Cardenales a los pies del gran juicio

Xavier Domènech

11.03.2013 | 08:44

La Capilla Sixtina, donde se reúnen los cardenales para elegir papa, es un lugar de extremos: protagonista, por ratos, de la máxima publicidad y de la máxima privacidad, de la total apertura y del cierre más hermético, todo bajo la mirada silenciosa de los frescos de Miguel Ángel y su narración de la mitología cristiana: de la creación del hombre hasta su juicio último. La mayor parte de los días la capilla es una parada, la más esperada y la más larga, en el itinerario de los Museos Vaticanos. La entrada es estrecha, lo que tal vez evita desbordamientos, pero aún así está siempre llena a rebosar de turistas que hablan todas las lenguas y atienden a todos los credos. Tuercen el cuello para mirar la sinapsis entre los dedos del creador y de la criatura, el gran icono de la sala. Y disparan la cámara de los teléfonos móviles y las tabletas mientras los empleados vaticanos van gritando « ¡No foto! ¡No foto!» en un esfuerzo del todo inútil. ¿Qué se puede esperar no de uno, sino de docenas de rebaños de turistas? Los visitantes entran a la capilla por debajo del inmenso fresco del Juicio Final, que según avanzan queda a su espalda. Y más de uno tira rutinariamente para adelante sin girarse a saborearlo, a pesar de exigir una torsión cervical menor que el Adán de la bóveda. A partir del martes, desde el tercio superior del gran fresco judicial, un Jesús de rostro severo y algo malhumorado, con la mano levantada entre quien llama el alto y quien avisa de un cachete, vigilará a los cardenales. No podrán evitar su contemplación, pues en aquel lado se sitúa la presidencia. Tendrá un público mucho más restringido y circunspecto que la masa multicultural, políglota, ruidosa y apresurada de los días ordinarios. En teoría, nadie hará fotos, nadie conectará el watsapp para ir contando que ahora llego, ahora me descubro, ahora me siento, ahora voto, ahora rezo, ahora me duermo. Profetas y santos de músculos potentes y rostros crispados serán los testigos mudos de las deliberaciones secretas. Y quizá los reunidos (o quizás no, o quizás algunos) sentirán en la nuca sus miradas, recordatorio, más que de una compleja mitología, de que miles de millones de personas creen firmemente en todo lo que la mitología representa. Estos miles de millones de miradas son las que deberían atender.

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