Ética contra corrupción

Ceferino de Blas

11.03.2013 | 08:44

Victoria Camps, catedrática de Filosofía Moral y Política de la Universidad Autónoma Barcelona, comentaba en Vigo que en los últimos tiempos todos los periodistas le preguntan por la corrupción. Y no le sorprende, aunque el motivo de las entrevistas sea su reciente libro, "Breve historia de la ética".

Es la pregunta obligada tras divulgarse los datos del barómetro del Centro Superior de Investigaciones Sociológicas del mes de febrero. La corrupción ya es la segunda de las preocupaciones de los españoles, tras el paro que es la primera.

El salto sin precedentes, en términos cuantitativos, del nivel de sensibilización sobre el problema llama la atención. En un solo mes, ha pasado del 17,7 al 40 por ciento. Un récord histórico. Supera al que se registró en la etapa negra del felipismo, que alcanzó el 33,5 por ciento.

De repente, la gente que parecía mostrarse despreocupada y transigente con las conductas delictivas de su alrededor, ha despertado del sueño. Y se ha indignado por la desfachatez y la voracidad de los implicados - se habla de millones de euros como si fuese calderilla-, y la impunidad con que actúan.

No es que los españoles se hayan investido repentinamente de un grado de sensibilidad rayana en la histeria, sino de que las informaciones que aparecen día tras día resultan insoportables. Producen la sensación de que estamos rodeados, como el Séptimo de Caballería, no por tribus de apaches sino por bandas de indecentes.

Nadie se salva: partidos políticos, autonomías, diputaciones, ayuntamientos, patronal, intermediarios financieros, familia real. Pero no son las instituciones las que delinquen, por supuesto, sino las personas que las integran.

Sus conductas resultan aún más lacerantes en plena crisis, cuando el paro supera los cinco millones de personas y los comedores sociales no dan abasto.

El colmo de la inmoralidad es que ninguno de los implicados se siente corrupto. Todos, sin excepción, arguyen que sus delitos, que no admiten, se deben a que recaudan para el partido o favorecen a la corporación de la que forman parte con acciones que requieren vías alternativas, aunque no sean escrupulosamente legales.

Dice Victoria Camps que han fallado las cuatro condiciones convivenciales aristotélicas, convertidas por los viejos catecismos en virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. No han funcionado, y ahora nos encontramos en un lodazal.

Nos hemos sumido en la España de la picaresca más denostada, que no solo avergüenza a los espíritus sensibles, sino que lleva a la desconfianza, al desánimo y a la pérdida de la autoestima al común de la gente. No es la picaresca literaria, es más indecente. De ahí que la ciudadanía exija reparaciones contundentes y ejemplarizantes, aunque la Justicia no admita adjetivos.

Llegados a este punto, debe enviarse un claro aviso a navegantes. Los que puedan incurrir en fraudes y corrupciones de toda laya, si no actúan en conciencia, que los frene el miedo. El temor a verse privados de todo e ir la cárcel.

Como contrapunto a tanta desazón, comentaba la filósofa que la corrupción no es un mal exclusivo de este país. Para ilustrar que en todas las partes cuecen habas, refirió el ejemplo de un alto directivo de una empresa química. "Nunca me pasó en España lo que me ocurrió en Alemania. Me pidieron dinero por comercializar mis productos". Es textual.

El mal de muchos solo sosiega a laxos y torpes. El remedio es la ética. El imperativo categórico kantiano. Llevar la responsabilidad social corporativa, que se estudia en las Escuelas de Negocios, a la vida de las empresas, a las instituciones.

¿Servirá el clima social de regeneración que se masca en la calle como antídoto contra la corrupción y para transformar la tolerancia en exigencia? Ojalá.

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