El ocaso del patriarca

Jorge Dezcallar

09.03.2013 | 03:10

Nos hemos olvidado del cónclave romano y hasta las amenazas de exterminio nuclear del líder norcoreano tienen dificultades para ser recogidas por la prensa. Se murió Chávez y los medios no hablan de otra cosa desde hace dos días, lo que "aunque él no quería morir" estoy seguro que le habría hecho feliz. Recuerdo el día en que Hillary Clinton le dijo a Moratinos que los EE UU habían decidido ignorarle y no mencionarle nunca porque habían llegado a la conclusión de que era lo que más le podía molestar. En esa misma línea, Washington ha dicho ahora que ha muerto un líder "sobredimensionado" y yo creo que es verdad, aunque no fuera fácil pretender que no existía y a veces había que recurrir a callarle a voces.

Chávez deja atrás un país lleno de problemas de autoritarismo, de falta de contrapoderes, de déficit, de corrupción, de clientelismo, de inseguridad... en el que sus posibles sucesores "que carecen de su carisma" ya han comenzado a pelear por su herencia aunque se esfuercen en disimularlo mientras Caracas le hace funerales grandiosos y llegan delegaciones del mundo entero para rendir homenaje a quien se consideraba heredero de Bolívar. De autócrata legitimado por las urnas, Chávez se ha transformado en un mito llorado por su pueblo y por eso sus deseos se anteponen a la propia constitución que determinaba que su sucesor fuera Diosdado Cabello, presidente del Parlamento y no el vicepresidente Nicolás Maduro. ¿Pero a quién le importa lo que diga la constitución cuando la patria habló por boca de su corporeización visible? Deben convocarse elecciones en 30 días y la oposición que dirige Capriles las volverá a perder porque los venezolanos seguirán las instrucciones de su líder ahora elevado a los altares ("¡Chávez vive!") y elegirán a Maduro como presidente. Eso, que ha ocurrido durante los últimos 14 años en Venezuela, volverá a ocurrir ahora y por eso nadie puede decir que Chávez era un dictador porque sus decisiones más polémicas siempre fueron refrendadas por la ciudadanía mientras acababa con la división de poderes, encarcelaba a sus enemigos o cerraba los medios de comunicación que se atrevían a criticarle.

Pero también es cierto que ha sido el primer dirigente venezolano que se ha ocupado de los más pobres y desposeídos, gentes a las que nadie había prestado antes atención y que se sienten huérfanas tras su desaparición. Durante su mandato la pobreza ha descendido del 50% al 25% de la población. Caracas, la ciudad con más inseguridad del mundo, está en un valle rodeado de montañas que de día parecen verdes pero que de noche se iluminan con millares de lucecitas de las chabolas que literalmente las cubren y recuerdo haber pensado que un día esas bocas hambrientas podrían bajar y arrasar la ciudad de lujo que se extendía a sus pies. Por eso las casas de los barrios caros están rodeadas de verjas con alambre de espino y protegidas por guardias armados mientras las rejas cubren las ventanas de los pisos más altos de los rascacielos caraqueños. El coste de los programas sociales de Chávez ha sido altísimo y ha descapitalizado a PDVSA, la compañía nacional de petróleo que con su abultada caja, producto de los altos precios del crudo durante los últimos años, ha financiado al chavismo. A cambio, su producción ha caído y es un 25% menor que hace 10 años.

A corto plazo puede haber inestabilidad en Venezuela por las luchas por el poder entre los herederos de Chávez, que tendrán que demostrarse más chavistas que el propio original y que reciben apoyos de sectores diferentes: así, mientras Maduro es el elegido por Chávez, los militares se sienten más cercanos a Cabello y Cuba está más cómoda con Elías Jauja, el ministro de Asuntos Exteriores e intelectual del partido bolivariano. Por otra parte, es previsible que PDVSA exija fuertes reinversiones para no acabar con la gallina de los huevos de oro, lo que necesariamente dejará menos dinero disponible para los programas sociales que están en el origen de la popularidad del régimen. Pero antes que reducir estas ayudas, los herederos de Chávez se las cortarán a otros y así es muy posible que disminuya la munificencia de Venezuela con países de la región que recibían petróleo a 40 dólares/barril o a cambio de los maestros, médicos y asesores militares o de inteligencia que envía Cuba, país que podría volver a los años durísimos que siguieron a la desaparición de la URSS si Venezuela dejara de hacerle llegar los 100.000 barriles/día que hoy le da.

En un plano más amplio, se plantea la duda del futuro de la izquierda latinoamericana que queda huérfana de su líder más carismático y pintoresco: el cubano Raúl Castro no tiene fuerzas, el uruguayo Múgica carece de carisma y también está muy mayor, a la argentina Fernández le falta prestigio internacional y los acreedores le embargan los barcos y los aviones, Evo Morales carece de la formación necesaria, el nicaragüense Ortega no tiene suficiente país detrás y eso nos deja con con el ecuatoriano Rafael Correa, que acaba de barrer en las elecciones, tiene cuatro años por delante, carisma y formación intelectual. Pero su liderazgo será muy diferente y menos altisonante que el que acaba de terminar en Venezuela, entre otras razones porque el mundo cambia y lo que se lleva no es tanto la revolución como sentarse en las mesas donde se toman decisiones, algo que ahora está al alcance de los países sudamericanos.

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