Profesores que no sirven

Camilo José Cela Conde

22.03.2013 | 04:10

A veces, en contra de lo que dice el proverbio, hay alguien dispuesto a ponerle el cascabel al gato. La Universidad Politécnica de Cataluña, por ejemplo, que ha decidido enfrentarse con el propio toro, más que con un humilde felino, agarrándole de los cuernos. Los profesores de la UPC han sido evaluados desde 2008 en lo que son sus competencias académicas distribuyéndolos en cuatro grupos, de la A a la D, y los que hayan quedado incluidos en este último tramo sufrirán sanciones.

Evaluar lo bueno o malo que es un profesor parece a la vez muy fácil y complicadísimo. Es sencillo si nos ajustamos a lo que todos los alumnos saben; no hace falta andarse con demasiadas filosofías para tener muy claro qué profesor sabe transmitir los conocimientos de la forma mejor que existe, mediante la combinación de sabiduría y claridad, y qué otro, por el contrario, o bien es un ignorante o se explica fatal. Ambas circunstancias, la de no saber nada y la de tampoco saber cómo dar una clase de la forma más elemental, suelen ir de la mano convirtiendo en un pésimo maestro a quien cabe en ese retrato.

Siendo así, ¿cómo es posible que las universidades mantengan en sus claustros a unos inútiles tan dañinos? Porque convertir la vox populi en regla de aplicación práctica supone dar con algunas reglas objetivas con las que se puedan evaluar todos los profesores y, a la hora de discutir cuáles podrían ser ésas, tanto el espíritu corporativo como la dificultad para dar con herramientas adecuadas de examen da al traste con las buenas intenciones. Cabría copiar sin más el sistema anglosajón del publish or perish, o publicas "en revistas de prestigio", se sobreentiende, o te vas a la calle, aunque ese criterio puede fallar en ocasiones. Uno de los mejores profesores que he conocido jamás, el malogrado Alberto Saoner, publicaba muy poco. Pero resulta más fácil ajustar las excepciones, por definición escasas, que ensanchar a manga a guisa de coladero. Al fin y al cabo, no echaron a Wittgenstein de Cambridge.

No sé qué sucederá en Cataluña con los cerca de 200 profesores que han recibido una nota D. La noticia dice que se les puede castigar obligándoles a dar más clases. Pero aviados estamos si quien resulta incompetente en tales lides hará de multiplicar encima sus desmanes. ¿Qué culpa tienen los alumnos a los que se obliga a tomar dos tazas de un caldo incomestible? Lo lógico cuando un médico no sabe de medicina, un abogado de leyes o un historiador de crónicas es ponerle sin más en la calle. Se sentaría así un precedente magnífico para poder, por fin, sanear nuestra enseñanza: el mensaje de que no se toleran ni la ignorancia, ni la pereza. Si se quiere subir el listón para evitar que los estudiantes se gradúen sin saber apenas nada, con mayor motivo habrá que exigir un nivel equiparable cuando se habla de los profesores.

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