NUNCA SIN UN LÁPIZ

El libro del desasosiego

Juan Cruz Ruiz

17.03.2013 | 04:29

Antonio Muñoz Molina ha escrito ya sobre su barrio, sobre sus padres, sobre su pueblo, sobre algunos de sus amigos; ha escrito sobre la Luna, sobre Nueva York, sobre el arte, sobre lo que le concierne y también sobre lo que le resulta contingente u olvidable, pero que en algún momento le importa y le produce desánimo o alegría. Ha escrito sobre cine, muchísimo sobre literatura, ha escrito de personas y de ideas, y, sobre todo, nunca ha dejado de escribir.

Su motor (que es también el motor de los periodistas, de los sacerdotes, de las personas que no son ni una cosa ni otra) es la curiosidad, que es, por otra parte, la ilusión de saber para contarlo. Y a saber para contarlo aspira todo el mundo, el que por obligación cuenta y el que cuenta tan solo porque no se lo puede guardar. En el caso de los que por obligación cuentan, aunque también cuenten porque no pueden guardárselo, hace falta un don: saber contarlo.

Y Muñoz Molina sabe contarlo como muy pocos. Le viene esta facultad, que muchos consideramos un milagro cuando la verificamos en grandes escritores, de una circunstancia muy simple, que está al alcance de todo el mundo, o casi: le viene de haber leído. Aunque esta experiencia no es suficiente, no es lo único que ha de tener alguien con capacidad de contar, en este caso por escrito, lo que sabe de lo que ha visto. Para escribir como él (y como otros como él) hace falta ritmo, y el ritmo es una facultad del alma del buen escritor.

El ritmo es el alma de Muñoz Molina, este narrador que ha escrito de su casa, de sus padres, de su pueblo, de Nueva York, de Madrid, etcétera? Ahora, con ese ritmo con el que también escribió su historia en el cuartel (Ardor Guerrero) o el tiempo en que despertó a la modernidad (El viento de la luna), Antonio ha escrito un libro particularmente desasosegante que trata de su país, España. Se titula "Todo lo que era sólido", ha sido publicado por Seix Barral y te deja, al final, con el aliento sobresaltado.

"Todo lo que era sólido" es una visita atónita al país roto que es ahora España; después de años en que parecía que, en efecto, todo era sólido y este país vivía en la más placentera de las planicies, resulta que estamos pagando ahora una alegría que en realidad era un despilfarro. Ahora, como decían las madres de la posguerra cuando nos reíamos en casa, estamos pagando tanto alboroto. La corrupción urbanística, la corrupción política, y hasta la corrupción de las costumbres, fueron la porquería que saltó de pronto a las superficies de las charcas, y ahora las charcas albergan sobre todo porquería. Dice Muñoz Molina, en una de las frases más tremendas de este libro de su (y de nuestro) desasosiego: "Bajo el colorido de fiesta pop de los primeros 80 hay un escándalo ahora olvidado de charcos de sangre".

Es probable que aquella España que se aprestó a vivir la fiesta de la democracia no sintió que también tenía que aprestarse a comportarse como un país maduro, cuyas instituciones, políticas, culturales, institucionales, sociales, sirvieran de baluarte contra la corrupción de las costumbres. Eso no ocurrió, y no fueron solo los políticos los que contribuyeron a que tras la relajación se produjera el escándalo, también fuimos los periodistas, fueron los jueces, fueron todos aquellos que, teniendo la obligación de prevenir, de denunciar, ahora nos encontramos con el escándalo en las manos, con los charcos impracticables de un invierno mayor de nuestro descontento.

El libro de Muñoz Molina es una denuncia de 253 páginas que se leen de un tirón, porque el ritmo de Antonio es de una enorme carga poética y musical, pero esas 253 páginas constituyen una purga del corazón español, se leen con contrición y respeto, como si el novelista de "El jinete polaco" hubiera llevado al borde del camino un espejo nítido en el que se reflejan todos los comportamientos que ya hemos conocido y nos los presenta juntos y no solo uno a uno. Como si un tumulto de fracasos sociales, políticos, culturales, estatales y autonómicos saliera en tromba de ese volumen que es blanco por fuera y especialmente gris por dentro.

El valor del libro no es únicamente el de la denuncia. Es una denuncia y es una advertencia. Pero, en puridad, es también la consecuencia escrita de una actitud que durante años ha mantenido Muñoz Molina ante lo que ve: esa voz suya, queda pero vigorosa, es la que siempre lo ha acompañado como espectador, como Robinson urbano, por citar el recopilatorio con el que primero se dio a conocer. Y esa voz suya es un ritmo inconfundible, que él describe a su manera en este párrafo que constituye su tributo al estilo: "Escribo dejándome llevar. El propio acto de escribir desata a veces los argumentos y los recuerdos. La urgencia de comprender y de intentar explicarme a mí mismo el presente me devuelve fragmentos del pasado".

Esa es la esencia de su estilo, así se lee lo que escribe, así suena. Esta vez no es la ni la ficción ni la historia el objeto de su visita, sino el presente atroz de un país al que le ha dedicado este poema sobrecogedor, esta narración desasosegada que uno lee como si estuviera viendo en un plano corto el aspecto más espeluznante de la autobiografía de España después de la alegría.

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