Francisco, en la estela de Benedicto

Guillermo García-Alcalde

16.03.2013 | 03:33

No es mal nombre el de Francisco para encabezar la iglesia jerárquica, si quiere evocar humildad y transparencia afines al santo de Asís. Lo asombroso es que sea el primero en adoptarlo.También parece positivo que el nuevo pontífice no sea curial, porque no tendrá compromisos para meter en cintura las intrigas y ambiciones vaticanas. Es bueno que no sea europeo, sino del área del mundo que suma el mayor número de católicos y aún sufre sangrantes déficits de respeto a los derechos humanos.

Su insólita condición de jesuita denota una conducta de ciega lealtad al papado, lo que hace verosímil que haya sido el candidato predilecto de Ratzinger. Y lo más impactante de su primera presencia ante el mundo ha sido la sencillez de unas palabras no precocinadas, la modestia de su dicción, la aparente timidez que le hacía balbucear y repetir, el ruego de que le bendigan y recen por él antes de bendecir y rezar por los fieles, la recamada estola limitada al justo momento de la bendición, la cruz pectoral de escaso valor material, la ausencia del báculo y las "buenas noches y buen descanso" que deseó a la multitud de la plaza antes de retirarse del balcón. De repente, en unos pocos minutos, la escenografía de gloria y hosanna que ha rodeado el hiperinflado ritual de la renuncia de un papa y la elección del sucesor, se vino abajo con la sobriedad de un hombre común, o que quiere parecerlo. Fue significativo el desconcierto de los miles de palmeros que, abrazados por la columnata de Bernini, quedaban como absortos, sin saber si tocaba gritar, aplaudir o rezar en silencio.

Francisco sucede a Benedicto XVI en un designo de continuidad que requiere solidez y fortaleza de rompeolas, vigor y autoridad no solo ceremoniales sino personales en la voluntad regeneradora y en la resistencia física. Ninguna fuerza es mayor que la de la humildad incoercible por falsas tradiciones de boato y alejamiento de las tristezas del mundo. Por no estar en las quinielas, el papa Bergoglio es un gran desconocido. Se le califica de "moderado", que a veces es sinónimo de tibio equidistante. La iglesia que Ratzinger quiere es conservadora y carece por completo de tensión revolucionaria, pero es igualmente enemiga de las luchas internas, las ambiciones de rango, las codicias materiales y la pretensión de respirar en una biosfera excluyente. Los nombramientos cardenalicios del papa anterior, y los sugeridos por este a su predecesor preparaban un camino de reconversión en la inmediatez del contacto con los creyentes, el "mensaje a domicilio" y la presencia niveladora, aunque las iglesias locales la rodearan de ostentosa distancia pagada por los gobiernos. Benedicto cumplió su parte y ha confiado la continuidad a Francisco.

El nuevo papa no emitirá solemnidades teológicas ni dará gusto a quienes esperan la plena identificación del papado con los avances ideológicos y sociales del mundo civil. Pero en la medida en que sepa parecerse a Juan XXIII estará en el camino de reproducir uno de los momentos estelares de la contemporaneidad eclesial.

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