Jesús y Pedro

Eduardo Jordá

22.03.2013 | 04:10

Estos días, con la elección del nuevo Papa, he vuelto a leer los pasajes de los evangelios que narran la relación entre Jesús y Simón Pedro (o Simón a secas, o Simón bar Jonah), el hombre al que Jesús encomienda la tarea de continuar con su apostolado, aunque no podamos tener una idea clara de lo que entendía Jesús de Nazaret por "apostolado". En los evangelios, Jesús usa la palabra griega "ekklesia", que no significa iglesia en el sentido actual, sino una especie de asamblea o congregación, o en todo caso -y quizá estemos llevando las cosas demasiado lejos- algo así como una comunidad de discípulos. Y además, estas palabras de Jesús sólo aparecen en el evangelio de San Mateo y nada más que en dos ocasiones. En los demás evangelios no hay ninguna referencia a una "ekklesia", aunque sí hay referencias simbólicas a la tarea que Jesús le encomienda a Pedro: en el extraordinario capítulo final de san Juan, por ejemplo, Jesús le dice tres veces a Pedro: "Apacienta mis ovejas".

Los evangelios pueden leerse como un manual de doctrina religiosa -y así los leen muchos cristianos-, pero también como una extraordinaria novela de sacrificio y salvación, e incluso como una novela detectivesca. Por un lado, parece que todo está muy claro, pero por otro lado hay tantas elipsis en la historia que no podemos estar seguros de entenderlo bien. Sabemos muchas cosas, pero también ignoramos otras, y además tenemos versiones contradictorias de los mismos hechos, y esas versiones modifican lo que creemos saber o le arrojan una luz diferente. A partir de San Pablo, que no conoció a Jesús, se puede establecer una idea clara acerca de su doctrina, pero esa idea todavía no se percibe con claridad en los evangelios. Y cuando los leemos, hay muchas cosas sobre las que no podemos sacar una conclusión irrevocable. ¿Quién es Jesús? ¿Qué pretende? ¿En quién cree? ¿Por quién se toma? ¿Por qué hace lo que hace? ¿Qué quería que hicieran sus discípulos con su mensaje? ¿Y cómo lo veían sus discípulos? ¿Y qué querían realmente de él?

Es difícil contestar a esas preguntas. El mismo Jesús duda y vacila sobre su misión en la tierra, y lo mismo les ocurre a sus discípulos -que incluso reniegan de Jesús, como hizo Pedro tres veces-, así que cualquier lector de los evangelios necesita de la fe para recomponer una historia que muestra muchos más ángulos oscuros de los que se aprecian a primera vista. Eso sí, sea cual sea la fe del lector (o su falta de fe), lo incuestionable es que el Jesús que aparece en esos textos es un personaje de una grandeza humana fuera de toda duda. Ni Shakespeare ni Cervantes ni Tolstoi podrían haber creado un personaje más complejo y más misterioso que él. Su clarividencia a la hora de leer en la mente de los demás le permite tener un conocimiento privilegiado del alma humana -y de las reacciones futuras de la gente que está con él-, pero Jesús no se aprovecha de esa capacidad para manipular a los demás ni para aprovecharse de ellos. No quiere el poder temporal, odia la violencia y la injusticia, desdeña las discusiones teológicas y siente una conmovedora gratitud hacia esas pocas personas -doce, quince, veinte, quizá cien- que han creído en él. Y la relación que este hombre extraordinario mantiene con su discípulo Pedro forma uno de los episodios más extraños y más complejos de los evangelios.

Porque ese Pedro al que Jesús elige para edificar su iglesia -sea lo que sea esa iglesia- es un personaje muy extraño. Comparado con otros discípulos, parece un hombre desagradable y antipático. En muchas pinturas del Quattrocento, Pedro aparece pintado como un hombre tosco y hasta brutal, pero es que todo lo que sabemos de él nos indica que era impetuoso y terco, y quizá el apodo de "Cefas" -"piedra"- era un mote burlón que se había ganado por su fama de testarudo o incluso de tarugo. Una y otra vez, Pedro se comporta de una forma débil y voluble -y hasta vergonzosa-, hasta el punto de que Jesús se enfada con él y le reprocha su conducta, y en cierta ocasión hasta llega a llamarle Satanás y le grita que se aparte de él. Pero este Pedro al que Jesús ha llamado Satanás también es una persona conmovedoramente fiel a Jesús, y por eso es la primera persona que entra en el sepulcro después de la resurrección. Y quizá Jesús elige a Pedro justo por eso, porque es débil y voluble, aunque también es fiel, y porque un día lo traicionará tres veces cuando cante el gallo.

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