EDITORIAL

Pescanova, un pilar y un emblema que Galicia no puede perder

10.03.2013 | 00:00

Si alguna actividad del ser humano simboliza y determina la esencia de Galicia y de los gallegos ésa es la pesca. Su historia y su economía, el paisaje de sus costas, su cultura y su idiosincrasia resultan inescrutables sin reparar en la influencia que la pesca ha ejercido sobre ellas a lo largo de los siglos. Tanto, que constituye un pilar y un emblema de esta tierra. Pues bien, si ese emblema tiene algún símbolo universalmente reconocido es Pescanova. A nadie puede extrañar, en consecuencia, que Galicia asista convulsionada a la crisis que ha llevado a la compañía a adoptar una serie de medidas, adelantadas por FARO, que la han conducido a presentar un preconcurso de acreedores.

Quizá en otros sitios haga falta explicar qué es y qué significa Pescanova, pese a su marcada dimensión internacional. Desde luego en Galicia no es necesario hacerlo. Y menos que en ninguno otro sitio en Vigo y su ría, pues en una de sus ensenadas, concretamente en Chapela (Redondela), nació hace 53 años y allí conserva su sede central.

Es un gigante mundial de la alimentación que da empleo a 10.599 personas, algo más de un millar de ellas en Galicia, con un centenar de barcos que faenan en aguas de medio mundo y cuyos productos generan unos ingresos que este año se prevé ronden los 2.000 millones de euros. Y no solo eso. Es la compañía que con el mítico Lemos revolucionó la pesca, al inventar los buques congeladores; la que superó como ninguna otra el escollo de las aguas internacionales con las por entonces novedosas sociedades mixtas y la que a día de hoy marca la pauta mundial en la acuicultura.

No está claro que la compañía tenga un problema estructural de falta de liquidez motivado por una maduración más lenta de lo esperada en las ingentes inversiones en acuicultura y por las estrecheces del mercado financiero, como oficiosamente se apuntó en un primer momento. Radica más bien en su dificultad para generar recursos suficientes con los que afrontar una deuda que para la matriz se sitúa en 1.522 millones, aunque el riesgo del grupo, es decir, el conjunto de préstamos, avales y líneas de descuento de todas las empresas alcanzaría los 2.500 millones.

Pese a la magnitud del pasivo, los analistas aseguran que no se trata de un endeudamiento apocalíptico. Coinciden en que la esencia del negocio de la compañía es sólida, con márgenes de crecimiento y flujos de caja que garantizan plenamente su viabilidad a condición, eso sí, de que acometa una serie de medidas importantes.

¿Por qué ha estallado entonces la crisis? Inicialmente se apuntó como desencadenante la imposibilidad de afrontar la amortización de 15 millones correspondientes a un crédito sindicado de unos 150 millones firmado con más de una veintena de entidades y que venció el pasado 27 de enero. Pescanova pidió un aplazamiento de 90 días, pero no encontró apoyo en todas las entidades, especialmente en las de capital extranjero y en alguna española en proceso de reestructuración, con lo que no alcanzó la unanimidad exigida para recibirlo.

Una reunión del consejo en la cual dos de sus doce miembros se negaron a firmar las cuentas y la advertencia de BDO Auditores de que debería incluir una salvedad al respecto en su certificación hicieron el resto. El presidente, Manuel Fernández Sousa, hijo del fundador, envió a última hora del jueves una comunicación relevante a la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) como antesala del anuncio, que haría apenas 24 horas después, del preconcurso de acreedores, que le da tres meses de plazo para encontrar una solución.

Como explicación, que una compañía a punto de alcanzar los 2.000 millones anuales de facturación fuese puesta en entredicho por 15 millones resultó cuando menos sorprendente. De ahí que enseguida cobrasen relevancia tanto el volumen de la deuda como la gravedad de las divergencias existentes en el seno del consejo, sumamente fraccionado y sin una mayoría clara de control desde la marcha de las cajas gallegas tras el fracaso de la fusión. Entre las dos tenían alrededor del 24%, la mayoría de Caixa Galicia. El Presidente posee en torno a un 14% y la otra referencia gallega, Alfonso Paz Andrade, sobre un 4%.

Precisamente uno de los que entraron entonces para llenar el hueco de las cajas fue Demetrio Carceller, dueño de la cervecera Damm y la alimentaria Ebro Food y vicepresidente de Sacyr, quien se hizo con un 6,1% de las acciones. Carceller posee también 40 millones de euros en obligaciones convertibles, así que, a día de hoy, la situación de la mayoría de control da pie a todo tipo de conjeturas dado el desplome de unas acciones que, sometidas a fortísimas presiones especulativas y al miedo, han hecho cambiar de manos nada menos que el 15% de la sociedad.

Los responsables de la compañía atribuyen oficiosamente a Carceller una operación para hacerse con el control, algo que éste niega. Carceller, que ha pedido una reunión extraordinaria del consejo, y el fondo luxemburgués Luxempart fueron quienes votaron en contra en la anterior reunión.

La crisis ha dado pie a un sinfín de filtraciones más o menos interesadas sobre la conveniencia de captar para la compañía un socio industrial relevante, la supuesta situación de descontrol de su deuda o la necesidad de propiciarle un nuevo gobierno corporativo, por ejemplo. En medios nacionales y prensa especializada se la ha acusado, y de manera generalizada, de opacidad hacia sus accionistas, de carecer de una política de comunicación eficiente y hasta de desarrollar una gestión marcada por un "caciquismo pasado de moda". Súmesele a todo ello el affaire en torno al supuesto cambio fraudulento de la marca en el registro de patentes de la UE, que se las trae, un cambio que coincidió con otras modificaciones societarias y estatutarias.

Lo verdaderamente trascendente de la opinión pública y publicada no radica ahí, claro está, sino en la coincidencia de la mayoría de los analistas en resaltar la viabilidad de la empresa y sus sólidas garantías de futuro. Pero tanto esas acusaciones como las tensiones internas apuntan a que hay otras cuestiones relevantes, además de las financieras y estratégicas, que el sentido común más elemental aconseja que se revisen y, llegado el caso, se cambien antes de que causen un daño irreparable a la marca y sus activos, que son lo verdaderamente importante.

Porque no es la primera vez que Pescanova se ve ante una situación extrema. De hecho fue salvada ya por la campana hace 17 años. A mediados de los 90, la Xunta de Manuel Fraga echó el resto para evitar que la multinacional holandesa Unilever se hiciese con el control de la compañía. Eso sí, entonces bastó con movilizar unos 50 millones de euros de dinero público y recurrir a la referida implicación de las cajas.

Las magnitudes de ahora hacen inviable un rescate casero, por decirlo coloquialmente. La solución está en la compañía y sus acreedores. Los más relevantes de estos ya han mostrado su determinación a propiciar un acuerdo, entre ellos Sabadell-CAM y Novagalicia Banco, los dos principales acreedores, al igual que lo ha hecho el Pastor-Popular. Lo más probable es que las gestiones, encomendadas al banco inversor Houlihan Lokey, aboquen a una renegociación de la deuda que vaya acompañada de desinversiones y ampliaciones de capital o emisiones de bonos. Sea cual sea la fórmula, nadie duda que se encontrará.

Es evidente que a Pescanova le está costando, y mucho, digerir el atragantón de un crecimiento basado en criterios propios de cuando el crédito era bajo, ilimitado y con fuerte componente autóctono. Pero también lo es que su cuenta de explotación está sana, que la facturación y los beneficios crecen y que tanto su implantación internacional como la marca de sus productos tienen un gran valor. De hecho todo eso es lo que la convierte en la cuarta compañía del mundo comercializadora de pescado.

La solución al problema financiero avanzará, muy probablemente, a la par que el de la mayoría de control de la sociedad. Y Galicia necesita imperiosamente que ambos frentes se resuelvan de forma satisfactoria. Porque Pescanova es por sí misma sumamente relevante, como ha quedado dicho, y, además, porque su repercusión en amplísimos sectores del tejido productivo de la comunidad tiene muy difícil parangón. En una palabra, porque se trata de una compañía que para esta tierra y sus gentes es sistémica económica, social y hasta emocionalmente. Por todo eso.

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