buscando una palabra que sustituyera la tan traída palabra crisis. Y hallaron zozobra. En otros términos, en Cataluña quisieron (los políticos actuantes, y los que los acompañan, además de los medios a los que les convino) tapar la palabra crisis (recortes, desistimiento, desconfianza) con las palabras que les vinieron bien para airear su atmósfera, y al final los ha venido a visitar la palabra zozobra.

Así que aquí pasa lo que pasa en todas partes y se habla de lo que en todas partes se habla. Es un momento malo, y lo es para todos; decía James Joyce (y se lo copio una vez más a Juan Antonio Masoliver Ródenas, que me dio la cita) que ya que uno no puede cambiar de país debe cambiar de conversación. Es una tarea imposible: la conversación en Cataluña, en España, el discurso que se ha instalado, viene como un tsunami y tiene en sus titulares la palabra crisis. Cambien de país, pero no cambiarán de conversación. Ahora ya esa palabra es incontenible, aunque como sinónimo no está mal la que halló Pozuelo. Sí, zozobra. Todavía no es ahogo, es zozobra. Navegar importa. Decir que delante no hay nubarrones sino banderas lo que hace es distraer a los pasajeros, pero éstos ya empiezan a saber para qué sirven los señuelos.

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