Chávez no abdica ni después de morir

Matías Vallés

09.03.2013 | 03:10

Mi aportación personal a la figura de Hugo Chávez es táctil. En 1999, en el preciso instante de la llegada al poder del presidente venezolano fallecido, me encontraba con Gustavo Cisneros, el multimillonario portaestandarte de la dinastía que simboliza la oposición al chavismo. El magnate me estrechó la mano con tanta fuerza que ni siquiera pude devolverle el apretón. Casi sentí su garra de jaguar en el cuello. Quien se ha enfrentado victorioso a un escualo de tal magnitud merece mi atención, cuando no mi respeto. Sin embargo, se escriben más artículos explicando por qué no hay que votar a Hugo Chávez, que artículos explicando por qué la mayoría de venezolanos votaban a Chávez. Se escriben más artículos explicando la manipulación de la televisión venezolana por el chavismo, que artículos explicando por qué la distorsión televisiva más profesional de Murdoch se estrella en sus intentos de designar al inquilino de la Casa Blanca estadounidense. Cataluña, Italia o Venezuela han sacado del armario a los gurús que nos indican a quién hay que votar. Son neorousseaunianos que consideran que la democracia es demasiado perfecta para ser ejecutada por hombres. Los dioses son ellos, aunque no les voten. Admitamos que Chávez es incomprensible en España, un país donde los políticos jamás mentirían, menospreciarían o empobrecerían a sus ciudadanos. O donde un presidente no figuraría jamás en una lista de cobros en b, ni interferiría por supuesto en la televisión pública. En la grandilocuencia póstuma del chavismo, sus herederos han concluido que la CIA ha acertado por fin con la dosis letal para liquidar a dictadores del patio trasero. La frustración de la agencia se debe a que, en medio de una oleada de renuncias efectivas y solicitadas de jefes de Estado, Chávez no abdica ni después de morir. Pertenece a la estirpe del vigente Juan Pablo II, cuya sombra ha impedido reinar a su sucesor. Nixon abandonó la Casa Blanca al impropio grito de "Nunca he sido un rajado". El cadáver de Chávez tampoco se raja, y la pasión póstuma demostrará a los jefes de Estado que una abdicación prematura les privará del homenaje multitudinario que celebra la caída del titán. Venezuela ha demostrado asimismo que un país puede ser gobernado por un cadáver, aunque disponíamos de ejemplos más próximos y también vigentes. Antes de tomarse en serio las trifulcas globales, recuerde que Caracas le ha vendido a Estados Unidos cinco millones de barriles de petróleo, cada día del mandato de Chávez.

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